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Ya nada será igual

Joaquín Morales Solá

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LA NACION
Domingo 22 de junio de 2008

La relación del Poder Ejecutivo con el vicepresidente Julio Cobos quedó lesionada. El bloque de diputados peronistas se acerca peligrosamente a la fractura si no se modifican las retenciones. Hugo Moyano está resentido después de la implícita desautorización a sus tratativas con los ruralistas. Masivos cacerolazos eyectaron a Luis D’Elía de la intimidad del Gobierno. Esos cacerolazos significaron también la pérdida de la tolerancia social hacia el poder que gobierna. Los indispensables productores agropecuarios argentinos le han abierto una puerta al Parlamento, pero difícilmente volverán a creer en un gobierno que los confiscó y los maltrató.

Ningún presidente democrático perdió como Cristina Kirchner tanta confianza popular en tan poco tiempo. El balance de los daños, tras más de 100 días de empecinado conflicto, es dramáticamente desastroso para la administración.

Cobos recibió insoportables presiones para que levantara la reunión que convocó para mañana con los gobernadores de las provincias sojeras. No la levantó ni la levantará. No lo conocen a Julio. Nunca retrocede , dijo un político que frecuenta al vicepresidente. Todos los gobernadores convocados habían aceptado la invitación de Cobos menos el bonaerense Daniel Scioli, que condicionó la asistencia a sus reflexiones. Raro: Scioli fue vicepresidente y sabe lo que significa la soledad en ese lugar del universo kirchnerista.

El Gobierno presionó a los gobernadores para que vaciaran de interlocutores a Cobos. Se bajaron todos, menos los tres que están más alejados de los Kirchner: el santafecino Hermes Binner, el cordobés Juan Schiaretti y el puntano Alberto Rodríguez Saá. Cobos decidió que hará esa reunión aunque termine asistiendo un solo gobernador. El Senado es el ámbito de la representación federal y hay un proyecto sobre el conflicto en el Congreso. ¿Qué maldad podría encerrar una conversación entre el titular nato del Poder Legislativo y los gobernadores de las provincias afectadas? Ninguna. Pero para la prusiana disciplina kirchnerista ese diálogo significa un acto de sospechosa conspiración. Quiere crecer para ser una alternativa política e institucional , suponen en el Gobierno.

La relación de los Kirchner con Cobos no volverá a ser como fue. Quedaron heridas abiertas , aceptaron cerca del vicepresidente. Habrá cierta dosis de disimulo, porque una sensación de pánico se adueña del matrimonio presidencial cuando imagina una crisis parecida a la renuncia de Carlos "Chacho" Alvarez. De la Rúa estaba mejor que Cristina cuando se quedó sin vicepresidente , resumieron en la cima.

Los Kirchner ya venían mal con Cobos y ahora están peor. Sostenían que éste se quiso apropiar de la iniciativa oficial de llevar al Congreso la decisión sobre las retenciones. Cobos había pedido la participación del Parlamento antes de que se produjera el anuncio de Cristina Kirchner, una de las pocas ideas sensatas que tuvo el Gobierno a lo largo de la crisis. Nosotros veníamos madurando esa jugada antes que él hablara , subraya el kirchenerismo puro.

Diputados peronistas liderados por los ex gobernadores Felipe Solá y Jorge Obeid, actuales legisladores, están buscando una fórmula para las retenciones que se sitúe a mitad de camino entre las posiciones de las entidades rurales y las del Gobierno. Hay que volver a poner el país en marcha , dijo uno de ellos. El Gobierno confía aún en que podrá ratificar las retenciones del 11 de marzo ( Creemos que tenemos número suficiente , se ufanaban el viernes en la Casa de Gobierno), pero también acepta que cualquier proyecto de ley puede ser modificado por el Congreso. Néstor Kirchner tomaría cualquier cambio como una fatal derrota política. ¿Cómo están los números? , preguntaba ansiosamente sobre el fin de semana.

Los números están mal. Unos treinta diputados rechazaron la propuesta de Diana Conti para sacar del medio al defensor del Pueblo, Eduardo Mondino, cuando éste hizo una gestión de acercamiento entre el Gobierno y el campo. Si ese número se mantuviera, con sumas y restas, el Gobierno habrá perdido la mayoría. ¿Y si Kirchner no aceptara modificaciones? El bloque se quebrará. Los tiempos han cambiado , dijo un importante legislador del kirchnerismo.

A pesar de las apariencias, Cristina Kirchner recibió con zozobra, emocionalmente herida, los cacerolazos del lunes. El impacto fue muy fuerte en su sensibilidad. Hay que ser justos: eso le sucedería a cualquier político. Los cacerolazos fueron la consecuencia de muchas crispaciones (el largo conflicto con los campesinos, la inflación, las mentiras oficiales sobre la inflación, el desabastecimiento, la inseguridad, un método arrogante y autoritario de gobernar durante cinco años), pero el detonador fue D Elía, según la evaluación oficial.

Ese mismo día, el jefe piquetero dio una conferencia de prensa en la que amenazó con tomar las armas. No dijo nada importante , le informó entonces a la Presidenta el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, protector político del líder de las fuerzas de choque oficiales. Miles de cacerolas salían a la calle pocas horas después. Parrilli vive en otro mundo. D Elía fue eliminado en el acto de todas las ceremonias oficiales.

Las fuerzas de choque continuaron con su trabajo después de la estigmatización que la Presidenta hizo de la Sociedad Rural. Piqueteros oficialistas fueron hasta la casa de Luciano Miguens, presidente de la entidad. ¡Están locos! Miguens es el dirigente más sensato que hay , gritó el jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Desordenes e ideologías se mezclan en el oficialismo.

Sea como fuere, lo cierto es que las cacerolas salieron de la cocina y están, otra vez, en la puerta de salida de las casas. El precedente achica aún más los márgenes de acción de un gobierno acostumbrado durante un lustro a confundir la voluntad de un hombre con la voluntad del Estado.

El propio Moyano y varios peronistas más anticiparon que no se dejarían llevar por D Elía. Moyano debió ser empujado para que asistiera, remolón, a la provocadora conferencia de prensa de Néstor Kirchner. Los camioneros de Moyano fueron los últimos en llegar al acto de la Plaza de Mayo y los primeros en irse. Moyano había sido desautorizado por el Gobierno. Negoció con los dirigentes rurales y llegó a un acuerdo razonable con ellos en nombre de Julio De Vido, pero el pacto fue rechazado por el oficialismo. Moyano actuó por su cuenta , se escabulló De Vido cuando Kirchner lo reprendió por esa injerencia.

Tres encuestas independientes (Poliarquía, Römer y Giacobbe) le dan a la Presidenta una imagen positiva de sólo un 20 por ciento. Lo más grave es que la imagen negativa está en el orden del 50 por ciento. También Néstor Kirchner se derrumba en esas preciadas mediciones; gobernó siempre con la mira fija en ellas. Los importantes dirigentes del peronismo que ya venían díscolos (Reutemann, Schiaretti, Jorge Busti, Mario Das Neves) no tienen motivos ahora para volver al redil kirchnerista.

El kirchnerismo ha perdido hasta el manejo de la generosa "caja" política por obra de un consumo popular menor, de la nula recaudación de retenciones agropecuarias y del elefantiásico programa de inversión estatal. Varios buques con gasoil esperan en el puerto que el Gobierno y las petroleras se pongan de acuerdo sobre quién pagará la diferencia entre lo que ese combustible cuesta en el mundo y lo que vale en la Argentina, mucho menos desde ya. Hasta ahora, el Gobierno se hacía cargo de gran parte de la diferencia, pero se ha quedado sin plata. Pretende que las petroleras asuman todo el costo, pero las empresas se resisten.

La Presidenta desplegó sus banderas en el discurso de la Plaza de Mayo, mientras parecía advertir que se quedaría o se iría con esas banderas en alto. Su marido también le habló al peronismo de ganar o perder izando sus ideas en el mástil de la política. Perder es un verbo que el peronismo no está acostumbrado a conjugar.

Tiene ahora un buen argumento para esquivar la eventual derrota: la obcecación de De la Rúa fulminó al radicalismo. La ruina del peronismo, el otro partido histórico del país, pondría a la Argentina en las puertas de una aventura autoritaria y populista, dicen. Hugo Chávez es, si bien se mira, el producto del ocaso definitivo de los dos partidos históricos venezolanos.

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