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"Juré a Dios que hay cosas que se quedarán en la selva"

Betancourt narró el drama que vivió en cautiverio; evitó hablar de los maltratos

Viernes 04 de julio de 2008
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El siguiente es el relato que hizo ayer Ingrid Betancourt a la radio colombiana Caracol, a la Cadena Ser, de España, y a radio Continental, de la Argentina.

-¿Qué fue lo peor de todo el secuestro?

-Todo el secuestro es lo peor. Todo minuto vivido en el secuestro es un horror. La separación de las personas que uno ama; la imposibilidad de decirles a los que uno ama que los ama; ver que los años pasan sin poder abrazar a las personas que para uno son importantes; tener que vivir en condiciones que uno no permitiría para los animales que uno quiere. Yo pensaba en mi perrita. Yo nunca traté a mi perrita como me trataron a mí. Son momentos muy difíciles; es conocer la condición humana en su profundidad; ser conscientes de que todos somos capaces de hacer cosas tan horrorosas.

"Hay una cosa en el ser humano que lo puede hacer muy endemoniado. Yo siempre pensaba que el diablo vivía en la selva colombiana, yo veía tanta maldad en ciertas miradas. Vi muchos niños, muchachitos menores que mis niños, tan crueles, tan cínicos, tan malvados. Son situaciones en las que uno ve que el ser humano puede llegar a unos grados de depravación muy intensos. Y uno podría caer en eso. Por eso tenemos que tratar de no convertirnos en esos animales que se comen unos a otros.

"Ayúdennos en la lucha por sacar a los que quedaron allá; los tenemos que sacar. Si hay que estar aquí el 20 de julio para una marcha para lograr la liberación de los demás secuestrados, cuéntenme a mí como un soldado más. Yo soy un soldado de esta causa.

- En una carta que envió a su madre parecía tirar la toalla. ¿Llegó un momento en que no podía más?

-Sí, pero no era tirar la toalla: era aceptar que podía morirme. Es diferente. Cuando uno no tiene la toalla, no puede tirarla. Yo hacía mucho tiempo que no era dueña de mi destino.

"Aparte, en mi cuerpo se habían acumulado una serie de dolencias. Yo sabía que el mayor Guevara, un compañero mío, había muerto en situaciones similares a las mías. Sabía que la guerrilla no se preocupaba por mi estado de salud; poco le importaba cualquier cosa que yo tuviera.

"Por ejemplo, pedir medicamentos para nosotros era una tortura porque no nos los traían; muchas veces había que negociarlos por cigarrillos, y si uno tenía una mala relación con el que en ese momento era el encargado de traer la droga simplemente no se la traían; le decían a uno que no había.

"Se me fueron acumulando una serie de problemas. Con esa carta quise preparar a mi familia para que ellos sintieran que eso era una liberación. Era otro tipo de liberación, pero para mí era una liberación de ese cuerpo que ya no me andaba más, parar ese sufrimiento; fue un momento muy duro... aceptar que se me habían acabado las fuerzas. Sentí que el cuerpo se me estaba marchitando.

-¿En algún momento trataron de violentarla?

-Tuve momentos difíciles, experiencias muy dolorosas. Yo tomé una decisión, cuando me di cuenta de que estaba libre y miré por la ventanilla hacia abajo: le juré a Dios que esas cosas se quedaban en esa selva. Yo no quiero hablar de eso y no quiero traerlas ahora aquí; éste es un momento de felicidad; lo que se vivió allá se enterró allá; ya no vale la pena traerlo.

-¿Pensó en suicidarse?

-No intenté suicidarme, pero sí pensé a diario en la posibilidad de hacerlo. Me retuvo a diario la voz de mi mamá por la radio en las mañanas. Siempre lo posponía: "Bueno, hoy no; de pronto, mañana". Me retenía la voz de mis hijos. Fueron siete años en que cada día era como el primer día de secuestro, con todo su horror, toda su humillación y uno nunca se acostumbraba a eso.

"Por ejemplo, yo nunca me acostumbré a los chontos [letrinas]. Uno allá a tiene que hacer las necesidades en un hueco. Eso se llena de moscas y bichos; los olores son espantosos. Cuando yo pude llegar a un baño, hace unas horas, me decía: "Esto es el lujo de la civilización".

-Resistió por sus hijos y su mamá...

-Sí. En el momento en que yo acepté enfrentar la muerte, prepararme espiritualmente para la muerte, para decirle adiós a la vida, y que no era un drama si me moría, porque mis niños estaban bien, ese momento me llenó de mayor fuerza, la energía necesaria para seguir. No hubiera sido posible sin el llamado de mis hijos, esa especie de energía que uno siente. Mis niños hicieron el milagro. Todo eso sumado explica que hoy esté yo acá.

-¿Cómo eran alias "César" y "Gafas"?

-La primera vez que vi a César me pareció un hombre jovial, amable, simpático. Fue la primera vez que vi a un comandante con una computadora portátil. Nos puso una película en DVD en su computadora en medio de la selva. Fue como cuando llevan a los niños al circo: estábamos todos embobados.

Y después, la angustia de todos nosotros de que nos hubieran filmado, como unos bobos, riéndonos y mirando la pantalla y que pudieran utilizar eso como prueba de supervivencia. Eso sucedió varias veces.

"Nunca nos habían regalado nada; nunca nos consideraban para nada y un día en diciembre llegan con unos platos de arroz con pollo adornados con mayonesa, un lujo nunca visto por nosotros. Nos llevaron tragos, un vino espantoso; la gente empezó a tomar. Yo todavía estaba enferma y no me daba ganas de comer y pensé: "¿Esto por qué será?", y de pronto veo a "Gafas" escondido detrás de un árbol, filmándonos para que quedara registrada la inmensa generosidad que tuvo un día con nosotros. Me sentí utilizada. Ellos hacían ese tipo de cosas.

"Pero hace un par de semanas me devolvieron mi diccionario. Yo había luchado durante muchos años para que me devolvieran el diccionario que me habían quitado y que era mi entretenimiento. Era una delicia meterme en ese diccionario a leer. Cuando me lo dieron, todos me miraron porque sabían que yo no lo podía cargar. Yo dije: "Así tenga que botar toda la ropa, a ese diccionario me lo llevo". Logré cargarlo y me sentí muy orgullosa de mi proeza.

-¿Su liberación fue el momento más feliz de su vida?

-El momento más feliz de toda mi vida es este momento en el que estoy con mis dos niños, pero el momento de mayor impacto, como una bomba que estalla, fue cuando el comandante del operativo gritó: "¡Somos del ejército nacional! Ustedes están libres". Yo grité; me salió del alma; fue como una bomba que me estalló por dentro.

"Pero el momento de felicidad completa, de total plenitud, es éste. Estoy tomada de la mano de mi nena, del brazo de mi Lorenzo; ellos me están mirando; se están burlando de mí como siempre. Están tan divinos, tan grandes...

"El presidente Uribe fue muy audaz. Lo admiro mucho por eso. Tomar la decisión de hacer ese operativo era muy riesgosa; él se jugó su prestigio como gobernante. El hubiera podido tener un resultado desastroso, porque era un operativo de ganar o perder. Era todo o nada. Le agradezco que se la haya jugado por nosotros.

-¿Volverá a la política?

-No he tomado ninguna decisión. No sé qué voy a hacer con mi vida. Yo tenía en mi expectativa de vida varios años más de secuestro. De pronto me cae la libertad; vuelvo a recuperar mi vida hace unas pocas horas. Lo que sí quiero es que la decisión sea de toda mi familia, de mis hijos y mi mamá, porque siento que les impuse decisiones antes que los martirizaron, los hicieron sufrir mucho. Lo que venga en el futuro quiero que sea una decisión de todos nosotros, en conjunto.

"Ahora los dejo porque estoy al frente de la iglesia; voy a saludar a mi papá [que falleció en 2002, durante el cautiverio de su hija]. Me voy a recoger con mi familia sobre su tumba. Me voy a dedicar un poquito a los míos."

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