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Con sangre joven

Estudiantes y profesionales de entre 20 y 35 años canalizan sus ganas de ayudar liderando organizaciones sociales

Sábado 17 de mayo de 2008
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LA NACION
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Todas las personas a las que consultó coincidieron en el mismo diagnóstico: "Esperá, no es el momento para que lo hagas", le decían una y otra vez, pero no se dejó desanimar y siguió adelante con su sueño: generar conciencia ambiental a través de programas de inclusión social dirigido a jóvenes con capacidades diferentes.

Así, dejó todo por cumplir ese objetivo. Javier Ureta, con 25 años y un gran futuro laboral en una empresa de primer nivel, renunció a su trabajo, tuvo que abandonar su departamento de soltero y volvió a la casa de sus padres. "Todo empezó cuando compartí varios días con un chico de mi edad que tiene síndrome de Down. En ese momento me encontré con otra realidad que no conocía; son personas con una capacidad de amor impresionante", dice Javier a COMUNIDAD, en una oficina en el barrio de Recoleta, que le presta el padre de un amigo.

"Sabía que estaba más capacitado intelectualmente, pero al lado de ellos yo era un incapacitado para dar amor", aclara el joven, que desde hace dos años está al frente de Cascos Verdes, una organización sin fines de lucro dedicada a crear conciencia sobre el cuidado ambiental.

La primera parte del proyecto fue la más difícil: explicarles a las familias de los jóvenes con síndrome de Down que quería capacitar a sus hijos. Y lo que era aún más inverosímil para algunos padres, que sus hijos irían a la Universidad. "Todos los padres nos abrieron sus casas sin problemas. Después de ver a cada familia salía muy estimulado", cuenta Ureta, que está por finalizar su carrera en Ciencias Ambientales en la Universidad de Salvador.

Esta etapa consistió en formar a los jóvenes en el cuidado del medio ambiente. Para lograr eso en un ambiente propicio, Ureta consiguió que la Universidad Católica Argentina le prestara las instalaciones de la Facultad de Ingeniería en Puerto Madero. Cascos Verdes también cuenta con el apoyo de la Fundación Torcuato Di Tella.

Durante los primeros seis meses aprenden a reciclar, clasificar residuos, y la importancia del ahorro de energía y agua. Además reciben las herramientas necesarias para poder transmitir todo lo que aprendieron y, de esa manera, se convierten en educadores ambientales.

Pero es en la segunda etapa en donde se ven los resultados. Ahí, los jóvenes asisten a colegios de educación primaria y secundaria para enseñar. En el 2007, nueve chicos con discapacidad dieron siete charlas en los siguientes colegios: Los Robles, Escuela Argentina Modelo, Corazón de María, y en el Centro de Capacitación y Recursos de Apoyo para la Inclusión.

Pero Ureta no está sólo en esta aventura. A su lado está Matías Alonso, de 27 años, hoy director ejecutivo de Cascos Verdes. "Antes de conocer a Javier estaba trabajando en una empresa de primer nivel y no estaba contento. Mi objetivo en la empresa era sólo vender más", explica Matías.

Así, decidió hacer algo referido a lo social. En esa búsqueda conoció a Javier. "Al principio me gustaba más la idea de trabajar con jóvenes con síndrome de Down que el tema del medio ambiente, pero hoy creo que es tema fundamental para el futuro", dice Alonso.

Este año no sólo continúan la capacitación de los primeros nueves jóvenes, sino que se inscribieron 11 más. El objetivo es que 300 alumnos de colegios privados y públicos puedan acceder a las jornadas de concientización ambiental.

"No nos conformamos con lo que logramos, queremos más. Además de las charlas, buscamos que los jóvenes puedan conseguir trabajo", dice Javier.

Una experiencia mágica

Tienen en común la juventud y las ganas de ayudar al prójimo. Con objetivos distintos, recorren el mismo camino que los creadores de Cascos Verdes. Así, cerca de un centenar de universitarios de la Asociación de Universitarios para el Desarrollo viajan todos los años a El Bolsón, provincia de Río Negro, para tender una mano.

Desde hace veinte años, estudiantes de distintos puntos del país entregan su tiempo para construir cosas. En esta oportunidad, del 2 al 15 de enero, trabajaron en la ampliación de un jardín maternal para 45 niños, en la restauración del Hogar Franciscano, pintaron la escuela Hogar y realizaron la colonia de vacaciones para chicos.

Además de trabajar y llevar elementos para cubrir necesidades inmediatas, como alimentos y medicamentos, los jóvenes fueron protagonistas de un aprendizaje mutuo. "La experiencia superó mis expectativas", dice, orgulloso, Enzo Galiana, de 23 años.

Para este estudiante de abogacía de La Plata, lo más importante es poder "ayudar a la gente a realizar algo muy concreto; algo que queda para toda la vida".

La asociación nació hace más de 20 años en los centros universitarios del Opus Dei y la Universidad Austral, aunque creció y se ramificó hacia otras universidades del país.

Uno de los aspectos que más se destacan es la formación de amistades. "Cada viaje es una experiencia increíble. Nunca vi un grupo de gente tan grande y tan unido. El fin no es construir, sino conocer otras realidades", destaca Enzo.

Francisco Zamprogno es estudiante de medicina de la UBA. Un día típico, según Francisco, comenzaba temprano e incluía varias horas de trabajo: "Mi tarea principal fue ocuparme de ordenar las decenas de bolsas de ropa para donar. Las seleccionamos, las ordenamos y las dejamos listas para repartir".

Pero lo que resalta del viaje fue "el trabajo conjunto". Y señala: "Me gustó colaborar, aportar mi granito de arena, para que a la gente le llegue la solidaridad de otras personas".

Ponete las pilas

José María Sarasola tenía 25 años cuando inició su proyecto. Quería que los argentinos se pusieran Media Pila para ayudar a quien más lo necesitara. Después de vivir cinco años en Australia, donde estudió economía y literatura, llegó a la Argentina en el 2004, cuando el país empezaba a dejar atrás una de las peores crisis políticas y económicas de la historia.

Preocupado por la realidad del país, se propuso junto con un grupo de amigos hacer algo. Así surgió la idea de crear la Fundación Media Pila, que nació con el objetivo de capacitar a personas en situación de indigencia para ayudarlos a insertarse laboralmente y, de esa manera, mejorar su condición de vida.

"Creo que realmente existe solución para la pobreza en el mundo y depende de que la sociedad se organice. Se puede reinsertar laboralmente a las personas de bajos recursos, pero a menos que alguien los ayude, es difícil salir de una situación de indigencia. Hay que darles los recursos mínimos para que salgan", dice Sarasola a COMUNIDAD.

La pobreza en la que se encontraba gran parte de la sociedad fue el disparador: "Eso nos motivó a empezar, pero lo que nos hace continuar es saber que funciona. Sólo hay que hacer las cosas bien", explica el joven, que cumplió 28 años la semana pasada.

El proyecto comenzó en el comedor comunitario Niño Jesús, en el barrio de Chacarita. Decidió invertir 14.000 pesos de sus ahorros en máquinas de coser y capacitar a seis mujeres cartoneras. Junto con la diseñadora Merced Córdoba, comenzaron la producción de remeras.

"El 90% de los microemprendimientos en la Argentina se caen. Por eso es tan importante hacer las cosas bien. Ocuparse de que cada proceso del microemprendimiento tenga los medios para salir a la venta", cuenta José María.

Después de la capacitación, las personas se transformaban en dueñas de los talleres. Así, se creó la marca solidaria. A los 3 años, el taller generó 163.000 pesos en ganancias. Pero Sarasola y sus amigos no se sientan a disfrutar del éxito y van por más. El objetivo principal del grupo es que el proyecto que nació en Buenos Aires sea replicado en todo el país. Para eso propusieron crear 85 talleres en las nueve ciudades con mayor índice de indigencia.

Hoy, el proyecto cuenta con 27 madres trabajando, un grupo de 15 personas que se dedican a las ventas, contabilidad y el diseño, 55 voluntarios, 30 máquinas de coser, cinco talleres y se facturaron unos 250.000 pesos.

Desde hace algunos meses comenzó la campaña en distintas universidades. Pero la UCA fue la primera que se puso media pila , organizando junto con voluntarios de la fundación una campaña de concientización y voluntariado entre sus alumnos.

"Media Pila tiene el convencimiento de que el futuro de nuestro país son los jóvenes, y que serán los jóvenes quienes logren el cambio", destaca Sarasol. Con esa premisa se desarrolló una campaña donde grupos de voluntarios visitan diferentes universidades y difunden el proyecto, concientizan y suman voluntarios.

Tejer para ayudar

A sus 34 años, Ingrid Astiz tiene una vocación muy clara: tejer para ayudar. "Desde el año pasado estoy apoyando algunas iniciativas que están fundadas en la empatía y son multiplicables a través de organizaciones descentralizadas. Mi intención es mostrar qué fácil es implementar acciones orientadas al bien común y expandirlas gracias a las redes sociales y al terreno fértil en el corazón de las personas. Tejemos frazadas para los niños que necesitan abrigo", relata Ingrid.

Para demostrar sus palabras, Ingrid presenta al Grupo Amaicha. "Nos juntamos unas cuantas personas a tejer cuadrados de 20 x 20 cm, y los fuimos uniendo en frazadas, el fin de semana pasado llegaron más de veinte frazadas a la Escuela N° 134, en Jujuy, donde 125 chicos duermen toda la semana durante el invierno y de noche llega a hacer -16ºC", aclara Ingrid.

La idea es simple. Ingrid, junto con un grupo de mujeres, organiza equipos de tejido. "Nos pusimos de acuerdo inmediatamente porque nos conmueve lo mismo y coincidimos en la necesidad de cuidar a los más chicos", destaca.

Así, varios grupos de mujeres, que se comunican a través de Internet, tejen los cuadrados, según su propia decisión: color, tipo de tejido, lugar de entrega, y cuentan con por lo menos un referente que se ocupa de que los cuadrados lleguen a destino. "Nos comunicamos a través de un grupo Yahoo!, donde los registrados pueden escribir al grupo entero, y publicamos en un blog fotos y avances", dice Ingrid.

Todo se origina de la unión y el resultado la reconforta: "Nos organizamos en equipos de tejido para avanzar de forma más ágil y divertida: así se formaron Las Arañas, Las Penélopes y unos cuantos más. A medida que cada uno fue haciendo su aporte con libertad, mostramos las frazadas como símbolo de armonía en la diversidad y transmitimos calidez a través de nuestras manos a niños en diferentes lugares del país".

Lo más destacado

9 Niños con discapacidad fueron los que durante 2007 brindaron charlas a chicos en colegios sobre el cuidado del medio ambiente

20 Años hace que nació la Asociación de Universitarios para el Desarrollo. Más de 2000 estudiantes han participado de sus actividades

14.000 pesos de sus ahorros fueron los que invirtió José María Sarasola para iniciar su proyecto Media Pila País, que hoy emplea a 27 madres de familia

Escuela N° 134 en Jujuy, fue la beneficiaria de las frazadas tejidas por el Grupo Amaicha. Allí, 125 chicos duermen toda la semana durante el invierno y de noche hacen -16°C.

Contactos

Cascos Verdes: info@cascosverdes.org

Media Pila: jsarasola@mediapilapais.com

Acción Universitarios para el Desarrollo: www.universitarios.org.ar

Grupo Amaicha: ingrid.astiz@gmail.com

Podes ver el video en www.lnteve.com.ar/CanalHacer Comunidad

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