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Una metáfora interesante del abuso

El autor Marco Canale muestra el enfrentamiento y las opresiones que nacen dentro de una familia numerosa

Domingo 20 de julio de 2008
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La alambrada, de Marco Canale. Elenco: Silvio Bertero, Marcelo D Andrea, Paula Ituriza, Eduardo Misch, Alicia Palmes, David Alejandro Palo, Cecilia Peluffo, Georgina Rey, Marco Spaggiari y Santiago Traversa. Iluminación: Eduardo Misch. Dirección: Elvira Onetto y Eduardo Misch. Sala: Beckett Teatro, Guardia Vieja 3556. Funciones: domingos, a las 19. Duración: 75 minutos. Nuestra opinión: buena

La alambrada es uno de esos espectáculos que tienen el poder de desconcertar cuando se pretende contextualizarlo y pensarlo en función de las tendencias imperantes en el teatro del momento. Esto se debe seguramente a que Marco Canale, el autor de este texto con el que ganó el premio Accésit en la XVI edición del premio de teatro que otorga la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) de España, ofrece una obra que desafía algunos de los parámetros habituales de la dramaturgia contemporánea.

Uno de los rasgos más sobresalientes en cuanto a esto es que La alambrada exige un espectador sumamente atento y dispuesto a seguir una historia muy complicada tanto por la cantidad de personajes como por todo lo que se dice y, fundamentalmente, por todo lo que se oculta. Las relaciones interpersonales no están declaradas desde el principio. Se van a ir diciendo lentamente mientras uno va construyendo el mapa de relaciones. El entramado de las cosas dichas y las no dichas, más la utilización de una familia numerosa, nos ubica en un teatro que apuesta por esas grandes historias en las que un puñado de seres anclados en un espacio físico concreto ofrecen una mirada distanciada sobre el mundo. Canale elabora la historia de esta familia y sus peones; en ella, uno de sus integrantes es abusador de menores. Y lo hace a través de un enfrentamiento entre quien intenta entender lo ocurrido -uno de los nietos- frente a la totalidad de los adultos que, sabiendo la verdad de lo que ocurre en el interior de las habitaciones, deciden tolerarlo recurriendo a las más diversas excusas que conducen a la inacción. Y no es un dato menor que esta historia de abusos, opresiones y perversiones transcurra en el campo. Indudablemente, hemos perdido la posibilidad de idealizar ese espacio en el que se asentó la cultura argentina decimonónica, y que en los últimos años -Federico León con su Cachetazo de campo fue quien jugó la primera carta en materia teatral- ha sido invertida en cuanto al imaginario que sobre él tiene la ciudad.

Exige un espectador sumamente atento por lo que se oculta detrás de lo dicho
Exige un espectador sumamente atento por lo que se oculta detrás de lo dicho.

Teatro dentro del teatro

La forma a través de la cual este joven decide entender qué fue lo que ocurrió en su casa cuando él era un niño es precisamente el teatro. Ha decidido escribir una obra en la que se reproduce, con todas las distancias y juegos estéticos del caso, aquella verdad devenida -¿por qué no?- trauma. Y los personajes, al verse representados en ese texto, no discuten tanto sobre la verdad como sobre lo verosímil. En este sentido, más que cuestionar lo que la obra dentro de la obra sugiere o muestra, discuten acerca de si la abuela pudo o no haber hablado de esa forma.

La dirección logró trabajar con inteligencia los dos niveles temporales de la representación -el pasado del abuso y el presente de la obra que lo representa- puesto que juega y se sirve de unas diapositivas y un proyector como forma de elaborar estéticamente el concepto de representación dentro de la representación como única forma posible de acercarnos a la verdad. Una concepción hamletiana del teatro al convertirlo en fuente de conocimiento a través de la metáfora.

Si bien esta historia transcurre en el campo hay algo que no termina de funcionar en lo que hace al espacio escénico. Algunos actores deambulan por él como sin saber muy bien hacia dónde ir ni cómo ocuparlo con contundencia. Exactamente lo opuesto habría que decir de Cecilia Peluffo, quien interpreta a la abuela, ya que tiene la presencia escénica necesaria como para, incluso desde las sombras, ser vista. Algo similar ocurre con la interpretación de Paula Ituriza, quien arma un personaje en el perfecto equilibrio entre la crueldad y el patetismo. Pero no ocurre lo mismo con los otros actores a los que, por momentos, se los ve perdidos en la inmensidad.

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