El doctor Daniel Vidal armó un soberano revuelo en 1996 cuando escribió Los genes que comemos , un best-seller de divulgación que cuenta cómo ya buena parte de nuestro pan de cada día (por no hablar de las cervezas y los quesos) proviene directa o indirectamente del debatido campo de la ingeniería genética, que la prensa europea llama la tecnología Frankenstein .
Por sus quilates académicos, Vidal, profesor de la Universidad de Valencia, España, e investigador del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos, puede permitirse una posición fría y objetiva en un campo de opinión recalentado por intereses de todo tipo.
En un diálogo telefónico mantenido desde el aeropuerto de Madrid, minutos antes de abordar el avión con destino a Buenos Aires, Vidal dijo que el tren de la tecnología de los organismos genéticamente alterados (recombinantes) pasa muy rápido, y sería fatal que una economía agropecuaria como la Argentina se lo perdiera.
El investigador español será uno de los protagonistas destacados de Biolatina 2000, el Congreso Latinoamericano de Biotecnología que comenzará pasado mañana en nuestro país.
-Su libro da cuenta de decenas o centenares de microorganismos recombinantes que ya hace tiempo se usan en el campo alimentario, pero que no causan denuncias o revuelos de prensa. Sí lo hacen, en cambio, las plantas y los animales genéticamente modificados. ¿Por qué piensa que sucede esto?
-Bueno, lo microscópico no se ve ni llama la atención. Otra cosa son los cultivos o los animales de granja. Pero... ¡vamos! Ya casi no quedan países donde la industria alimentaria no eche mano de levaduras, hongos y otros organismos alterados, o de sus enzimas y fermentos.
-¿Y por qué se impusieron los recombinantes sobre los microorganismos y las enzimas naturales?
-Hombre, porque son mucho más eficientes. Así sucede que en Europa un periodista puede escribir un artículo flagrante contra los OGM (organismos genéticamente modificados), donde promete catástrofes sanitarias y ecológicas, y luego de poner el punto final lo celebra pidiendo un sandwich de pan, queso y fiambre, y un vaso de buen vino obtenidos con este mismo tipo de biotecnologías que acaba de llamar Frankenstein en su nota.
-¿Y se muere en el acto?
-Se come y bebe alegremente todo; por supuesto, sin consecuencias ni para su salud ni para la de los ecosistemas.
-¿No es un poco equívoco este tipo de mensaje?
-Vale, claro que sí. Pero éste es un terreno donde todo el mundo quiere hacer una ganancia. Las hace la industria alimentaria, que está observada con lupa por todos los organismos de control del Estado, sanitarios y ambientales, y me parece bien que así sea. Pero también tienen que hacer dinero otros sectores.
-¿Cuáles?
-Bueno, son muchos. A la cabeza, las organizaciones no gubernamentales multinacionales ecologistas, que tienen que hacer su marketing verde para reclutar adherentes. Empezaron cuando los Estados Unidos sacaron al mercado el primer cultivo recombinante, el tomate Savr Flavr , que tiene una larga vida de anaquel, hace ya 15 años. Desde entonces, las multinacionales ecologistas viven prometiendo epidemias de intolerancias y alergias alimentarias en escala planetaria. Ya son muchos años y muchos cultivos modificados, pero el Armagedón sanitario que vaticinan, bueno... simplemente que no se ha cumplido.
-Pero también vaticinan que los cultivos recombinantes resistentes a plagas causarán otros desmanes.
-Sí, claro. Dicen que los genes que les dan resistencia a los cultivos terminarán mudándose de huésped e instalándose en otras plantas salvajes que podrían volverse plagas.
-¿Y esto sucede o sucedió?
-No sucede ni sucedió, pero es cierto que un gen modificado puede migrar de un cultivo a una especie salvaje emparentada con la que pueda haber polinización espontánea por encima de la barrera de las especies.
-¿Y entonces?
-En fin, de ahí que se vaya con pie de plomo cada vez que un país (o un conjunto de países, como Europa) debe aprobar el uso masivo de un cultivo recombinante. De ahí que se arme polémica, y el Estado -o los Estados- tomen sus recaudos y exijan larguísimas pruebas y testeos en el campo .
-¿Tiene que ser así?
-Tiene que ser así, y está bien que sea así. Pero veamos: hace tiempo que los Estados Unidos y la Argentina tienen sojas y maíces modificados. Han bajado costos e incrementado la producción, y tampoco en este caso se ha visto ningún Armagedón agrícola de los muchos prometidos por el marketing verde .
-Pero en Inglaterra o en Francia hay una tremenda mala onda contra este tipo de cultivos de este lado del Atlántico.
-Bueno, es lo que le digo. Hay una guerra comercial. Canadá, Estados Unidos, Brasil y la Argentina son potencias agrícolas fortísimas, y en Europa lo que menos se quiere tener son quiebras y desocupación en el campo. Cada cual defiende lo suyo. Así de simple.
-¿Y por eso los medios europeos insisten en sus títulos contra la agricultura Frankenstein , y en escribir de los Frankenfoods (alimentos Frankenstein)?
-Bueno, en parte sí. Pero cuidado: los medios también tienen sus intereses propios. Esos titulares aterradores son excelentes para incrementar las tiradas, ¿o no? Lo que sucede es que no tienen mayor base científica. De todos modos, le vuelvo a subrayar que me parece excelente que la industria alimentaria, recombinante o no, esté bajo un gran escrutinio público. Incluso cuando defiende intereses públicos.
-¿En qué caso lo está haciendo?
-Bueno, los suizos acaban de inventar una planta de arroz cuyo grano es muy rico en vitamina A, y eso podría terminar con una cantidad ingente de casos de ceguera en los países asiáticos. Ahí tiene un ejemplo de que la ingeniería genética no necesariamente debe beneficiar a las empresas o a los productores, sino que puede surgir de Estados y universidades, y defender directamente al consumidor. Los chinos, por ejemplo, ahora se han propuesto cubrir hasta el 50% de sus tierras de cultivo actuales con este tipo de plantas transgénicas.
-¿Qué sabe de los organismos genéticamente modificados en la Argentina?
-Sé que ya casi toda la soja y buena parte del maíz argentinos son recombinantes, pero no mucho más. Y me extraña no tener información de desarrollos locales en un país tan agropecuario y con tan buen desarrollo académico de la biología.
-¿Pero está bien informado de lo que se hace aquí?
-Hace cinco años que vengo a la Argentina porque tenemos un convenio de trabajo con el Proimi, un instituto de biotecnología de Tucumán, de nivel internacional. Estamos desarrollando enzimas de interés alimentario.
-Sin embargo, aquí ya tenemos un par de papas genéticamente modificadas, desarrolladas por otro instituto científico estatal (el Instituto de Genética y Biología Molecular) para una empresa de biociencias, Biosidus.
-Me parece importante, pero no suficiente. Vea, este tren de la biotecnología alimentaria pasa muy rápido, y hay que tomarlo cuanto antes. No hay futuro en quedarse de a pie. Y hablando de ello, perdóneme que corte la comunicación, pero debo embarcar para Buenos Aires.
Por Daniel Arias
Especial para La Nación