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Investigación

Talleres clandestinos: el negocio de la explotación

Enfoques

Pagos miserables, hacinamiento y reducción a la servidumbre quedaron al descubierto tras el incendio del taller de costura de Caballito, en 2006, en el que murieron seis personas, entre ellas, cuatro chicos. Sin embargo, pese a las denuncias, todo indica que la tragedia podría repetirse. El trabajo esclavo que alimenta al millonario circuito clandestino de la industria textil sigue vigente. Así lo atestiguan los crudos testimonios de esta nota y las cifras que confirman la existencia de alrededor de 4000 talleres clandestinos entre la Capital y el Conurbano
Por Gustavo B. Arrieta

El brillo filoso de los dientes enmarcados en oro de Óscar, un ex tallerista, se deja ver cuando, al fragor de la ronda de vino tinto, olvida taparse la boca y estalla en carcajadas al contar sus aventuras como patrón del taller clandestino que regenteaba cerca del Puente Uriburu.

Óscar habla a rienda suelta en rueda de talleristas. Entre trago y trago, mientras llega la noche a unas cuadras de la villa 1-11-14, del Bajo Flores, habla de su pasado explotador de sus coterráneos bolivianos, a los que iba a reclutar a la esquina de Cobo y Curapaligüe, el vértice que funciona hace décadas como un mercado humano, a la vista de cualquiera. Todos saben.

Óscar es paceño, petiso, 31 años. Cuenta que llegó al país hace 12 y que en La Paz era gomero. Aquí aprendió a coser en la máquina recta, a decir "bolú" y "papi" para empezar o terminar sus frases con tonada altiplanezca, como para dejar claro que no es ningún recién llegado. También aprendió otras mañas de las que saca pecho, como exprimir los espinazos ajenos en las máquinas, despedir a todos y volver a empezar.

"Ya a los 23 años tenía mi taller. La mejor forma es ir a buscarlos a Bolivia para que te trabajen, si no, no rinde. No cierran los números, papi. Yo iba a buscar gente a Cobo y Curapaligüe, caminaba entre los paisanos, los coreanos y argentinos y así -chasquea los dedos- dos costureras y listo, ¡taxi!, las tenía por un tiempo y después les decía que no tenía trabajo y pues, a empezar de nuevo, pues ¿no? Si ya los explotaste, ya le chupaste la sangre como las vinchucas... ¡uhhhh! ¡Si allá en Bolivia hay un hambre...! Les decís 100 dólares y te besan la mano", dice Óscar, vaso en mano con el tinto aguachento.

Antes del primer salud, Óscar tiró un poco de su bebida al suelo. "Hay que challarle a la Pachamama", explica serio, e invita a imitarlo y a beber "seco". Después el alcohol le hará soltar la lengua y, además de sus consejos, contará anécdotas sexuales como caporal explotador del taller, en el que -dice- una vez dos costureras peruanas lo "enfiestaron" y él inventaba su cumpleaños, cada tanto, para emborrachar a las empleadas y pedir su "regalito", ahí, entre las máquinas, donde dormían.

Eran buenos tiempos para Óscar, él era uno de los miles de bocas iniciales de producción de la industria clandestina de ropa que mueve más de 700 millones de dólares al año sólo en Capital y el Conurbano, según cifras de la Cámara Industrial Argentina de Indumentaria. Todo iba bien para él hasta que el 30 de marzo de 2006 ardió el taller de Luis Viale 1269, en Caballito, con cuatro menores y dos adultos de nacionalidad boliviana que no lograron escapar del humo y las llamas. Ellos integraban un plantel de 64 esclavos textiles -la mayoría indocumentados- que estaban bajo el régimen de "cama caliente". La fábrica figuraba habilitada para cinco personas desde 2001 a nombre de dos empresarios, Jaime Geiler y Daniel Fischberg, y estaba subalquilada a Juan Manuel Correa, argentino, y Luis Sillerico, boliviano. La causa penal está en manos del juez de Instrucción Alberto Baños.

Hasta hoy nadie sabe con certeza cuántos de estos siniestros están latentes en la Ciudad. Una bomba de tiempo. Las muertes de Caballito sólo sirvieron para "descubrir" un mundo paralelo que pareció sorprender a propios y extraños y obligó a que se admitiera en forma oficial la situación de miles de personas que son explotadas en talleres textiles, uno de los eslabones de la trata de personas con fines de explotación laboral. Hay pagos miserables, hacinamiento, reducción a la servidumbre, y hasta casos de tuberculosis, anemia y violaciones de mujeres y menores, según apuntó el Cónsul General de Bolivia, José Alberto González, quien también cree que, si hasta el momento no ocurrió otra tragedia, es porque "Dios es argentino y también boliviano". El diplomático es de los que piensan que esta problemática es una cuestión de mercado: "La gente, por plata, mata. Y se deja matar".

En tanto, jaqueados por sus necesidades, según pudo saber LA NACION, la gran mayoría de los sobrevivientes del incendio volvió a reclutarse en otros talleres.

Después del incendio de Caballito, los controles que se habían lanzado en los talleres hicieron que Óscar, el ex patrón explotador, cerrara por precaución. "Hay que tener mucho cuidado con el paisano hoy por hoy, es un cuchillo de doble filo. Te puede clavar un puñal por atrás si te delata. Si te quieres poner en blanco te sale 300 pesos cada costurero, más el sueldo. Por eso tuve que cerrar el taller, estaban jodiendo mucho", se lamenta Óscar, que no pierde las esperanzas de reabrir y volver a ser patrón. Ahora él se deja explotar en un taller de La Paternal y está ahorrando para ir a Bolivia a reclutar costureros, hacerlos trabajar 18 o 20 horas, que es lo que más rinde. Si hasta dice que planea hacerlos masticar coca, como él mastica cuando sus patrones necesitan producción y el "lomo tiene que aguantar".

Desagradecidos

Una idea similar del negocio tenía "la señora" que contrató a Daisy. Paceña de El Alto, 30 años, Daisy hace un parate en el taller de la Fundación Alameda contra el Trabajo Esclavo -en donde trabaja como costurera desde que se escapó del taller clandestino donde la explotaban- para contar cómo llegó a la servidumbre, a las 18 horas de trabajo, la espalda encorvada y crujiente por las jornadas de hasta 18 horas, el polvillo que se impregna en los pulmones y los gritos de la señora mezclados con el run-run interminable de las máquinas.

Daisy sabía por los anuncios de las radios de su pueblo de los ofrecimientos para trabajar en la Argentina. Fueron las palabras de la señora las que hicieron cosquillas en los oídos de Daisy y su marido, Pascual, y los convencieron de que vinieran a Buenos Aires: "Bien bonito me habló. Hasta nos ha retado: ´¿Cómo es que tienes tres hijos y todavía no tienes tu casa? Allá puedes trabajar y tener lo que quieras , nos decía". Daisy y Pascual se animaron: juntos podrían tener un sueldo de 300 dólares por mes, calculaba Daisy. Mucha, muchísima plata en el país más pobre de América del Sur.

La señora pagó los pasajes para que pasaran la frontera, 100 dólares por cada uno y 50 por su hija de 3 años que traían en brazos; devolverían la plata con trabajo, acordaron con la tallerista sonriente. A Daisy la hicieron cruzar por un cementerio para esquivar los controles fronterizos. Para disculparse con los que ya no están no dejó de persignarse al atravesar el camposanto. A su marido lo trajeron por el monte, para después reunirlos a todos en Tartagal y de ahí en un micro hasta la tierra prometida.

Llegaron un domingo y al día siguiente ya estaban cosiendo en las máquinas.

Después de los meses de maltratos y de las jornadas agotadoras, hacinados en un cuartucho con otros tres matrimonios, Daisy y Pascual resistían pensando en los dos hijos que habían dejado con sus familiares. "Aguantaremos un poco más", se susurraban en la oscuridad para darse ánimos. Una de esas noches, mientras los otros seis explotados roncaban extenuados, ambos acordaron la fuga. Sería el día en que los patrones llevaban a los hombres al parque Avellaneda a jugar al fútbol (costumbre que los talleristas también despuntan en el Parque Indoamericano), pero se perdieron, y cuando los encontraron la patrona se enojó muchísimo.

"Desagradecidos", les gritó, y sus rabietas empeoraron. Así aguantaron las amenazas, las salidas acompañadas hasta para ir a hacer las compras, siempre el temor inculcado al ver a la policía y los nervios de la señora. Les daban 700 pesos por el trabajo de los dos y había meses que no les pagaban. Pero Daysi ya no aguantó los gritos que le daban a su hija porque entorpecía la producción. "Yo le decía, ´dormite mamita, dormite , pero se aburría y venía a buscarme a la máquina", recuerda Daisy mirando el suelo, sin dejar de fregarse las manos. Con el tiempo la señora dejó de pagarles, decía que no tenía plata, pero había comprado tres máquinas nuevas y una cortadora. "Si encima hasta le challamos las máquinas con cervecita, ¿no ve? pues, para su suerte, para que le vaya bien. Pero ella nos ha hecho un mal y eso vuelve. A veces me la cruzo y me dan ganas de decirle ¿por qué señora nos ha hecho así? Pero no, nos miramos y ya", dice Daisy, resignada, encogiendo sus hombros. "Todos venimos por la plata, porque queremos salir de la pobreza", agrega Daisy, que planeaba enviar 100 dólares todos los meses para ayudar al resto de su familia, un plan muy frecuente entre sus compatriotas, que el año pasado enviaron desde la Argentina más de 160 millones de dólares en concepto de remesas, lo que representa más de la mitad de la inversión extranjera neta en ese país, según cifras oficiales del Banco Central de Bolivia.

Una investigación de la Fundación El Otro ("Quién es quién en la cadena de valor en la Indumentaria Textil") estima en 130 mil a los explotados laboralmente en la Argentina (también hay argentinos en esta situación, según la Defensoría del Pueblo). En febrero último, dos popes de la industria textil, Ignacio de Mendiguren (Cámara de la Indumentaria) y Víctor Benyacar (Cámara Argentina de Indumentaria de Bebes y Niños), reconocieron que el 78% de la industria textil está en negro. Honestidad brutal a la que agrupaciones de costureros contestaron con escraches, por "negreros".

Algunos testimonios en las causas hablan de perversidades por parte de los patrones, tales como servirles la comida en el mismo plato de una mascota, como escarmiento; encerrar a los niños y forzar la producción hasta horas antes de que una parturienta diera a luz. Una reciente publicación del diario Renacer , de la colectividad boliviana, consignó que la policía logró allanar "de casualidad" un taller ilegal en Florencio Varela, porque un chico de 13 años había logrado escapar, dar aviso a las autoridades y de esta forma liberar a menores de edad que trabajaban encerrados.

"Desde 2006, nos pusieron a todos en la misma bolsa y yo me fui con mis boletas pagas a demostrar que no todos somos así. Fue muy doloroso lo que pasó en Caballito, pero los bolivianos no somos unidos ni organizados, siempre hay diferencias, igualito lo que pasa en Bolivia", explica Hugo Ticona - 54 años, boliviano, cortador, 10 nietos argentinos-, líder de la Cámara Única de Talleristas de Indumentaria, que agrupa a 200 talleristas que quieren tener sus habilitaciones en regla y luchan porque no se derogue la Ley 12.713, que regula el trabajo a domicilio, permite tener hasta cinco máquinas y vincula solidariamente al taller con el fabricante.

"Queremos que nos permitan tener hasta 10 máquinas. Y que a los que no se regularicen, les caiga todo el peso de las leyes argentinas, como tiene que ser", sostiene Ticona, con várices en las piernas después de 22 años de trabajo en talleres textiles. "Siempre existió la explotación, se aprovechan. Los que vienen a trabajar son de pueblitos rurales, no saben, son inocentes, sin conocimiento. Yo cuando llegué no conocía la plata, también me engañaron, en talleres coreanos, argentinos, bolivianos... En la ribera de La Salada también hay talleristas peruanos y paraguayos. No se puede competir con esos precios". (La feria de La Salada moviliza unos 400 millones de pesos por año y emplea a más de 6000 personas; hasta Santiago Montoya, presidente de la Agencia de Recaudación Buenos Aires, admitió que "es imposible sacarla").

Para Jorge Vargas, boliviano, investigador adjunto de la Universidad de La Matanza, el hecho de que ocurran estas atrocidades en los talleres no tiene nada que ver con una cuestión cultural: "La explotación, el abuso, no son patrimonio de una cultura o sector social. Para un boliviano que viene de Achacachi o Tarata (pueblitos de Bolivia), sobre todo en Buenos Aires, siempre hay más oportunidades laborales. Aceptar por un tiempo esa situación es un "sacrificio" que se hace por la familia. Pero una cosa es la voluntad del paisano de sacrificarse, de esforzarse, y otra la de los que lucran con esa voluntad y necesidad. Es un sistema, el hecho de que los vayan a buscar allá es parte del mecanismo. Hay otros que cruzan la frontera con o sin papeles en regla y en la búsqueda laboral los terminan explotando hijos de puta de orígenes nacionales varios: bolivianos, coreanos, argentinos, peruanos. Si existen estas formas extremas de explotación laboral es porque hay un mercado capitalista que lo requiere. Que esto pase acá, que ocurra en San Pablo o en cualquier ciudad asiática señala que no es un hecho cultural, sino de mercado".

Un mercado que parece indicar que si la explotación del hombre por el hombre es necesaria para bajar costos y aumentar ganancias, siempre habrá una mano que tomará el látigo y muchos ojos que mirarán para otro lado con tal de seguir haciendo negocios. Y tomará el látigo un empresario o un simple tallerista como Óscar, el petiso explotador que, agazapado, se deja explotar en un taller hasta que le llegue el turno de explotar. No le importará pisotear otros sueños. El desea tener una combi enorme en donde llevar y traer a sus costureros; quiere volver a inventar su cumpleaños y tener regalos sexuales. Ya en la noche profunda, continúa la ronda de tragos, cierra los ojos de nuevo, y repite su forma de entender las reglas de la oferta y la demanda: "Les decís 100 dólares y te besan la mano".

Óscar repite el ritual a la Pachamama y toma seco, el oro de sus dientes vuelve a brillar. .

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