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Opinión
Publicado en la ed. impresa: Opinión
Domingo 28 de setiembre de 2003
 
Editorial I
 

El Presidente ante la ONU

 
 
 

En el discurso que pronunció anteayer ante la asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el presidente Néstor Kirchner expuso correctamente, en sus lineamientos generales, las razones que asisten a la Argentina para requerir el apoyo internacional en la grave situación en que se encuentra por la "aplastante y gigantesca deuda" que mantiene con los organismos multilaterales y con acreedores privados.

No se equivocó el primer mandatario al adoptar, en ese discurso, una severa posición crítica respecto de algunas de las políticas que se aplicaron en nuestro país en el pasado y que condujeron a ese alto nivel de endeudamiento. No le faltó razón, asimismo, cuando reclamó que los organismos internacionales asumieran su parte de responsabilidad por haber alentado y favorecido esas políticas tan poco responsables y de tan negativos efectos en el mediano y el largo plazo.

Por supuesto, eso no significa que deba aceptarse la irracional pretensión de algunos sectores ideológicos de hacer recaer "todo" el peso de la culpa sobre los agentes económicos externos. Los argentinos debemos asumir el hecho incuestionable de que nuestro infortunio económico es, básicamente, consecuencia de nuestros propios errores. Sólo si partimos de ese reconocimiento básico, sólo si tomamos esa concepción autocrítica como dato indubitable y central del proceso que nos condujo a este doloroso presente, puede resultar admisible la aseveración presidencial acerca de que a los organismos internacionales les toca una "parte" de la responsabilidad -sólo una "parte" y no la mayor, por cierto- por los rumbos equivocados que el país adoptó.

Puede compartirse, en principio, la afirmación del doctor Kirchner acerca de la conveniencia de un cambio de paradigmas internacionales tendiente a lograr que el éxito o el fracaso de los sistemas económicos sea medido en el mundo en función del grado de crecimiento de los pueblos y de los avances alcanzados por la humanidad en la lucha contra la pobreza. También se puede coincidir, dentro de ciertos límites, con su opinión respecto de la necesidad de un rediseño de las estrategias del Fondo Monetario Internacional, a fin de que promuevan el crecimiento sostenido de los países emergentes.

Desde luego, esos señalamientos deberían ir acompañados de una vigorosa determinación -compartida por el conjunto de los argentinos- de adoptar, de aquí en adelante, comportamientos de estricta racionalidad en la conducción de la economía del país y de sus cuentas fiscales. Los reproches a los organismos internacionales sólo resultan valederos si la sociedad argentina empieza por hacer bien sus deberes. Es decir, si se compromete a sanear sus estructuras económico-sociales y a caminar con firmeza -tanto en el orden nacional como en las jurisdicciones provinciales- hacia la eliminación del gasto público improductivo y hacia la supresión de todos los resabios del clientelismo prebendario y estatista que impidió, durante largo tiempo, la reinserción de nuestro país en la senda del crecimiento genuino y sostenido. Sería interesante que el Presidente, en nombre de sus compatriotas, se comprometiese enfáticamente con esos objetivos al pasar revista a las culpas por los errores del pasado propios y ajenos. Más importante que la revisión de las equivocaciones que llevaron a la crisis actual es la decisión inequívoca de marchar hacia el futuro con el claro propósito de tomar el rumbo correcto.

Por lo demás, corresponde aplaudir decididamente el pedido del presidente Kirchner a las naciones desarrolladas para que eliminen los subsidios internos que impiden el acceso de nuestros productos a sus mercados, así como su enérgica condena al terrorismo en todas sus manifestaciones y su exhortación al Reino Unido a reanudar negociaciones bilaterales que permitan resolver la cuestión de la soberanía sobre las islas Malvinas por medios pacíficos. También debe apoyarse su llamado al fortalecimiento del sistema de protección de los derechos humanos y su decisión irrevocable de luchar para que ese tema ocupe un lugar central en la agenda de los argentinos. Respecto de ese punto debe lamentarse, sin embargo, que para garantizar ese compromiso haya empleado esta desafortunada frase: "Somos los hijos de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo".

Si el doctor Kirchner se considera presidente de todos los argentinos, no es aceptable que se autodefina a partir de una toma de posición que despierta en la sociedad, notoriamente, adhesiones y rechazos. No es admisible que se exalten banderas de lucha que dividen al país ni que se insista en interpretar la historia reciente del país con un criterio parcial, sectario o revanchista.

La violencia que desgarró a la Argentina en los años 70 fue desencadenada por agentes terroristas que provenían de los dos extremos del espectro ideológico. El Presidente no debe identificarse con ninguno de los dos. Su deber es representar a la inmensa mayoría de los argentinos, que repudia por igual a los violentos de uno y otro bando.

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