Hace poco, en el curso de una entrevista periodística, el gobernador de Santa Fe, al ser interrogado sobre la buena sintonía del socialismo de su provincia con el agro, respondió: “La Federación Agraria nació como un movimiento profundamente socialista; la colonización agrícola de la Esperanza se basó en la idea de compartir el uso del suelo, buscando una unidad productiva vinculada con la familia agraria; ese modelo sucumbió ante el latifundio, pero si hubiese prosperado la Argentina hoy sería como Canadá o Australia”.
Curiosamente, cosas parecidas dijeron políticos, pensadores y estadistas a lo largo de la historia nacional, de Rivadavia a Sarmiento, que preconizaron una “república de granjeros” al estilo norteamericano o europeo. Y cuando esa quimera se fue perdiendo en el tiempo, se cayó en la reflexión melancólica sobre la Argentina como “la Australia que no fue”, como el país de las oportunidades históricas irremediablemente perdidas.
Pero la vieja discusión acerca del latifundio ha cedido su lugar a los problemas que hoy afectan al campo argentino: las retenciones a las exportaciones de origen agropecuario –especialmente de la soja– y los controles de precios y cupos de producción y exportación de la carne, el trigo, la leche y otras actividades. Y en los reclamos coinciden todas las entidades ruralistas y todos los sectores que integran el sector agropecuario: de los grandes propietarios a los pequeños productores.
Pero sin duda el aumento de las retenciones a la exportación de soja ha sido el detonante de la protesta rural, lo que a su vez ha abierto un debate, que hasta ahora permanecía soterrado, sobre las ventajas y las desventajas de la “sojización”, es decir, la extensión en gran escala del cultivo de soja en detrimento de otras actividades agropecuarias.
La “sojización” fue la tabla de salvación para la Argentina después de la crisis de 2001, pues los precios internacionales de ese producto permitieron que el país acumulara un superávit comercial sin precedente, que se convirtió en poco tiempo en la base del superávit fiscal y del fondo de reservas en divisas, el más alto de los últimos tiempos. Las exportaciones agropecuarias, encabezadas por la soja, y luego también las industriales fueron el pivote de la recuperación económica y del crecimiento constante del PBI.
Pero las consecuencias negativas del fenómeno han sido muy grandes, no sólo en el plano social –ya que provocó nuevas y masivas migraciones del campo a las ciudades– sino también en lo que respecta al cambio climático y la ruptura del equilibrio tradicional entre los sectores productivos del campo. Menos trigo, menos vacas y menos frutas y verduras en virtud del monopolio de la soja no es algo bueno para el país, sino muy malo.
Hay que volver a Rivadavia, Alberdi y Sarmiento, a la reforma agraria impulsada en la provincia de Córdoba por el gobierno de Amadeo Sabattini hace más de medio siglo, al espíritu de Colonia Esperanza en Santa Fe. La “Australia que no fue” no puede quedarse en la melancolía sino ser un motivo para reflexionar y actuar frente a los desafíos del presente y el futuro.
04.04.0820:20
04.04.0814:30
04.04.0813:16