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Celebración del conflicto

Opinión

Por Martín Böhmer
Para LA NACION

Desde hace un tiempo, el país se encuentra tomado por el conflicto entre el Poder Ejecutivo y las cuatro organizaciones del sector agropecuario. Día a día crece la irritación, pero también el hartazgo por la imposibilidad de lograr acuerdos. Las voces se multiplican clamando a los cielos que prime la cordura entre los dirigentes y que se sienten a arreglar sus diferencias. ¿Qué puede ser tan complicado?, se lamentan.

Pero (y, siempre hay un pero) en el camino han pasado cosas. Hemos asistido a la multiplicación de las voces: hoy distinguimos entre productores del campo, entre sus asociaciones civiles, entre sus ideologías, entre sus diversas formas de producir y sus múltiples formas de acceder a la tierra. Hemos creado voces nuevas, las hemos articulado con mayor sofisticación: hemos pasado de los exabruptos de los primeros días (de las variadas apologías de la muerte) a las cualitativamente diferentes expresiones (enfáticas, sí, y apasionadas, y gritonas, pero no homicidas) de las últimas semanas.

Tenemos ahora más información que hace tres meses. Sabemos lo que son las retenciones, sabemos lo que implica que no sean coparticipables, sabemos lo que es la coparticipación, entendemos mejor nuestro pobre federalismo, conocemos los costos de producir un quintal de soja en diversas partes de la Argentina, el estado de los caminos rurales, el presupuesto de las intendencias fuera del conurbano bonaerense, la forma en que se estructura un pool de soja, los problemas del transporte ferroviario, terrestre y fluvial, y hasta el impacto de nuestras decisiones en el problema mundial de la suba de los alimentos, y viceversa.

El conflicto ha generado oportunidades para practicar la coordinación entre actores con agendas parcialmente contradictorias, para examinar los límites de la protesta social, para medir los tiempos del Ejecutivo, del Legislativo y del Judicial, compararlos y armar estrategias en consecuencia. Han surgido oportunidades para probar nuevos liderazgos y evaluar los anteriores, para conocer al otro en contextos de tensión y para poner en juego los acuerdos y los límites de los acuerdos y las consecuencias de violarlos. Se generaron, en fin, oportunidades para poner bajo examen a los diferentes actores sociales y aprobar o desaprobar su desempeño sabiendo (ellos y nosotros) que tenemos oportunidades para mantenerlos en sus puestos o dejarlos sin trabajo.

La democracia está basada en la idea de conflicto. Porque el conflicto es inevitable es que creamos democracia como la forma moderna de manejarlo, encauzarlo, aprovecharlo. La democracia constitucional, la idea de la deliberación mayoritaria basada en la capacidad igual de ser parte de ella, celebra el conflicto en la medida en que de él surge la oportunidad de la deliberación, es decir, de la expresión de puntos de vista que tratan de ser la última voz (siempre provisional) en la discusión.

Nuestro malestar, entonces, no debe estar dirigido al conflicto ni a su falta de solución. Debería estar dirigido a la pobreza de nuestros recursos políticos y culturales para encauzarlo. En efecto, nuestra cultura política ha venido armando formas autoritarias de solucionar los conflictos desde el comienzo de nuestra historia. Nuestras instituciones políticas han estado signadas por el par poder autoritario-protesta criminal, y en los últimos días las formas retóricas volvieron a los viejos tópicos de ese par trágico, el del disciplinamiento autoritario a los tibios y el del odio sin límites del gaucho malo.

Las quejas de los últimos días tal vez vengan por el lado de afirmar que nuestras formas políticas y nuestros recursos culturales son demasiado pobres aún para asumir el conflicto democráticamente. Sin embargo, esta visión que identifica correctamente nuestras impotencias anteriores oculta lo que hoy deberíamos celebrar: a veinticinco años del nacimiento de la democracia en la Argentina, empezamos a darnos cuenta de que esto es lo que tenemos. Que elegimos la democracia, que no solucionamos conflictos con la muerte del otro y que nos falta desarrollar herramientas institucionales y recursos culturales que nos permitan ser más efectivos en la capacidad de generar acuerdos suficientemente estables para hacer planes y suficientemente provisionales para ponerlos en cuestión, cada vez que una nueva voz se alce, genere el conflicto, y nos dé la oportunidad de poner en cuestión nuestras certezas, para que la deliberación democrática nunca se detenga. .

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