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Abrazos y alegría para arropar un duelo

LA NACION
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Joaquín Morales Solá
Domingo 06 de julio de 2008

El problema del oficialismo no es ya lo mucho que pasó, sino lo muy poco que quedó. Apenas siete diputados lo apartaron ayer de la derrota a un gobierno acostumbrado, durante cinco años, a imponerse por mayorías bíblicas en el Congreso. Para llegar a esa victoria, si es que victoria se puede llamar a tantas capitulaciones, debió desnaturalizar con una veintena de modificaciones la resolución del 11 de marzo sobre las retenciones. El brazo corto para hacer concesiones y la convicción de que debía vencer antes que solucionar un conflicto convirtieron en inútiles todos esos gestos. El campo argentino no se pacificará con la decisión parlamentaria de ayer.

¿Cambiaron algo las modificaciones de última hora? No cambiaron nada. Seguimos igual, dijo ayer uno de los presidentes de las entidades rurales, todavía dentro de la Cámara de Diputados. Ni siquiera le funcionó al Gobierno la estrategia para cooptar al presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, en un renovado intento de dividir a las entidades rurales. Buzzi es un hombre inteligente y no abandonará su silla en la Comisión de Enlace, porque en el acto se sentaría allí Alfredo De Angeli.

La administración ganó –es cierto– una votación reñida, pero sólo con el espíritu de quien juega un partido de fútbol, que es, en definitiva, cómo se vivió en el oficialismo el conteo final de los votos. Alegría y abrazos para arropar un duelo: los diputados kirchneristas sabían, a esas alturas, que el conflicto con los sectores rurales y urbanos de la sociedad no concluiría con esas horas de extenuaciones.

La larga crisis obligó al Gobierno, en efecto, no sólo a retroceder en los contenidos de la decisión, sino también a cambios constante en el discurso. El aumento de las retenciones de la soja comenzó siendo una herramienta para desojizar el campo. Luego la Presidenta anunció que esos recursos extraordinarios del Estado servirían para un amplio plan sanitario y de obras públicas, pero, en un último y dramático tramo, el esposo presidencial le enmendó la plana a la jefa del Estado: parte de las retenciones, dijo, se usarían para saldar la deuda pública. Al final, ya nadie sabe si esos dineros se usarán para pagarle al banco, al contratista o al verdulero.

Es una ley que nadie quiere votar , anticipaba ayer uno de los principales diputados del oficialismo. Sólo la paciencia y la lealtad de Agustín Rossi permitieron sumar voto a voto para el proyecto oficial, aun cuando Rossi fue maltratado por Kirchner en su natal Santa Fe hace muy poco tiempo. El ex presidente hizo poco por ayudarlo en los últimos días: le dio funciones extraordinarias a Carlos Kunkel, que sirve para espantar más que para atraer dentro del propio oficialismo, y a Díaz Bancalari, la mejor expresión de una política acrobática y arcaica que ya ha dejado de existir.

El propio Kirchner amenazó ayer con sentarse en un palco de la Cámara de Diputados para vigilar y castigar las eventuales deserciones. Le hicieron una advertencia que debió asustarlo: muchos diputados, incluidos algunos del peronismo disidente, podrían dirigirse a él y tomarlo como blanco de sus críticas. Kirchner nunca se pone en el lugar de sus víctimas verbales: siempre es él quien habla, critica y falsea la realidad desde un atril solitario. Los destinatarios de sus diatribas nunca tienen derecho a la defensa. Kirchner se habría puesto en el papel de éstos si se hubiera convertido en observador de un debate en el que sólo podían hablar los diputados.

Kirchner ha perdido su habitual frialdad para decidir la política. Se trata de una novedad importante. A pesar de su imagen de calentón, nunca antes dejó de decidir con frialdad , constata un funcionario que lo frecuentó siempre. ¿Qué lo llevó a ese cambio sustancial en su manera de resolver? Kirchner fue presidente con amplios márgenes de apoyo social y con un amplísimo sector de argentinos, si no todos, optimistas con la economía. Un presidente en tales condiciones tiene resuelto gran parte de los problemas.

La modificación que ocurrió en las últimas semanas consiste en que las encuestas se derrumbaron y en que se quebró la confianza de la sociedad en la economía. Ese plano inclinado cambió sustancialmente la realidad: ni eventuales buenas soluciones del Gobierno a los problemas, que por ahora no las hay, podrían ser aceptadas fácilmente por vastos sectores sociales.

Escogió ante la desdicha un mal camino. En su personal idiolecto, Kirchner eligió vestirse de víctima, como lo ha hecho hasta cuando no lo necesitaba; se rodeó de los incondicionales (aunque a muchos de ellos no puede mostrarlos sin perder); deslució aún más la imagen presidencial de su esposa (a la que sólo le dejó espacios protocolares), y dobló la apuesta en sus embestidas contra el campo, que les hicieron la vida más difícil aún a sus propios diputados. Doblar la apuesta es una estrategia política que no abandonó.

Se enamoró al mismo tiempo de un discurso que combinaba la presión sobre los legisladores con el fuego de ideas revolucionarias sin revolución. Tiene derecho a convocar la adhesión de sus diputados como líder partidario; el único problema es que sus ideas no son válidas en el mundo de hoy. Son, más bien, las de un anticuario de San Telmo.

Las fotos de la política le hacen daño al Gobierno. Los principales líderes gobernantes han quedado acompañados, casi fanáticamente, por personajes tan impopulares, para amplios sectores medios, como Luis D Elía, otros líderes piqueteros y Hebe de Bonafini y sus plegarias de odio. Otra foto muestra, distante del kirchnerismo o enfrentado a él, al peronismo más clásico y que cuenta con más respeto social: José Manuel de la Sota, Carlos Reutemann, Felipe Solá, Jorge Busti o Juan Schiaretti.

El peronismo se ha quebrado y lo ha hecho justo pocas semanas después de que Néstor Kirchner asumiera la jefatura formal del partido. Sin esa fractura, sería difícil entender las mil dificultades que tuvo el kirchnerismo para conseguir ayer un triunfo ajustado, que necesitó del voto de aliados circunstanciales.

Una lección que dejaron las últimas horas para los políticos peronistas es que los Kirchner sólo entienden el idioma del rigor. Solá, que le abrió la provincia de Buenos Aires al kirchnerismo para que batiera al duhaldismo, fue arrumbado en un destino gris en la Cámara de Diputados, sin funciones importantes y con todos los diálogos cortados con el Gobierno. Ingratitud lisa y llana. Pero las cosas cambiaron cuando el ex gobernador bonaerense superó los 20 diputados para elaborar un dictamen distinto del oficialismo. Hasta el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, lo llamó a la Casa de Gobierno para tratar de unificar criterios, que nunca unificaron. Hay una manera política, o impolítica, del kirchnerismo que sólo es posible en tiempos de auge y bonanza: recibir favores sin agradecer.

Otra lección es que las cooptaciones en la nocturnidad sirven de muy poco. A Busti, líder natural del peronismo entrerriano, el kirchnerismo le sacó el gobernador de la provincia, Sergio Urribarri, un antiguo ahijado político del propio Busti. El resultado fue poco alentador para el kirchnerismo: de cuatro diputados peronistas entrerrianos, tres votaron en contra del proyecto oficial, pero acompañaron, en cambio, los acuerdos diferentes que había hecho Busti.

La crisis está dejando la certeza, también, de que el kirchnerismo no quería concertación cuando logró trozar al radicalismo, sino una nueva dosis de sumisión en la política. Nunca antes, ni en el monumental conflicto institucional que se llevó de la vicepresidencia a Chacho Alvarez, un vicepresidente fue tan ofendido y agraviado como Julio Cobos. Lo notable es que lo haya hecho el propio jefe de Gabinete, que era quien mejor diálogo tenía con Cobos. Directamente le negó el derecho a hablar y a opinar. Pero así son las órdenes y los códigos de Kirchner: el amigo es el que debe pegar.

La trifulca con Cobos disparó no sólo una crisis institucional y una distancia casi imposible de salvar ahora entre el Poder Ejecutivo y el vicepresidente, sino también un inconcebible desorden político dentro de la propia administración. A Alberto Fernández, jefe de los ministros, lo zamarreó sin piedad públicamente el radical cobista Horacio Quiroga, subsecretario de Asuntos Institucionales de la Cancillería. La escuela del reto de Kirchner vio cambiar los manuales: un subsecretario reta ahora en público al ministro más importante del Gobierno.

Peor que antes , respondió ayer otro presidente de las entidades rurales sobre la situación posterior a la votación. ¿Por qué? En primer lugar, el Congreso le daría al Ejecutivo, si hubiera sanción del Senado, facultades para cambiar las retenciones. El proyecto de ley actual no tiene fecha límite y sólo podría cambiarlo otra ley. El oficialismo remedió esa falla trasladándole al Ejecutivo sus indelegables facultades. Además, todas las compensaciones que se idearon para seducir a pequeños y medianos productores sí tienen un límite: el 31 de octubre próximo. Después, las retenciones volverán a ser iguales para todos.

El campo consiguió primero la adhesión de amplios sectores sociales, rurales y urbanos, y ayer dividió casi en partes iguales a la Cámara de Diputados. Los dirigentes rurales deberían ser sinceros y aceptar que nunca imaginaron que terminarían abrigados por semejantes ardores sociales y políticos. Ese espacio de sinceridad debería cubrir también al oficialismo. Debería admitir que hasta ahora perdió mucho más que lo que ganó.

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