El mirador
Demasiados accidentes
Por Jorge B. Mosqueira
El 28 de abril último se conmemoró el Día Nacional en Memoria de los Trabajadores Fallecidos y Heridos en Ocasión del Trabajo. No encabezó las noticias de los medios, no formó parte de la agenda de ninguno de los poderes y resulta difícil compararlo con otras conmemoraciones, de más rating. Sin embargo, se merece un lugar más elevado en el podio de las desgracias. La Superintendencia de Riesgos del Trabajo registró en 2006, 605 casos de muertes por accidentes o enfermedades profesionales. Con sus más y sus menos, las cifras van repitiendo, año a año, las bajas en un ejército laboral que no le declaró la guerra a nadie. Simplemente, mueren. Equivale a tres tragedias de Cromagnon por año, siete atentados a la AMIA en el mismo período, nueve accidentes de LAPA, veintisiete incendios de la discoteca Kheyvis, sólo por nombrar algunas de las calamidades más conocidas.
Las relaciones aritméticas podrían ser más aterradoras si advertimos que los 605 casos mortales anuales son aquellos que están registrados. Queda una porción de víctimas, fuera de cualquier sistema, que trabajaba en negro, lo que elevaría, según los especialistas, un 50% más las cifras de mortalidad. Esto es, tres muertos por día en accidentes o enfermedades profesionales. Desde la lectura de LA NACION hasta el domingo próximo, habrá 21 trabajadores argentinos menos. Pero las estadísticas son poco confiables. Aquel que se accidenta, al igual que sus familiares, completan un 100% de pérdida, sin agregar el porcentual de sentimientos y consecuencias económicas que acompañan al hecho.
Este olvido recurrente tiene algo de enigmático y estimula el análisis. ¿Por qué no tiene la repercusión debida? ¿Ya se ha incorporado como una situación natural esto de morir en el trabajo? ¿La invisibilidad de la tragedia se debe a que está atomizada en cientos de hogares y no acumulada en un lugar y día determinado? ¿Tiene que ver que los muertos pertenezcan a cierto segmento social de bajo impacto en la economía? Cualquiera de las preguntas ya contiene, de algún modo, la respuesta. No tienen que ser diagnósticos precisos, minuciosas investigaciones sobre las causas que, aunque útiles, carecen de lo fundamental: el horror colectivo.
Esta es la parte positiva de los días conmemorativos. Recuerdan tanto hechos heroicos como penosos. En cualquier caso, apelan a la conciencia y a recordar orgullos o vergüenzas que permanecen ignoradas durante todo un año.
