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Opinión

El creador de la inmortal María Barranco

Espectáculos

Por   | LA NACION

Entre los actos de conmemoración del centenario del Maipo, desde el 7 de julio próximo se desarrollará un ciclo de revisión del teatro argentino, a través de sus obras más representativas en el siglo XX. La primera será, con toda justicia, Las de Barranco , de Gregorio de Laferrère, estrenada en el Moderno el 24 de abril de 1908 y considerada una pieza maestra en el desarrollo de la dramaturgia local. Tal vez si Laferrère hubiera nacido y escrito en la patria de su padre -Alfonso de Laferrère, un inmigrante francés que prosperó en los años de oro de la Argentina-, su protagonista inmortal, doña María Barranco, tendría hoy el prestigio mundial de la Célimène de El misántropo, de Molière.

¿Por qué no? Tanta humanidad, tanta verdad artística tiene doña María como esa criatura de la Francia del siglo XVII. Como ella, trasciende a los años y se instala en el imaginario de los arquetipos reiterados en todo tiempo y lugar. Hubo doñas Marías en los imperios antiguos y las habrá en las galaxias del futuro, mientras la especie humana siga respondiendo a su patrón biológico ancestral. Y, a la vez, es tan profundamente criolla, porteña y argentina como para ser simultáneamente rechazada y compadecida por sus compatriotas. La reconocemos como nuestro prójimo y advertimos, no sin el espanto de que habló Borges, que su drama existencial (casi una tragedia) sigue teniendo vigencia aquí, un siglo después.

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Su creador, Gregorio de Laferrère (1867-1913), merece un párrafo aparte. Sociólogos, críticos y gente de teatro por igual (David Viñas, Mirta Arlt, Vicente Martínez Cuitiño, Blanca Podestá, Luis Ordaz, entre muchos otros) lo han pintado con tal vivacidad y tanto afecto, que nos parece conocerlo como a un viejo amigo. Era, esencialmente, un político conservador pero no ajeno a las inquietudes sociales de su tiempo. Su gusto por el teatro (tenía un palco permanente en el viejo San Martín de la calle Esmeralda, y frecuentaba muchas otras salas porteñas, noche tras noche) lo llevaba a practicarlo. Para asumir la intendencia de Morón, en 1891, sin ser interceptado por sus adversarios políticos, no vacila en disfrazarse de "grave señor con luengas barbas, lentes ahumados, negra levita ceñida al cuerpo y lustroso y alto sombrero de copa" (Martínez Cuitiño). Atraviesa así los grupos opositores y, despojándose del disfraz, firma tranquilamente el acta de asunción.

Con sentido del humor, instaló frente mismo al Círculo de Armas, el club más exclusivo de Buenos Aires, al que pertenecía, un comité de su propio partido, la Asociación Popular ("De nadie y para todos" era su enigmático lema), donde a diario atendía a decenas de solicitantes. Sobre todo, según Enrique García Velloso, "a mujeres, que iban a pedirle dinero y su influencia sobre el jefe de policía, don Pancho Beazley, para que largasen al deudo que la noche anterior se había desgraciado en alguna trastienda de almacén suburbano".

Elegantísimo -"siempre de punta en blanco", lo describe Blanca Podestá-, levemente moreno, apuesto, enarcadas las guías del bigote breve, muy simpático, Laferrère aprovechó una estada familiar en Francia, entre 1889 y 1891, para asimilar la técnica del vodevil (lo son básicamente sus otras obras más conocidas, Jettatore , 1904, y Locos de verano , 1905) y ser asiduo espectador de las piezas de Molière interpretadas por la Comédie. Las de Barranco fue inspirada, al parecer, por la familia propietaria de una pensión en La Plata, en la que Gregorio residió en su juventud. Al comienzo era apenas un monólogo para el beneficio de la célebre actriz cómica Orfilia Rico, titulado Reíte un poco . La Rico vio las posibilidades del tema e insistió en que el autor lo ampliase. Así fue: el elenco original comprendió a la protagonista y, entre otros, a María Gámez, Lea Conti, Francisco Ducasse, Elías Alippi y un debutante de 16 años, Enrique Serrano. Llegó -cosa inusitada para la época- a las 146 representaciones y desde entonces se la repone a menudo, siempre con éxito. La versión más reciente fue la dirigida por Oscar Barney Finn -por cierto, excelente- en el Cervantes, dos años atrás, con Alicia Berdaxagar como la atribulada, pragmática, inmortal doña María. .

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