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Editorial II

La dislexia en la escuela

Opinión

Las dificultades en el aprendizaje de la lectura y la escritura por parte de niños que no presentan deficiencias de tipo sensorial o intelectual demandan, para su mejor solución, una detección temprana en la escuela, antes de los 8 años y, mejor aún, al concluir el primer grado si el alumno no aprendió a leer.

La atención correcta pide un diagnóstico preciso, formulado por profesionales capacitados, que podrán luego orientar la aplicación de un tratamiento ajustado al problema, a cargo de personal entrenado para hacerlo.

El planteo señalado es el que corresponde a una cuestión que se presenta con cierta frecuencia en la escuela primaria de nuestro país y que, según estadísticas internacionales, se da en un 10 a un 15 por ciento de los casos.

Por lo común, el docente no posee el conocimiento y la práctica que exige la definición segura del trastorno que se aprecia en el alumno, siempre en lo que concierne a la adquisición de la lectoescritura. Esta no es una falla del maestro; ocurre que la formación profesional que éste recibe no provee esa capacitación. Por eso es conveniente que personal especializado se ocupe del problema.

Además, es menester situarse en la realidad de muchas escuelas cuyas aulas están superpobladas. En esas condiciones, se torna más que difícil para los docentes diagnosticar con rigor una dislexia. Lo deseable es que sea factible recurrir a un gabinete psicopedagógico que funcione en el mismo establecimiento escolar o en el distrito, pues allí se dispone del tiempo y los medios adecuados para examinar al alumno que ha llamado la atención por sus dificultades en el aprendizaje. Esa detección corresponde desde luego al maestro, a quien es atinado pedirle que aplique sus conocimientos de psicología evolutiva y, en este caso, en lo relativo a los procesos de desarrollo del lenguaje. Su observación tendría que conducir, sin demora, a requerir la intervención del profesional especializado.

El problema tiene otra faceta de importancia evidente. El diagnóstico constituye un paso que define cuáles son las dificultades para avanzar. A partir de ahí debe seguir un aprendizaje conducido con una metodología especial de enseñanza, distinta de la que se aplica en el aula. Esta es otra cuestión casi insuperable en grados numerosos, porque reclama una especial modalidad de trabajo didáctico con el alumno disléxico, con diferente ritmo y nuevos recursos.

Hay que detenerse en otro aspecto esencial: la falta de un diagnóstico correcto y de un tratamiento adecuado perjudica severamente al alumno, que siente el fracaso de no rendir como sus compañeros, de no avanzar como quisiera, de ser a menudo incomprendido por quienes lo rodean, todo lo cual va pesando más a medida que se cumple más tiempo de una escolarización cuyo resultado es frustrante. Precisamente, ésa es la razón que debe mover a unir los beneficios de una más clara conciencia del problema por parte de docentes y familiares, con los medios eficaces para resolver un trastorno que no debe detener el aprendizaje. .

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