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Radiante versión de una valiosa obra de Haendel

Actuó la prestigiosa agrupación coral Lagun Onak

Sábado 31 de mayo de 2008

Oratorio histórico Judas Maccabeus de Geroge Friedrich Haendel (1685-1759). Interpretes: Coro y Orquesta Lagun Onak, preparado por Miguel Angel Pesce. Solistas: Soledad de la Rosa (soprano), Carolina Gauna (contralto), Santiago Bürgi (tenor) y Hernán Iturralde (bajo-barítono). Director: Antonio María Russo. Organizado por la Asociación Coral Lagun Onak. Auditorio de Belgrano. Nueva función: mañana, a las 16, en la Catedral del San Isidro. Gratis. Nuestra opinión: Muy bueno

Se conserva aún el recuerdo de una versión del oratorio Judas Maccabeus ofrecido en el Teatro Colón con la dirección de un especialista, Wilhelm Bruckner-Ruggeberg, que hizo una brillante carrera en Alemania dedicada a obras corales y sinfónico corales y que aquella ponderada Asociación Wagneriana de Buenos Aires organizó para varias de sus temporadas, porque el maestro sumó en varias visitas posteriores una enorme cantidad de aportes al género. También se rememora la calidad de los solistas vocales, Ingebord Reichelet, Marga Hoeffgen, Erwin Wohlfahrty y Heinz Hagenau, así como la intensidad sonora refinada aplicada por esos protagonistas.

Ahora, esta fresca realidad provocó una emoción genuina, por la pureza de estilo obtenido que es, en este caso y a diferencia de los otros oratorios conocidos del mismo creador, más delicada e íntima. Por otra parte, la versión del maestro Russo resultó impecable en el concepto estético, sumando una cabal demostración de haber llevado a cabo un trabajo meticuloso e intenso para transmitir y lograr de su equipo un resultado de muy buena calidad.

Claro que para ello contó con la vital participación del Coro Lagun Onak, magníficamente preparado por su titular, Miguel Angel Pesce, que es una institución que enorgullece la vida musical de Buenos Aires desde el tiempo de su fundación con el padre Luis de Mallea, su director en todo el período inicial de su historia. Excelencia en el sector femenino, que en densidad de sonido superó a un sector masculino algo disminuido en número de coreutas, pero con el grado de disciplina que se le reconoce desde siempre.

Además la versión ofrecida tuvo en los solistas vocales otro punto destacado. La consagrada soprano Soledad de la Rosa reiteró su exquisita y precisa musicalidad, con ese timbre angelical que cautiva y que provoca invariable placer al oyente; la joven contralto Carolina Gauna sumó aplomado desempeño, en especial al ensamblarse con la soprano en los varios y magníficos dúos que contiene Judas Maccabeus ; el barítono Hernán Iturralde dejó escuchar su habitual calidad de timbre y color, así como esa entonación y prestancia en el fraseo adquirida con sus experiencias en teatros de Alemania, y el tenor Santiago Bürgi sumó en su ascendente un muy buen criterio para no exigir a su voz, lo cual es sabio cuando, como en su caso, se es poseedor de un color y timbre de tenor ligero y delicado que es audible aún en los pasajes más tenues.

Y como ya se dijo, Antonio María Russo fue el gran maestro, el que enseña con entrega, el que explica con ardor para formar y legar con generosidad todo lo que atesora una vida de estudio y trabajo, y como todo fue captado por el numeroso público, la ovación del final fue un tributo especialmente a él dedicado, más allá del noble gesto del Coro Lagun Onak, que por medio de algunas de sus coreutas entregaron flores a los protagonistas en medio de una alegría generalizada que no sólo había sido provocada por la buena actuación de todos, sino por la belleza infinita de la obra de Haendel.

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