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River: un campeón que se hizo a los golpes

Le ganó 2 a 1 a Olimpo y obtuvo el título con una fecha de anticipación, luego de cuatro años; Buonanotte hizo los dos goles y se convirtió en la figura de una campaña en la que el equipo de Simeone atravesó varias situaciones traumáticas

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LA NACION
Lunes 09 de junio de 2008
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Se le notaban las arrugas de cuatro años sin títulos. Están ahí, aún frescas, las cicatrices de las dolorosas heridas de hace apenas un mes. El pasado, lejano o cercano, se insinuaba aplastante para River. Hacían falta una resurrección poco menos que milagrosa y una poderosa fuerza de espíritu para sacar la cabeza del pozo y volver a plantear lucha. Debía juntar las esquirlas para reconstruirse y mostrarse entero. River lo hizo, contra casi todos los pronósticos y favorecido por los descuidos y desventuras ajenas. La rueda del fútbol terminó ayer de dar el giro y lo puso arriba, cuando hasta hace muy poco lo tenía en la lona, con la cuenta acercándose al knock-out. Se levantó y no paró hasta que alzó los brazos para saludar a lo campeón.

Además de dar revancha, el fútbol tiene un componente burlón. Ayer, el Monumental vivió la fiesta de la reivindicación, del orgullo recuperado y el prestigio reparado, justo un mes después de una eliminación ante San Lorenzo que parecía tener el poder devastador de un cataclismo. El título no sólo cortó una sequía que se extendía peligrosamente, sino que también posibilitó la reconciliación entre hinchas y jugadores. El drama de hace 30 días derivó en una novela con el final más feliz. Y hasta se permitió el lujo, viendo lo poco que le sobró a lo largo del torneo, de adelantar en un capítulo el reconfortante desenlace.

En la hora de la consagración, River fue bastante fiel a sí mismo. Tanto en las virtudes como en los defectos. La victoria ante Olimpo, merecida y hasta un poco exigua en las cifras, estuvo acompañada por la cuota de incertidumbre que impregnó la mayor parte de su recorrido en el Clausura. Podría haber goleado en el primer tiempo, pero no lo hizo, y luego sintió el escalofrío del empate de Lujambio cuando quedaban 25 minutos para el final.

Abelairas levanta a Buonanotte en el festejo del primer gol; Tuzzio, Ortega y Falcao acompañan
Abelairas levanta a Buonanotte en el festejo del primer gol; Tuzzio, Ortega y Falcao acompañan. Foto: Fabián Marelli

River salió de esa situación apremiante por una conjunción de méritos. Uno ya había sido apuntado antes de que promediara el torneo: el equipo de Simeone incubó una gran capacidad de sufrimiento, un cierto estoicismo ante las dificultades y la adversidad. Con lógica, casi todo el mundo creyó que la oscura derrota en el clásico con Boca y la traumática eliminación en la Copa Libertadores iban a pulverizar esa reserva moral. Sin embargo, en el tanque le quedaron amor propio y voluntad de sacrificio para, por ejemplo, asimilar la igualdad de Olimpo e ir otra vez en busca de la victoria hasta conseguirla, cuando el reloj empezaba a apremiar.

El otro mérito de River, dentro de su juego muchas veces deshilachado y sin un estilo definido, es que encontró las individualidades que lo conectan con sus orígenes y tradición. El jugador surgido de las inferiores que es la marca de la casa por calidad, atrevimiento, riqueza técnica y personalidad para llevar una camiseta pesada. En ese rubro encaja Diego Buonanotte, que tuvo el campeonato de la confirmación, del crecimiento hasta ser la primera figura. Ayer hizo los dos goles con una precisión quirúrgica, con una serenidad impropia para sus 20 años y la trascendencia de lo que se jugaba. Definió abajo, a los rincones, junto a los postes. El primero, en una acción preparada en un tiro libre, de zurda, en un movimiento suyo de derecha a izquierda, como en otros goles que consiguió en la campaña. Y el segundo, de derecha, cruzado sobre la salida de Ramírez, luego de una magnífica asistencia de Ortega, en una fórmula que ya había sido eficaz para vencer a Huracán.

En la dinastía que va de Ortega a Buonanotte está representado el patrimonio futbolístico histórico de River. Del ídolo que sale de una peligrosa tendencia autodestructiva para rescatar pinceladas decisivas al pibe escurridizo y de gambeta desafiante. En el medio, los eslabones de Gallardo, Aimar y D’Alessandro completan la cadena que es un sello de la casa. Ese es el River con el que se identifican sus hinchas, quienes también se reflejan en otros componentes de elaboración propia, como Carrizo, Abelairas y Falcao, y hasta pondera la entrega de Ahumada para ir silenciando algunas declaraciones hirientes del volante.

River obtuvo un campeonato bastante raro, muy condicionado por lo que iba sucediendo en la Copa Libertadores. En el balance, aquella prematura eliminación ante San Lorenzo le dejó un margen para enfocarse en el Clausura que no tuvieron Boca y San Lorenzo, que se dejaron a mitad de camino en las dos competencias. Y River también fue raro en muchos aspectos, como en los continuos cambios de sistemas tácticos y en haber llegado a buen puerto pese a tener un centrodelantero (Abreu) que sólo hizo dos goles y quedó fuera de registro en muchos partidos.

Para vencer al conservador Olimpo, River tuvo movilidad, hizo circular la pelota y creó una interesante cantidad de situaciones de gol, especialmente en el primer tiempo, cuando las atajadas de Ramírez levantaban una pared. Buonanotte encontró los resquicios. River había hecho su parte y esperó unos minutos por el empate de Estudiantes. Entonces sí, el campeón que se hizo a los golpes recibió la dulce caricia de un título.

9 son los triunfos de River en 10 partidos como local, condición en la que sustentó su marcha al título; ante Arsenal hizo de anfitrión en Vélez; sólo resignó puntos ante Racing (0-0); tuvo una eficacia del 90 por ciento.

Las claves

1) Carrizo, la garantía atrás; Buonanotte, el vuelo ofensivo

Por personalidad y atajadas, el arquero fue fundamental en varios partidos; el volante, importante en la creación, hizo la diferencia con la profundidad y la pegada precisa: 9 goles.

2) La fortaleza anímica para recuperarse de duros golpes

Evitó más de un precipicio: la derrota en el clásico con Boca, la eliminación en la Copa Libertadores frente a San Lorenzo y la caída parcial en el primer tiempo ante Gimnasia.

3) Ortega pasó de ser un factor negativo a uno positivo

Una lesión, sus problemas particulares y el mal ambiente que despertaba en el plantel venían marcando al jujeño, que se reivindicó en el tramo final, ante Huracán, Colón y Olimpo.

4) La vocación para ir al frente, más allá de los errores

River estuvo lejos de la perfección. Dentro de sus desajustes y desprolijidades, siempre fue generoso para buscar el triunfo y poner varios hombres en el ataque.

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