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Lunes 19 de mayo de 2008 | Publicado en edición impresa

El torneo Clausura

Desorientado, River resignó la punta

Por Claudio Mauri | LA NACION

Twitter: @hcmauri    |   
 
 
 

En lugar de ir encontrando soluciones, los problemas se acumulan para River. Uno de los últimos refugios que le quedaba para protegerse de sus incontables desventuras era el primer puesto del Clausura. Ya no lo tiene, por lo cual está un poco más a la intemperie. Aun antes de que llegaran los sonoros sopapos deportivos y el consecuente divorcio entre los hinchas y los jugadores, River ya era un equipo que no se caracterizaba por ser muy pensante. Difícilmente se destacaba por su lucidez y raciocinio. Siempre fue más impulsivo y visceral. Si en circunstancias favorables ya se mostraba poco inteligente y cerebral, era medianamente previsible que el atolladero en el que se metió le iba a provocar más confusión.

Ese fue el estado que transmitió en el empate sin goles frente a Independiente. Quiere salir adelante, pero no sabe muy bien cómo. Es el reflejo del nerviosismo y la histeria que transmite Simeone al borde de la línea de cal. Eso sí, el manual táctico del técnico es inagotable. Ayer agregó un nuevo dibujo a la infinidad de esquemas que lleva probados en el torneo. Ante la ausencia de Villagra, sorprendió con Ponzio de líbero, cuidándole las espaldas a Cabral y Nicolás Sánchez, en una línea de tres defensores. De todas maneras, la producción de River no pasó tanto por esa innovación, sino que quedó retratada por su falta de ideas ofensivas y profundidad. Una carencia que no pudo corregir ni cuando en gran parte del segundo tiempo decidió quemar las naves al juntar a cinco hombres de ataque (Alexis Sánchez, Ortega, Buonanotte, Falcao y Abreu). Quedó demostrado que la acumulación no es garantía de asociación, de entendimiento. Los desencuentros ofensivos de River fueron recurrentes, con Abreu como la pieza más suelta e irrelevante de esa fragmentación.

Así como River no supo de qué manera ganar el clásico, Independiente sólo lo intentó esporádicamente. A los Rojos se los ve mejor de ánimo, más serenos y confiados, pero futbolísticamente es más lo que les falta que lo que les sobra. Sin Grisales, no tiene un volante con dotes de conductor, capaz de "leer" el juego e influir en el armado. Hizo de la zona media un sector de batalla y contención, de respaldo para lo que Montenegro y Denis pudieran hacer en el ataque.

Algo positivo rescató River de todos los frentes tormentosos que tiene abiertos: Ahumada se pudo haber inmolado públicamente con sus declaraciones, pero en la cancha derrocha vida y entusiasmo. Hostigado por sus hinchas, no sucumbió a la presión. Todo lo contrario. Fue el mejor. Jugó con la intensidad que se le conoce y se constituyó en el punto de apoyo de River en el medio por la cantidad de pelotas que recuperó. Y nunca se complicó con los pases. Mostró una fuerte personalidad para hacerse cargo de su incómoda situación.

En el primer tiempo, el partido fue bastante cerrado y con pocas situaciones de gol. River tenía más la iniciativa, pero se diluía en los últimos 25 metros. Independiente sólo preocupaba con algunos tiros libres y centros al área. Por esa vía, que por lo general fue bastante tumultuosa, estuvo cerca de convertir con Pusineri, Montenegro y Fredes. La parálisis de Carrizo (otro de los fustigados por los simpatizantes) aumentaba la incertidumbre de River.

El segundo tiempo fue más de ida y vuelta, menos trabado en los sectores centrales. River, con el ingreso de Ortega, se le fue más encima a Independiente, que especuló con el contraataque. Aunque el desarrollo se había modificado, los dos seguían lejos de dar una imagen de equipo convincente. El clásico estaba más abierto a algún error que a la virtud.

La gente de Independiente se impacientó con Sosa (reemplazó al lesionado Montenegro) por las decisiones equivocadas que tomó en un par de réplicas. River siguió buscando a ciegas, con algún chispazo de Ortega (igual perdió varias pelotas), una maniobra individual de Buonanotte o el trajín de Falcao, demasiado alejado del área. Un tiro libre de Ortega apenas desviado y un cabezazo de Abreu (lo despejó Assmann) lo pusieron cerca del triunfo.

River había perdido consistencia con la salida de Ahumada; quedó descompensado en unos contraataques que pudieron costarle la derrota. Hubiera sido inmerecido, porque no fue menos que un Independiente conformista y calculador, más allá de la variante ofensiva de Vitti por el apagado Ledesma.

Una estela de impotencia dejó el paso de River por Avellaneda. Conservar la punta era el sosiego que necesitaba, pero sigue en estado de agitación, sin saber a dónde lo llevará tanta confusión.

  • El árbitro Laverni fue tolerante con los foules En algunos momentos, el ritmo del partido se hizo más intenso por la llamativa tendencia de Saúl Laverni a ignorar infracciones. Dejó de sancionar varios foules y choques, aunque hay que señalar el acierto al no cobrar una caída de Ortega dentro del área para simular un penal.

EL DATO
Casi cuatro años sin ganar un clásico de visitante

La última vez que River venció a un grande fuera del Monumental fue el 12 de septiembre de 2004: 2 a 1 a Racing. Acumula 15 partidos sin triunfos.

EL RECONOCIMIENTO
Una plaqueta y la ovación para Pepé Santoro

El técnico, que consiguió cuatro triunfos seguidos en este torneo, recibió una distinción de Independiente. Ya se sumó a los seleccionados juveniles.

EL DATO II
Se acerca a los 10 años sin poder vencer a River

Independiente no le gana desde septiembre de 1998 (2-1). Desde entonces, perdió 11 encuentros y empató 8 (los últimos cinco, consecutivos). El historial general favorece a River: 66 victorias contra 47 derrotas. .

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