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De lo mejor de la actual temporada

Lunes 23 de junio de 2008
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Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Boris Giltburg (piano). Programa: Concierto para piano Nº 2 en Do menor Op. 18, de Sergei Rachmaninoff, y Sinfonía Nº 12, en Re menor Año 1917, Op. 112, de Shostakovich. Ciclo Grandes conciertos. Salón de Actos de la Faculta de Derecho de la UBA. Nuestra opinión: excelente

Fiel a esa característica ciclotímica que parece caracterizar a nuestra sociedad, en un día desapacible y en el momento en que finalizaba una semana plena de incertidumbres y dudas por el futuro social de la República, la pasión y el amor a la música se hizo presente con una numerosa concurrencia que valoró en su justa medida la calidad superior de las versiones ofrecidas de las dos obras que conformaron el programa presentado por Pedro Ignacio Calderón.

En la primera parte, se escuchó el concierto para piano que determina el retorno a la actividad creadora de Sergei Rachmaninoff después de algunos años de silencio provocado por el fracaso, en 1897, de su primera sinfonía. Una realidad que lo llevó a caer en estado depresivo y motivó que recurriera a un tratamiento psicoanalítico con un médico que hasta utilizó la hipnosis para rehabilitarlo y que, además, fue quien le sugirió que debía escribir un concierto para piano. Precisamente el segundo concierto de su catálogo, que se trasformó gracias a su inspiración y posibilidades de lucimiento para solista y orquesta en una de las obras para piano y orquesta mas difundidas del repertorio.

La entrega tuvo en el solista israelí Boris Giltburg a un virtuoso excepcional. Y no fueron sus recursos técnicos impecables por la limpieza de su digitación, el mérito mayor, sino el refinamiento de su fraseo, la calidad de su sonido, el criterio artístico con que utiliza una impresionante gama de matices expresivos con la sobriedad de los grandes artistas del teclado. Y tanto fue así que su calidad del sonido hizo rememorar a Dinu Lipatti, y en cuanto al sentido de las dinámicas, a Arthur Rubinstein de la madurez, una sensación sorprendente frente a la edad del artista de sólo 23 años.

La experiencia artística de Calderón estuvo al servicio de una entrega de refinada línea romántica, aspecto que superó a algunos detalles técnicos referente a la precisión de los ataques que seguramente provinieron de una escasa cantidad de ensayos. De todos modos, una vez más, el titular de la Sinfónica Nacional reiteró su indudable solvencia y beneficioso ascendiente que ejerce sobre el organismo. Una afinidad que garantiza confianza y relajación aun en los pasajes más comprometidos.

Fue tan brillante la ejecución que el público brindó una ruidosa ovación, motivo por el cual Giltburg agregó una antológica versión de un Preludio para piano de Rachmaninoff, que por la belleza de los matices y el refinamiento del discurso, provocó placer estético y la reflexión de que al autor ruso se lo suele descalificar de modo realmente injusto y superficial.

En la segunda parte se escuchó una espléndida versión de la Sinfonía denominada Año 1917, de Shostakovich, y que es la duodécima de su impresionante catálogo que en el género alcanza a las quince obras, a cual más fascinante. Ya desde el unísono de las cuerdas inicial, se apreció una afinación impecable del sector. Con el desarrollo del primer movimiento, que alterna una melodía rusa con contrastes de enorme intensidad, se comprendió en su justa medida la simbiosis perfecta que se genera entre Calderón y el gran sinfonismo, concepto que en realidad se refiere a obras de complejidad extrema y no a las de unos pocos creadores.

Esta sinfonía parece querer crear en un encadenamiento perfecto de imágenes y significados que el compositor pretendió dibujar y que podrían referirse a episodios de la historia dolorosa del pueblo ruso y a significados subjetivos de hechos políticos. Pero eso es relativo y se está persuadido que Calderón fue como lo es cada vez que traduce una partitura, el intérprete que es nexo entre la escritura y el oyente a través del sonido, respetando con lealtad los ritmos, intensidades, e ideas compositivas. Y por esta razón es garantía de fidelidad al compositor.

Como la Sinfónica Nacional cumplió su labor con evidente concentración y entrega, mas allá de dos pequeñas máculas, el resultado artístico global puede ser considerado entre los más jerarquizados conciertos de la actual temporada.

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