Buscar en esta edición

Buscar en todas las ediciones

Economía
Publicado en la ed. impresa: Economía
Miércoles 30 de mayo de 2001
 
Opinión
 

Aerolíneas: un capital dilapidado

 

Por Rodolfo H. Terragno
Especial para La Nación

 
 
 

"La codicia es buena", sentencia Gordon Gekko en una escena de "Wall Street". Hace seis años, recomendé ver esa película para conocer el futuro de Aerolíneas Argentinas. Es que "Wall Street" trata de un millonario, Gekko, que compra una aerolínea para vaciarla y mandarla a la quiebra.

Iberia y American Airlines se agraviaron: no se las podía comparar con un especulador. Mi intención no era injuriarlas. Los negocios tienen su lógica. Cuando a Gekko le preguntan por qué quiere hundir a BlueStar Airlines, responde: "Porque es hundible". Aerolíneas también era "hundible": sus dueños no la necesitaban.

La culpa del eventual hundimiento la tienen quienes la entregaron a sus competidores. Aerolíneas unía el extremo sur de América con Europa, quitándole mercado a Iberia, y recorría el hemisferio occidental, quitándole mercado a American. La compañía no podía sobrevivir compitiendo con gigantes, pero sí formando una red global con otra empresa sin intereses superpuestos que tuviera capital, tecnología y capacidad operativa.

Lo ideal era que esa empresa tomara parte de Aerolíneas y, por lo tanto, interés propio en su desarrollo. No era, sin embargo, cuestión de vender acciones al mejor postor. Un socio se elige, no se licita. En 1988, el gobierno de Alfonsín eligió al mejor socio: SAS, una de las empresas más eficientes del mundo. Su complementación con Aerolíneas era total.

Defendiendo la asociación con SAS, sostuve en el Senado: "El tráfico hacia o desde América del Sur es el principal negocio de Aerolíneas. La empresa sólo puede contribuir a formar una red global, constituyéndose en parte importante de esa red, si su socio extranjero no tiene tráfico hacia o desde América del Sur, o tiene un tráfico muy débil con esta parte del mundo". Mucha gente se lamenta hoy del fracaso de aquel "proyecto". El Senado negó su apoyo a un convenio por el cual:

  • SAS pagaba $ 204 millones en efectivo por el 40% y aceptaba la condición de "socio minoritario permanente": ni el Estado ni el personal podían venderle más acciones. Además, SAS tenía prohibido "vender, ceder, transferir o prendar" las suyas.


  • El desarrollo de la empresa era responsabilidad de SAS, que se hacía cargo de administrarla.


  • El Estado se quedaba con un 70% de las utilidades brutas: primero cobraba los impuestos y, luego, el 51% de las utilidades netas.


  • SAS se convertía en agente comercial de Aerolíneas en todo el mundo y asumía la promoción del turismo internacional hacia la Argentina. Se obligaba, incluso, a modernizar el Aeropuerto Internacional de Ezeiza a su costa, así como a construir un hotel 5 estrellas en Buenos Aires.


La negociación -llevada por Horacio Losoviz y sus colaboradores en el Directorio de Empresas Públicas (DEP)- fue supervisada por el Banco Mundial.

No debe haber existido, en la historia del país, negociación más profesional, diligente y límpida. Tal vez ésa fue una de las razones que la frustraron: en el acuerdo con SAS no había ni una moneda para pagar a senadores que quisieran vender su voto. ¿Cuáles eran las razones del interés de SAS? Carlzon me las enumeró: "El mercado de Aerolíneas, su buen nombre, su bajísimo índice de accidentes, su flota y, sobre todo, su personal. Los pilotos y los técnicos son excelentes".

Ese es el capital que hemos dilapidado.



El autor fue ministro de Obras Públicas bajo la gestión de Raúl Alfonsín.

Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/308876
 
Notas relacionadas
 
> El Gobierno no aportará más fondos
 
> Sin acuerdo, Aerolíneas está al borde de la quiebra
 
> Una jornada cargada de tensión
 
> Aerolíneas Argentinas, más cerca de la quiebra
 
> Cavallo le da aliento a Eurnekian
 
 
 
ImprimirImprimir      Enviar por e-mailEnviar por e-mail      
 
 

Herramientas
 
ImprimirImprimir
 
Enviar por e-mailEnviar por e-mail