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Sobre una sociedad de discursos efímeros

Diego Starosta hizo un trabajo intenso con un texto exquisito de Juan José Santillán sobre el mito de Prometeo

Sábado 12 de abril de 2008
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Prometeo. Hasta el cuello , de Juan José Santillán. Dirección: Diego Starosta. Elenco: Eliana Antar, Emmanuel Belser, Diana Cortajerena, Lucía Rossi, Diego Starosta, Darío Szraka y Paula Tabachnik. Dirección de arte: Julián Romera. Realización de dispositivo escénico: Duilio Della Pittima, Producción general: El Muererío Teatro. Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131. Sábados, a las 21.30, y domingos, a las 20.30. Duración: 65 minutos. Nuestra opinión: muy buena

La relación que Prometeo. Hasta el cuello establece con la tragedia de Esquilo es tan prescindente como necesaria. Aquel espectador que tenga un contacto intenso con el universo mitológico griego podrá encontrar indicios que, al no ser explícitos, generan un goce extra cuando de interpretar se trata. Ver, por ejemplo, a los personajes en una permanente batalla por encender sus cigarrillos no está reñido de la relación que el personaje habrá de tener con el fuego. Pero muy por encima de estos diálogos, de estos juegos textuales, la obra producida por Juan José Santillán puede ser leída por sí misma y en sí misma. No hace falta ser un erudito en la materia para poner en marcha la máquina interpretativa en una propuesta en la que los referentes históricos y políticos son lo suficientemente claros. No es compleja la relación entre este pequeño departamento en el que el militante traidor Augusto Pontani será escondido y la montaña del Cáucaso en la que, según el mito, Prometeo fue encadenado por Zeus. Así, Santillán produjo un texto en el que el humor, las búsquedas poéticas -en tanto juegos retóricos-, y las relaciones intertextuales -la tragedia original, las interpretaciones míticas, Rodolfo Walsh, entre otros- son fruto de una elaboración tan personal como interesante.

Agua que corroe

El agua produce distanciamiento
El agua produce distanciamiento.

En el resultado final del trabajo de Starosta puede percibirse parte del proceso de creación y producción del espectáculo, a tal punto que alcanza a verse cómo los distintos elementos utilizados dialogan unos con otros sin que ninguno se imponga al resto.

Desde lo meramente visual, hay que decir que el objetivo es el encuadramiento del espacio escénico en una caja dentro del escenario. De este modo, Starosta constituye un exterior y un interior que con claridad serán percibidos por el espectador hasta el instante final en que esta escisión acabe por estallar. La iluminación muy acertadamente es casi en su totalidad ambiental y proviene de los propios artefactos del departamento.

En el momento mismo en que comienza la obra se oye un sonido difícil de ser adjudicado a una fuente sonora escénica. Sin embargo, a medida que avance y que el espectador se vaya relacionando con la situación y con el espacio, podrá ver que la fuente de sonido es la de una filtración de agua en el techo, filtración que irá gradualmente enriqueciéndose hasta devenir chorros que lo mojan todo. Esta aparición del agua verdaderamente produce un distanciamiento notorio en la escena, haciendo que algo de lo textual se vuelva profundamente artificial. Es claro, la propuesta tiene que ver con utilizar lo postural, lo gestual y lo energético para preguntarse qué lugar puede ocupar hoy, en una cultura carente de mitos, un discurso político que ha quedado como pura pantomima, incluso aunque sea pronunciado desde las más altas esferas de la vida política nacional. Los personajes continúan con su retórica ampulosa mientras desde lo visual van siendo ridiculizados y degradados. Las decisiones de Starosta en cuanto a lo actoral y lo coreográfico buscan lo mismo: extrañar. Y los actores, en un muy interesante duelo coral, son fieles colaboradores en la creación de este mundo en el que cierto tipo de discursos degradados se convertirán en tema y forma para una tragedia que ya no podrá ser.

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