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El gran adversario que consiguió crear Néstor Kirchner

LA NACION
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Joaquín Morales Solá
Miércoles 16 de julio de 2008

Tal vez haya comenzado la era de los milagros. El primer milagro lo hizo Néstor Kirchner: logró borrar en 120 días una historia tan larga como la propia historia del país, de divisiones y suspicacias entre la Capital y el interior. Nunca los porteños habían arropado a la gente del campo como lo hicieron ayer.El milagrero ex presidente hizo otro portento y fue el de dar vuelta su viejo proyecto de construir una corriente transversal de la política que contuviera expresiones partidarias distintas y partes de la sociedad que se quedaron sin liderazgos desde la última gran crisis. En Palermo, en un acto ciertamente opositor al kirchnerismo, se juntaron peronistas y radicales, dirigentes gremiales y seguidores de Elisa Carrió y de Mauricio Macri, además de una inmensa mayoría de gente sin referencias políticas. Pero ese corte transversal no estaba con Kirchner, sino contra él. Una Argentina trágica, embebida por una impronta supuestamente heroica, pareció darse cita en el palco del Congreso. Otra Argentina, más festiva, alborotada e irreverente, se juntó en Palermo. Extrañamente, es esta última la que está reclamando por exacciones y confiscaciones, y aquella otra, la Argentina oficial, es la que, según se denuncia, perpetra el despojo.Sucede que Kirchner les habla a sus amigos del café. El drama de la historia argentina reciente está siempre en sus invocaciones, pero en términos que sólo entienden los muy ideologizados. ¿Cuántos argentinos saben a qué se refiere cuando menciona a los “comandos civiles” de 1955 o a los “grupos de tareas” de 1976? Es raro, pero los dirigentes rurales hablaron más de unión nacional que el ex presidente, que por momentos le echó más leña al fuego del cisma social.Creador incansable de mitos, ha logrado con ese mensaje, al fin y al cabo, dejar fuera de su círculo a la parte del peronismo más clásico y más conservador. Su línea discursiva es la del peronismo de los años 40 o el de la juventud peronista de la década del 70. El Perón viejo ya no está incluido en sus arengas. Kirchner se encierra cada vez más entre muy pocos, aun cuando aparentemente le habla a una multitud.

Toda competencia conlleva el riesgo de perder. Kirchner planteó una competencia innecesaria con el acto rural y terminó perdiendo: la concentración de Palermo más que duplicó su acto del Congreso. "En Palermo estaba un país que reclama prosperidad y libertad", resumió un dirigente político que estuvo ahí. Y esa libertad no es el desconocimiento del Estado ni debería serlo. Pero ¿sobre qué acuerdos y consensos se basa Kirchner para definir la política de su esposa como la única capaz de resolver el conflicto nacional?

Su mirada de la política, en resumen, entiende los modos de la democracia como una actitud claudicante y no carece de una dosis de mesianismo. Un Kirchner distinto habló ayer desde las escalinatas del Congreso. Había perdido el optimismo de otrora; era un hombre nervioso y tenso, y tenía las manos aferradas al atril, inquietas por momentos. Quizá le había llegado la última información de los senadores: el oficialismo estaba ayer, antes de los actos, a sólo un voto de empatar la votación de hoy en la Cámara alta.

Ningún opositor se hacía ilusiones definitivas. El Gobierno tiene capacidad de presión y de compensar votos que podrían girar en el aire. La propia Presidenta estaba llamando a senadoras indecisas. Mal o bien, aun con presiones, dádivas y propinas, lo cierto es que el Congreso ha dejado de ser una mera escribanía. Cada voto requiere ahora sudor y lágrimas.

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Kirchner no tiene piedad ni con quienes lo han acompañado hasta ahora. Ayer hizo hablar en su acto al gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, que viene de una de las provincias sojeras más importantes del país y que, encima, debe lidiar con la jefatura del peronismo provincial en manos del ex gobernador Jorge Busti, más cerca del campo que del Gobierno.

El gobernador bonaerense, Daniel Scioli, ya pagó cuotas grandes de popularidad por su lealtad a los Kirchner. Eso no le importó al ex presidente: el gobernador bonaerense debió discursear haciendo de telonero de Kirchner.

La oración de Scioli pareció estar en el otro lugar de la ciudad: fue el único que habló de unión nacional en medio de provocadas fracturas sociales. Propuso también "la prudencia y la serenidad" habitando un mundo de inmoderados. A todas luces, estaba en el lugar equivocado y en el momento inoportuno.

El fantasma de Kirchner sobrevoló todo el acto rural de Palermo. Sólo el carismático Alfredo De Angeli y el austero Luciano Miguens le dedicaron un párrafo a Cristina Kirchner. El primero fue para revelar que una legisladora radical K le había dicho que la Presidenta renunciaría si le rechazaban en el Congreso el proyecto sobre las retenciones.

Fue la primera constatación de esa versión catastrófica del conflicto que anida en la cima. Miguens recordó un discurso de Cristina, en sus tiempos de senadora díscola, en respaldo de la independencia de los legisladores para votar los proyectos oficiales.

Eduardo Buzzi, político y coloquial, lo corrió a Kirchner por izquierda, que es lo que sabe hacer el presidente de la Federación Agraria. Le pidió que se acordara de ponerles retenciones a los juegos de azar, en una clara alusión al empresario kirchnerista Cristóbal López, y al "capitalismo de amigos".

De paso, Buzzi culpó al Gobierno del enfriamiento de la economía y de la inflación, afirmaciones que provocaron uno de los aplausos más prolongados del acto rural de Palermo.

Mucha gente que concurrió a Palermo no sabe qué son las retenciones, pero aprendió en los últimos cuatro meses que el campo es crucial en la vida económica del país y que ahí se cifra, según el mundo actual, una parte importante de su destino.

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Muchos fueron también porque sencillamente encontraron el espacio que estaban buscando para expresar su antikirchnerismo públicamente. Estos son testigos y protagonistas de cierto cambio en los paradigmas políticos de gran parte de la sociedad. Es un cambio que Kirchner no ha percibido o no quiere percibir.

Algunos rastros de esas mutaciones sociales se vieron en las elecciones de octubre pasado, cuando Cristina Kirchner obtuvo sólo el 18 por ciento de los votos en el Barrio Norte de la Capital.

Kirchner ha construido con sus excesos ideológicos un adversario de porte sorprendente.

Nadie, desde los grandes actos masivos de la política en la década del 80 con el regreso de la democracia, pudo juntar tanta gente como lo hizo el campo en Rosario y en Palermo. Ni la economía ni la política podrán prescindir del ruralismo de ahora en más.

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