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Luis Wells: álgebra y fuego

El maestro del informalismo saca a la luz sus pinturas recientes. Hasta el 11 de julio, su última obra, mezcla de rigor e intuición, puede verse en la galería Rubbers y en el Museo de Bellas Artes

Jueves 25 de junio de 1998

Esta muestra no es una síntesis de mis trabajos anteriores. He usado cosas del pasado, pero no es todo mi pasado. Se trata, más bien, de una larga conversación conmigo mismo, una charla a la que le he ido agregando distintos elementos", declara Luis Wells, a propósito de su exposición de pinturas en la galería Rubbers.

Las obras, hechas el último año y en los primeros meses de éste, combinan fondos de pincelada libre -donde aflora el gesto del autor-, con elementos geométricos de fuerza arquitectónica y figuras humanas que nacieron, en algún misterioso instante, por evolución de formas geométricas tratadas previamente por el artista.

Hace ya tiempo que la producción de Wells dialoga consigo misma, retomando elementos de etapas anteriores. Y como el artista se desgarra entre el impulso emocional -la mancha, la pincelada violenta, el caos- y la sujeción racional -la simetría, la armonía de espacios, la construcción de formas- los contrastes parecen vertebrar cada vez más sus trabajos, y de alguna manera invitan a mirar para atrás una y otra vez.

Por su participación fundacional, hace ya cuatro décadas, en el grupo informalista, Wells ostenta el título de figura histórica de las artes visuales en la Argentina. Nacido en Buenos Aires en 1939, era poco más que un adolescente cuando empezó a escribir la prehistoria del movimiento. El año del despertar, 1958, llegó asociado a su primera muestra en la galería Galatea, en la que presentó, junto con Rogelio Polesello, monocopias con goteados de querosén sobre tinta de grabado. Tempranos intentos en los que el expresionismo espacial se mezclaba con formas geométricas de base y una superficie informalista.

Un día se asomó a ese espacio Alberto Greco -torbellino generador del informalismo, recién llegado de Europa- y enseguida trabó amistad con Wells. No tardarían en armarse las discusiones teóricas en torno de la nueva pintura, sobre las mesas del desaparecido bar El Chamberí, situado en la esquina de Córdoba y San Martín, y más tarde, en el legendario bar Moderno.

Encuentros en los que Kenneth Kemble, Enrique Barilari, Mario Pucciarelli y otros compartían el asombro ante la realidad, escrutada ahora con ojos radicalmente nuevos: "Veías una meada en un baño y salías volando a pintar el cuadro", confiesa Wells entre risas.

"Tal vez por esos comienzos informalistas -aclara-, lo que siempre ha guiado mi obra es la intuición, la comprensión de la materia por medio de la intuición antes que la razón. Eso conforma una estructura de pensamiento, aún en la etapa más geométrica de mi vida."

La materia, palabra clave del informalismo, en este caso hace hincapié en la presencia volumétrica de la pintura o de cualquier elemento tridimensional sobre la bidimensionalidad del cuadro. Materia en estado bruto, dirigida a empellones sobre el soporte elegido.

En el caso de Wells, esa materia fue óleo en un par de cuadros iniciales, e inmediatamente después, latas, pedazos de madera, tubos y cajas de cartón sobre madera terciada, papeles de diario pegados: elementos que el artista pintaba a veces de marrón, y otras, en colores vivos.

En un momento de la charla, enmarcada por el galpón-taller que Wells levantó en los fondos de su casa, el artista se acerca a una maqueta que viene preparando con delectación minimalista: en ese pequeño escenario imagina la retrospectiva que a mediados del año próximo le hará el Centro Cultural Recoleta.

Allí está, en versión liliputiense, el célebre techo del Di Tella, una estructura de madera, de formas planas y onduladas y franjas de colores planos, que hacía de cielo raso y continuaba en una pared, y con la que Wells obtuvo el Premio Especial Di Tella en 1965. Ese fue uno de los primeros ensayos de ambientación, gracias al cual el artista saltó de la obra de arte convencional a un trabajo en el que la funcionalidad exigía nuevos tratamientos.

Estas obras también lo llevaron a experimentar sobre el reflejo de un plano coloreado sobre otro sin color, sobre la luz en movimiento, y sobre otras posibilidades cinéticas y ópticas, que, sin embargo, divergían de las propuestas de estas dos flamantes tendencias artísticas.

Ante las nuevas experiencias, la reacción de la academia era de un provincianismo atroz. Más que elocuente es la actitud de uno de los profesores de Wells, que en el último año de la Escuela de Bellas Artes, lo mandó a marzo junto con Polesello (futuro óptico) y Julio Le Parc (luego el más importante de los cinéticos).

La obra de Wells se transforma de pronto en una exploración del espacio: un bar, otros techos, murales -el del Banco de Londres, el de IBM, los "toys" -objetos inútiles, manipulables como juguetes-, y hasta una casa, hecha codo a codo con el arquitecto Osvaldo Giesso, en Acassuso.

En 1966, Wells investiga con resinas poliéster en el Royal College of Arts de Londres, y entre 1968 y 1975, en Nueva York, se dedica con éxito al diseño industrial.

En los años 80 hace esculturas cercanas al diseño y cuadros recortados, siguiendo precisas reglas para efectuar los cortes. Sobre éstos, el artista comienza a crear variaciones, como los cortes virtuales, que lo devuelven por completo a la tela ortogonal. En los años 90 hace citas de otros autores, incorpora imágenes populares a sus cuadros, y experimenta cada vez más con la transformación de las formas geométricas.

"Hoy investigo el valor agregado -dice Wells-. Antes trabajaba con formas puras, pero ahora las he transformado en personajes, con el sexo claramente marcado. No me propongo, al menos a nivel consciente, dar un mensaje concreto. Eso se lo dejo al espectador."

Y sin embargo, en sus últimas telas se advierten, además de antiguas notas de estilo recuperadas, algunas constantes temáticas: la incomunicación entre los sexos -o más ampliamente, entre los hombres-, y ciertos estigmas de la vida contemporánea: la soledad, la depresión, el individualismo. El único cuadro que comporta un sentido expreso es el homenaje a Kenneth Kemble, íntimo amigo y compañero de aventuras fallecido hace pocos meses.

A pesar del tono sombrío de sus últimos trabajos, Wells es capaz de afirmar: "La pintura me da un placer infinito".

S. G. N. Galería Rubbers. Suipacha 1175, PB. Tel. 393-6010. Hasta el 4 de julio, de lunes a viernes, de 10 a 19; sábados, de 10 a 13. Gratis.

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