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Un violinista virtuoso y silencios significativos

Luis Roggero brilló junto a la Sinfónica Nacional en un concierto en el que se evidenció la ausencia de la integrante a cargo del corno inglés

Domingo 20 de julio de 2008
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Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Solista: Luis Roggero (violín). Director: Pedro Ignacio Calderón. Programa: Obertura de En la naturaleza, de Antonín Dvorák; Concierto para violín op. 46, de Aaram Khachaturian; Preludios a los actos 1º y 3º, de Lohengrin, de Richard Wagner y poema sinfónico Muerte y transfiguración op. 24, de Richard Strauss. Facultad de Derecho de UBA. Nuestra opinión: Muy bueno

En el día de ayer, se conoció un conflicto laboral desatado en el área de la Secretaría de Cultura de la Nación relacionado con una integrante de la orquesta, a cargo del corno inglés. En esta oportunidad, y pese a un programa conformado por dos obras en las que tiene algunas intervenciones, ellas se desarrollarían con silencios, situación anormal anunciada por un músico que pidió disculpas en nombre de la orquesta. De ahí la zozobra de muchos asistentes que supusieron un concierto pobre. Pero la realidad fue otra, porque el programa con la batuta de Calderón y una actuación jerarquizada de Luis Roggero, concertino de la orquesta, fue impecable. Como hecho curioso, los silencios que se produjeron durante la ejecución de la obertura En la naturaleza , de Dvorák, no resultaron ofensivos, ya que la versión transmitió el clima de una tarde en Bohemia, con el ser que contempla y se sumerge en esa maravilla de paisaje. Los momentos de silencios -por el motivo comentado-, para quien conoce la obra, apenas fueron un sobresalto; para otros, ocurrencias del autor.

Luego se escuchó una hermosa entrega del sugerente Concierto para violín, de Kachaturian, dedicado a David Oistrach, escrito en tres movimientos. Es que fue impecable la actuación del solista y sabia, la dinámica impuesta por Calderón. Ambos estaban amalgamados en el criterio interpretativo y tradujeron con criterio los ritmos firmes y algo rudimentarios del primer y tercer movimientos, y en el andante intermedio, toda la emoción dolorosa que surge de las melodías.

Fue impecable la actuación del violinista y sabia, la dinámica impuesta por el director Pedro Ignacio Calderón
Fue impecable la actuación del violinista y sabia, la dinámica impuesta por el director Pedro Ignacio Calderón.

Aquí quedó en evidencia la excelencia de la Nacional en todas sus filas y ante tanta calidad del solista, afinación justa, cristalinos pasajes en la zona aguda, escuela de arco sin mácula y exquisita sensibilidad, se reactualiza un Roggero dotado para ser concertista por el mundo, pero que prefirió a su orquesta. También se apreció la sobriedad de Calderón en la cumbre de su carrera. El fervoroso aplauso permitió el agregado de una obra para violín solo de Bach, suficiente por su belleza y dificultades para que el violinista rubricara en medio de un silencio profundo, su título de virtuoso.

En la segunda parte, dedicada a obras del gran sinfonismo, aconteció otro hecho afortunado. Las interpretaciones de Calderón fueron acertadas en su densidad sonora y ricas de variados matices y sin caer en una aparatosidad destemplada. Ahí se hizo música con honestidad, respetando a rajatabla a los autores, y por eso fue una fiesta sinfónica. En primer lugar, se escuchó la pasión wagneriana de los preludios de Lohengrin ; luego, el logro de una excelente versión del poema Muerte y transfiguración, de Strauss. Por fortuna, los silencios esperados en esta última composición no se percibieron. Acaso faltaron unas pocas notas del corno inglés, que el autor utilizó para colorear ciertos pasajes. Pero si hubo silencios de orquesta en el amplio auditorio, fueron literalmente sepultados por la inspiración romántica en su máximo esplendor.

El público se retiró feliz, en tanto que la Secretaría de Cultura de la Nación y el gobierno nacional, este último por lo que le corresponde en cuanto al presupuesto, quedaron una vez más enfrentados a la indeclinable obligación de prestarles esmerada atención a sus cuerpos artísticos, que son tan importantes para todos.

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