"La codicia es buena", sentencia Gordon Gekko en una escena de "Wall Street". Hace seis años, recomendé ver esa película para conocer el futuro de Aerolíneas Argentinas. Es que "Wall Street" trata de un millonario, Gekko, que compra una aerolínea para vaciarla y mandarla a la quiebra.
Iberia y American Airlines se agraviaron: no se las podía comparar con un especulador. Mi intención no era injuriarlas. Los negocios tienen su lógica. Cuando a Gekko le preguntan por qué quiere hundir a BlueStar Airlines, responde: "Porque es hundible". Aerolíneas también era "hundible": sus dueños no la necesitaban.
La culpa del eventual hundimiento la tienen quienes la entregaron a sus competidores. Aerolíneas unía el extremo sur de América con Europa, quitándole mercado a Iberia, y recorría el hemisferio occidental, quitándole mercado a American. La compañía no podía sobrevivir compitiendo con gigantes, pero sí formando una red global con otra empresa sin intereses superpuestos que tuviera capital, tecnología y capacidad operativa.
Lo ideal era que esa empresa tomara parte de Aerolíneas y, por lo tanto, interés propio en su desarrollo. No era, sin embargo, cuestión de vender acciones al mejor postor. Un socio se elige, no se licita. En 1988, el gobierno de Alfonsín eligió al mejor socio: SAS, una de las empresas más eficientes del mundo. Su complementación con Aerolíneas era total.
Defendiendo la asociación con SAS, sostuve en el Senado: "El tráfico hacia o desde América del Sur es el principal negocio de Aerolíneas. La empresa sólo puede contribuir a formar una red global, constituyéndose en parte importante de esa red, si su socio extranjero no tiene tráfico hacia o desde América del Sur, o tiene un tráfico muy débil con esta parte del mundo". Mucha gente se lamenta hoy del fracaso de aquel "proyecto". El Senado negó su apoyo a un convenio por el cual: