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Sociedad

Qué hacer con la basura: la encrucijada en el país y el mundo

Enfoques

El aumento del consumo y el explosivo crecimiento demográfico de los grandes centros urbanos plantean el desafío cada vez más urgente de resolver el destino de los residuos sin comprometer el medio ambiente
Por Lorena Oliva

Cuentan que algún tiempo atrás, representantes del BID y del Banco Mundial invitaron a un intendente del Conurbano, que andaba de paso muy cerca de allí, a visitar el condado norteamericano de Montgomery, en el estado de Maryland, para hacerle conocer el ejemplar sistema de gestión de residuos urbanos del lugar.

Basado en un programa de separación en origen, reciclaje y compostaje (un procedimiento que transforma los residuos orgánicos en abono), el sistema en cuestión, lejos de fagocitar buena parte del presupuesto municipal (como pasa en muchas otras ciudades), genera ingresos anuales por 80 millones de dólares.

Los funcionarios esperaban que, sorprendido ante tanta eficiencia, el político bonaerense retornara a su país con ganas de replicar el modelo y así, tal vez, comenzara a resolverse un problema que hoy desvela a macristas y sciolistas por igual. Pero grande fue la sorpresa de los funcionarios de esos organismos cuando el intendente rechazó la invitación.

Comparadas con la realidad de nuestro país, donde sólo el 40 por ciento de los residuos se desechan en condiciones más o menos sanitarias y el resto se distribuye en unos dos mil basurales a cielo abierto, historias como las de Montgomery parecen de otro planeta.

Es que la mayor parte de la basura que produce el planeta -estimada en más de dos billones de toneladas anuales- se entierra o se quema. Y en tiempos de consumismo exacerbado, combinado con una mayor conciencia ambiental de funcionarios, organismos y grupos ecologistas internacionales, urge repensar el destino de los desechos del mundo.

Los pronósticos para las próximas décadas son tan desalentadores que muchos países comenzaron a reformular estrategias, apuntando a la minimización de residuos en origen, la reutilización y el reciclaje.

De acuerdo con estimaciones de las Naciones Unidas, para 2025 los países desarrollados quintuplicarán los niveles de generación de desechos. En el mundo en vías de desarrollo el panorama no es mejor: para las próximas décadas se espera una explosión demográfica en las principales ciudades (Mumbai, Lagos, San Pablo y Buenos Aires son algunas de ellas) que podría triplicar la cantidad actual de población sin demasiado ordenamiento, lo que tendría un preocupante efecto en materia habitacional, sanitaria, laboral y también, obviamente, en la producción de basura.

Pero aquí y ahora, en nuestro país, la gestión de los residuos sólidos urbanos muestra luces y sombras, según desde donde se la mire. En el área metropolitana se ven gestos de acercamiento entre la Ciudad y el Conurbano para abrir nuevos rellenos sanitarios que darían un respiro al sistema, aunque sin aportar soluciones de fondo. Pero en el interior los basurales a cielo abierto parecen ser, hasta ahora, el único destino posible para más de la mitad de los residuos que se generan y se amontonan sin ningún tipo de tratamiento, lo que los vuelve altamente nocivos para sus vecinos más cercanos y todavía más para quienes viven del cirujeo.

Humo en el Norte

En el hemisferio norte, la incineración de los residuos (aunque combinada con otros métodos) es una práctica más que extendida, sobre todo entre los países europeos, donde el déficit de grandes extensiones de tierra para construir rellenos sanitarios es claro. La incineración permite reducir en un noventa por ciento la cantidad de basura. El diez por ciento restante, transformado en ceniza, acaba enterrado en un relleno sanitario que, de esta manera, alarga notablemente su vida útil.

Claro que la solución no es apta para cualquiera. Se calcula que la sola instalación de una planta incineradora cuesta entre 50 y 60 millones de dólares. Y cada tonelada de basura incinerada, entre 70 y 150 euros. Por otra parte, es un método de tratamiento que no goza de buena prensa: su eficacia en términos ambientales es relativizada no sólo por organizaciones ecologistas, sino también por expertos en la materia.

El arquitecto y consultor ambiental Carlos Libedinsky recuerda esa nube negra que solía cubrir la ciudad de Buenos Aires en los tiempos de la incineración domiciliaria. "La incineración es más cara, en general es contaminante y si no lo es, se debe a procedimientos muy onerosos de depuración de humos", asegura este profesor de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UBA.

La cuestión de los costos tal vez explique en parte por qué este método no es frecuente en los países en vías de desarrollo. Entre ellos tampoco suele haber un solo tipo de procedimiento, aunque la alternancia en estos casos es menos feliz y suele variar entre rellenos sanitarios, vertederos municipales y basurales a cielo abierto (entre estos dos últimos no hay mucha diferencia, excepto porque en el primer caso funcionan gracias al consentimiento y la ineficiencia municipal).

"Entre los países del Tercer Mundo el esquema suele ser similar al nuestro, con rellenos sanitarios en las grandes ciudades y basurales sin ningún tipo de tratamiento en el interior", explica Atilio Savino, ex secretario de Medio Ambiente de la Nación (durante la gestión de Néstor Kirchner) y actual vicepresidente de la International Solid Waste Asociation (ISWA), único organismo internacional dedicado al estudio de los residuos sólidos.

En marzo último, Chile obtuvo un préstamo del BID por 400 millones de dólares para la mejora de su sistema de gestión de residuos, que incluye el cierre de numerosos vertederos. Uruguay también está planificando la construcción de su primer relleno sanitario. En Brasil, el manejo varía de acuerdo con la región, aunque Curitiba, donde en parte se apeló a la conciencia ciudadana, es considerada como una de las ciudades más limpias del mundo.

Un sistema que se agota

Dinamarca, Francia, Holanda, Estados Unidos y Japón son algunos de los países que cuentan con plantas incineradoras como método de tratamiento de residuos. También Singapur, una isla de pequeñas dimensiones y altos niveles de crecimiento urbano, que quema las 7000 toneladas diarias de basura que el país genera en cuatro estaciones distribuidas por toda su extensión.

Las cenizas resultantes (más algún otro tipo de residuos) acaban en un relleno sanitario off-shore que comenzó a operar en 1999. Las autoridades estiman que la pequeña isla de Semakau, de 350 hectáreas, hoy convertida en el relleno sanitario del país, completará su capacidad en 2045.

En cualquier caso, ya sea como depósito de cenizas o de desechos sin tratar, la capacidad de los rellenos sanitarios es finita. Este detalle, nada menor, sumado a la crisis energética, a una mayor conciencia ambiental y preservacionista, y a la masa de recicladores informales (aquí conocidos como cartoneros) que ponen de manifiesto el valor económico de los desechos, impulsan, desde hace unos años, la masificación de prácticas tales como la disminución de desechos en origen, la reutilización de materiales de desechos, así como el reciclaje.

Un cambio posible

Así es como el programa internacional Basura Cero, que promueve la disminución de desechos en origen, o Ecoembes, que alienta el reciclaje y la utilización de envases en España, son algunos de los ejemplos que suman cada vez más adeptos.

De acuerdo con cifras de Greenpeace, organización promotora de Basura Cero, la puesta en práctica de este sistema logró que en la ciudad norteamericana de San Francisco la cantidad de residuos que llega a un relleno sanitario disminuyera en un 60 por ciento. En la ciudad australiana de Canberra, la disminución ya alcanza al 80 por ciento de los residuos que se generaban hace diez años. Y en toda Nueva Zelanda su aplicación también comenzó a marcar una notable diferencia.

"Producir vidrio partiendo desde la materia prima es mucho más costoso que reciclarlo. Este simple ejemplo demuestra que es una locura que el mundo agote sus reservas de materias primas para producir productos que terminan quemados o enterrados", sostiene Juan Carlos Villalonga, director de Greenpeace Argentina.

¿Por qué entonces, a pesar de su efectividad desde el punto de vista ambiental, pero también económico, estas prácticas aún no logran pasar de la fase de "pequeños proyectos exitosos"?

La respuesta de Villalonga es tan contundente como desalentadora: "Porque gastar la plata para hacer las cosas mal tiene más lobby."

Con él coincide Libedinsky: "Existen grandes multinacionales de la basura, interesadas en vender sus tecnologías, que cuentan con gran capacidad económica de lobby internacional. Por otra parte, las compañías recolectoras de basura en muchos lugares del mundo suelen ser las principales contribuyentes a las campañas políticas de los diversos municipios, lo que complica aún más el problema."

Las imágenes de las calles de Nápoles y sus alrededores saturados de basura, que recorrieron las primeras planas del mundo hace pocos meses, son un ejemplo de la desacertada combinación de un sistema municipal ineficiente con intereses más oscuros, en este caso, la presunta infiltración de la camorra (la mafia napolitana) en el negocio millonario de la recolección.

La búsqueda de una solución definitiva fue promesa de campaña de Berlusconi y un compromiso de ese país frente a la Unión Europea, que contempla pautas claras relacionadas con la gestión de residuos sólidos urbanos para todos los países del bloque. Ese cuerpo normativo es lo más parecido a legislación internacional que existe en la materia.

"Sería bueno que el Mercosur copiara a la Unión Europea", opina Ricardo Rollandi, director de la Asociación para el Estudio de los Residuos Sólidos, uno de los organizadores locales del congreso de Gestión de Residuos Sólidos de ISWA, que concluyó hace diez días. A él asistieron 560 personas, entre ellas Ana Corbi y Graciela Gerola, representantes de las agencias ambientales del Conurbano y la Ciudad, respectivamente.

Rollandi asegura que los expositores extranjeros -representantes de Singapur, Holanda, Ecuador, Colombia, EE.UU., Italia, Brasil, España, Chile y Grecia- consideraron que la gestión local en la materia superó sus expectativas. "Les sorprendía que hoy casi la mitad de los desechos recibiera un tratamiento más o menos sanitario, cuando hace poco más de 30 años la basura se quemaba en los domicilios", explica el especialista.

"Claro que las estadísticas -agrega- son fríos números que no siempre reflejan la realidad: nuestro país alcanza ese porcentaje gracias a la gran concentración urbana que se da en la Capital y el Conurbano, donde se encuentran los rellenos sanitarios que opera la Ceamse. En el resto del país, es una historia bien diferente."

Con la colaboración de nuestros corresponsales en Washington, París, Madrid, Roma y Montevideo

Basura electrónica

Los países en desarrollo suelen ser el destino de residuos electrónicos que, según estima la ONU, suman entre 20 y 50 toneladas al monto de basura total y presentan serias complicaciones a la hora de darles un tratamiento ambientalmente sustentable. Por eso, organizaciones como Greenpeace promueven la búsqueda de alternativas para su destino final. "En 2006, cada argentino descartó, en promedio, dos kilos de este tipo de basura. Ahora se busca, aquí y en el mundo, que las compañías productoras se hagan responsables del destino del producto al finalizar su vida útil", explica Juan Carlos Villalonga representante local de esa ONG. .

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