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Alemania hoy: el desafío de la integración

A pesar de que la situación de los inmigrantes en los últimos años mejoró sensiblemente gracias a una política activa del Estado alemán, sus indicadores de empleo y educación aún son más bajos que los del resto de la población

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LA NACION
Domingo 15 de junio de 2008
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BERLIN.- Hasan Togrulca se pasea por Kreuzberg, el barrio berlinés conocido como "la pequeña Estambul", con la naturalidad de quien sabe cada uno de sus secretos. Saluda a los chicos que juegan en la plaza, mezcla palabras en turco y alemán cuando se cruza con algún vecino, recomienda los mejores lugares para comer comida típica de su país.

Hasan llegó a Berlín hace 28 años, cuando tenía alrededor de 15 o 16. La imprecisión no es un fallo de su memoria: cuando emigró de la pequeña ciudad de Malatya, en el sudeste de Turquía, los certificados de nacimiento eran allí una rareza tan poco frecuente como los televisores o los hospitales modernos. "Yo soy alemán sólo en los papeles, porque en la sociedad no soy aceptado como alemán, aunque pasé todos los tests para obtener la ciudadanía (incluyendo los de idioma y cultura germánicos)", dice.

En Alemania viven hoy siete millones de inmigrantes, además de ocho millones de alemanes con "trasfondo de inmigración", como se conoce en general a los hijos de extranjeros que obtuvieron la ciudadanía. En total, casi el 20% de la población de este país está de una manera u otra relacionada con el fenómeno migratorio. El grupo más numeroso de extranjeros son los turcos: más de 2,5 millones de turcos viven dentro del territorio alemán.

Un café de Berlín, en el barrio de Kreuzberg
Un café de Berlín, en el barrio de Kreuzberg. Foto: AFP

Los indicadores sociales, de empleo y de educación son notablemente inferiores entre la población inmigrante. Según cifras oficiales de 2006, mientras que la cifra general de desocupación era de 10,8%, entre los inmigrantes trepaba a 23,6% (y en Berlín llegó a superar el 40%). Sin embargo, desde el año 2000, una serie de cambios en la legislación y las políticas oficiales comenzaron a mostrar algunos avances en ese sentido. Alemania se asumió como un país de inmigrantes recién a comienzos de este siglo, un fenómeno que en otras naciones europeas, como Francia y Gran Bretaña, se había abordado mucho tiempo antes.

En el año 2000 se incorporó el principio de jus solis para otorgar la nacionalidad de este país a los hijos de inmigrantes nacidos en territorio alemán (hasta ese momento sólo regía el derecho de sangre). Otras normas facilitaron la reunificación familiar y se implementaron planes federales y estatales para la integración de los extranjeros a la sociedad alemana.

Entre 2000 y 2006, el número de chicos extranjeros que no lograban completar la educación básica (de nueve años) cayó del 19,8% al 15,3%, mientras que los que consiguieron el título que los habilita para entrar en la universidad trepó del 12 al 17,8%. Esos indicadores están, sin embargo, muy lejos de los niveles de sus pares alemanes: sólo 4,8% de chicos que no consiguen el diploma básico y un 41,3% de estudiantes que completan el bachillerato avanzado. También ha habido mejoras en el mercado laboral, con incentivos para el "autoempleo" o para la creación de pymes entre los extranjeros, y gracias a las campañas públicas para incorporar habitantes con trasfondo de inmigración al empleo público, desde maestros hasta policías.

"Sí, ha habido avances -reconoce Hasan-. El Estado se dio cuenta e invirtió dinero, especialmente en cursos para aprender alemán y en ayudas a las instituciones religiosas, como las mezquitas, lo cual es un progreso en relación con la convivencia. Pero el proceso de integración llegó un poco tarde. La dirigencia política se quedó dormida por muchos años. Hay inmigrantes que son vecinos de alemanes con quienes no se hablan. Hay un recelo mutuo de ambas partes."

Kreuzberg, el barrio donde Hasan vive y trabaja (es taxista, DJ, cuida ancianos y colabora con algunas ONG y con partidos políticos), es hoy un barrio céntrico de Berlín y sus propiedades comenzaron a revalorizarse. Pero hasta 1989 quedaba junto al Muro que dividía el Este del Oeste y formaba parte de la periferia de Berlín occidental. Muchos inmigrantes llegaron allí entre los años 50 y 70 como "trabajadores invitados", una categoría que creó el gobierno para conseguir mano de obra para la reconstrucción del país luego de la II Guerra Mundial (en ese entonces, el porcentaje de extranjeros en Alemania era cercano al 1%). Aunque el gobierno no lo planificó así, los trabajadores luego se quedaron, formaron familias, ampliaron sus raíces en este país.

Hoy la inmigración es vista por muchos alemanes como una respuesta a otro fenómeno social. "Ahora quizás necesitamos inmigrantes por el envejecimiento de la población y la reducción en la cantidad de habitantes, porque la tasa de mortalidad es mayor que la de natalidad. Y la única manera de renovar la población es con gente joven que venga de afuera", explica Elke Pohl, funcionaria de la oficina del Senado de Berlín para Cuestiones de Inmigración e Integración. Pero de inmediato muestra las contradicciones del sistema: "Necesitamos a los jóvenes, pero no les damos la educación necesaria, como se refleja en la segregación que hay en la política educativa. Y creo que eso es un escándalo".

Según los datos que recoge esa oficina, uno de los principales obstáculos que enfrentan los inmigrantes para su integración en Alemania es el desconocimiento del idioma. "Si no hablas bien alemán, entonces tienes problemas para la educación, para la capacitación laboral, vives en un círculo cerrado dentro de tu familia y dependes de los beneficios de la seguridad social", resume Pohl.

Vivir en turco

En Alemania hay ocho periódicos, una cadena de radio y cuatro canales de televisión en idioma turco. En barrios como Kreuzberg, los carteles son bilingües o, directamente, en turco. "Si no sabes alemán y sólo quieres hablar turco, puedes sobrevivir muy bien aquí", cuenta Basak Karagol, una socióloga que habla un perfecto español, entre otros motivos, por haber estudiado un año en la Universidad de Buenos Aires. Llegó de Turquía con su familia cuando tenía un año. "No me defino ni como turca ni como alemana, sino como alguien que prefiere estar abierta en este tipo de cosas", dice.

Los programas para que los inmigrantes aprendan alemán se combinan con políticas urbanas para que barrios como Kreuzberg o como Neukölln (con alto predominio de inmigrantes árabes) no se conviertan en guetos. Sólo en Berlín hay unos 200.000 turcos registrados, sin contar los inmigrantes ilegales, que no figuran en las planillas que muestra Pohl y que hablan de un total de casi medio millón de extranjeros en esta ciudad. En el renglón dedicado a los argentinos la cifra es mucho más modesta: 525.

Los esfuerzos de integración chocan muchas veces con muestras de discriminación. Aunque la ola de violencia neonazi contra extranjeros (principalmente turcos) que se vivió en los 90 pareciera haber retrocedido, siguen registrándose casos de xenofobia casi a diario. Hasan todavía recuerda la vez en que cuatro alemanes se subieron a su taxi, le exigieron ver sus papeles de inmigración y, como él se negó, lo molieron a palos. Basak dice que ella no sufre la discriminación en carne propia porque tiene "la piel más clara" que otros turcos, pero que sus amigos que no hablan el alemán de forma perfecta suelen tener problemas para conseguir casa cuando responden por teléfono a un aviso de un departamento en alquiler. "Les dicen que no, que justo la casa ya fue tomada o algo así, porque notan el acento turco." Basak piensa además que es una discriminación que los obliguen a renunciar a la ciudadanía turca para otorgarles el pasaporte alemán. Salvo algunas excepciones, la ley alemana no acepta la doble ciudadanía.

Estas formas de discriminación se producen en un contexto en el que Europa se muestra cada vez más firme en su rechazo al ingreso de ilegales. Hace apenas diez días, los ministros del Interior de la UE aprobaron nuevas reglas comunes de expulsión de inmigrantes, en una iniciativa que fue criticada por organizaciones de defensa de los derechos humanos. Entre otras atribuciones, las autoridades podrán retener durante un plazo de hasta 18 meses a los trabajadores extranjeros detectados sin sus papeles en regla, como paso previo a su expulsión. Ya a fines de mayo, el gobierno de Silvio Berlusconi había puesto en marcha una política de tolerancia cero en Italia -cuestionada por el Vaticano y el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU-, con el trasfondo de varios ataques violentos contra gitanos en Nápoles y Milán. No es el único país: desde la llegada de Nicolas Sarkozy al poder, hace un año, Francia dictó nuevas leyes para luchar contra la inmigración ilegal y sustituirla por una "inmigración escogida", en Gran Bretaña lanzaron un plan que acelerará las expulsiones y en España se resolvió terminar con las regularizaciones masivas.

El primer capitán Klaus-Dieter Schelske es desde hace diez años el jefe del departamento de la policía berlinesa para cuestiones de inmigración e integración. En realidad, todo el departamento es una sola persona. Su principal función es tomar las denuncias de abusos policiales contra inmigrantes. "En la mayoría de los casos no se trata de penalizar a los policías, sino de sensibilizarlos, de que se den cuenta de que Berlín es una ciudad multiétnica", dice, y reconoce que existe "una relación relativamente tensa" entre policías e inmigrantes. Pero señala que en los últimos cinco años ha habido cambios palpables, como el no tolerar más el maltrato verbal hacia los extranjeros. De hecho, también se busca incorporar policías con "trasfondo inmigratorio" para que puedan servir de puente con las comunidades. "Cuando empecé, mis colegas decían con desprecio que yo era el amigo de los inmigrantes; hoy ya no."

Está también la otra cara de la tensión con la policía: la del crimen entre los inmigrantes. Pohl no quiere dar estadísticas de ese tipo porque considera que, en todo caso, son las condiciones sociales -como desempleo o falta de oportunidades- las que llevan a algunos inmigrantes a cometer delitos, no su origen. En algunos casos, la policía enfrenta serios problemas para lidiar con delitos entre inmigrantes, como los llamados "crímenes de honor". El caso más conocido aquí fue el de Hatun Sürücü, una joven turco-alemana asesinada por su hermano menor por mantener una relación con un alemán. "Intentamos proteger a las mujeres amenazadas, darles una nueva identidad, pero aun así muchas veces las familias las descubren y las dañan", dice Schelske.

Curiosamente, señala Basak, es más común ver mujeres turcas con velo en Alemania que en Turquía. "Los turcos alemanes no tenemos buena fama en Turquía. Nos ven como que nos quedamos en el tiempo. Los turcos que vinieron en los 60 tenían mucha nostalgia y querían vivir según la tradición. Allí se siguieron modernizando, pero acá se quedaron en los 60, no sólo por lo del velo, sino también por la educación o el hecho de que no quieran relacionarse con los alemanes."

Hasan cuenta que a ellos, en Turquía, les dicen los "alemanizados", y que en Alemania los ven como extranjeros. Y resume así su sentimiento: "Yo me siento turco-alemán. Soy de segunda generación de inmigrantes. De mi generación y de las siguientes está surgiendo una nueva cultura".

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