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Turismo participativo

Pueblos originarios

Turismo

De la Patagonia a La Quiaca, diversas comunidades indígenas abren sus puertas a los viajeros para compartir una experiencia turística tan apartada de lo convencional como rica en intercambio cultural, aprendizaje, y relación con la tierra y las raíces

Turismo responsable, inclusivo, respetuoso y participativo. La propuesta de diversos pueblos originarios de abrir sus comunidades al viajero tiene bases delineadas durante años, a partir de experiencias pequeñas y otras más grandes, proyectos que surgieron en diferentes regiones a medida que también crecía el interés en el mundo por el turismo cultural y el boom nacional de visitantes extranjeros alcanzaba ya las puertas de sus casas.

Fueron años de reuniones, foros y capacitación. En las regiones debieron organizarse para definir las propuestas acordes con la cosmovisión de los pueblos y sus posibilidades. El acercamiento entre las culturas es una de las claves de un turismo que promueve el intercambio y genera nuevos ingresos en comunidades, mayormente rurales, que sobre la base de la autogestión y proyectos sustentables dejan de ser beneficiarias para convertirse en protagonistas de su propio desarrollo.

Gran parte de la oferta es de viajes de convivencia, para compartir prácticas cotidianas, conocimientos y gastronomía, dormir allí y recorrer la región con guías locales durante varios días. También hay rutas de artesanías, recorridos a caballo o actividades en nieve, entre una oferta muy amplia.

"El contacto con la naturaleza es una de las cosas que sorprende. Es un respeto profundo, desde lo conductual. Uno ve en su manera de actuar la relación que tienen con todas las cosas", cuenta Diego Presta, que vive en Boulogne sur-Mer y pasó, en 2007, con su mujer, Claudia, unos días con la comunidad wichi Misión Chaqueña Algarrobal, del monte impenetrable entre Chaco y Salta.

Su contacto fue Roberto Díaz, nacido en esa comunidad de 3000 habitantes, pero que también vive en Buenos Aires y tiene aquí un taller de artesanías. Junto con su mujer, Eleonora, y una ONG, él había comenzado por organizar un programa de intercambio que luego derivó en un pequeño emprendimiento turístico: llevar a los interesados hasta su pueblo, para compartir unos días con su gente. "Es un encuentro entre culturas sin filtros ni intermediarios -comenta Eleonora-. El visitante se incorpora a la actividad de los anfitriones, básicamente en la realización de artesanías. Los hombres wichis se especializan en madera, mientras que las mujeres trabajan más con tejidos, a partir de técnicas milenarias."

Son cinco días. Cada mañana se realiza un paseo guiado por gente de la comunidad, y una jornada completa se dedica al río Bermejo, en un trayecto de 5 kilómetros. "Se ven muchos animales, sobre todo pájaros, de los que los pobladores tienen un gran conocimiento. Después hay mucho fogón, mucha charla. Y a veces paseos nocturnos."

En algunos casos, Jorge y Eleonora organizan viajes específicos, por ejemplo, para amantes de la pesca que buscan aprender la técnica wichi. Ya viajó con ellos un equipo de artesanos para conocer cómo trabajan en el monte, y el último verano, un grupo de estudiantes de los Estados Unidos.

"Abrace las culturas y tradiciones distintas de las suyas: su experiencia se verá transformada, usted se ganará el respeto de la población local y ésta lo acogerá más fácilmente. Sea tolerante y respete la diversidad", recomienda la Fundación Pro Yungas, al comienzo de una guía práctica que publica en su sitio, basada en el Código Etico de la Organización Mundial del Turismo.

Desde la fundación se promueven recorridos que involucran diferentes etnias de Salta y Jujuy. Trabajan con la Asociación de Turismo Comunitario La Apacheta, con un circuito de trekking que atraviesa paisajes andinos de la Puna, por sendas de montaña. Y con Las Queñoas, en Jujuy, con un recorrido por la Reserva de Biosfera de las Yungas.

"Pasamos por selvas de montaña, bosques, pastizales y desierto prepuneño, en la Quebrada de Humahuaca. Son circuitos donde las comunidades organizan todo. Son dueños de los caballos, guían y dan de comer a los turistas...", comenta Marcelo Viotti, asesor turístico de la fundación. En 2007, el proyecto convocó en sus diferentes recorridos a más de 1600 visitantes de todo el mundo, mayormente europeos.

De Sur a Norte

El centro de esquí más pequeño del país es mapuche y está manejado por la comunidad Puel. El lonco (cacique) es su administrador, mientras los instructores y corredores son también de la comunidad, igual que los responsables de la gastronomía y la atención al público. En una ladera del volcán Mahuida, muy cerca de la increíble Villa Pehuenia, está a 1900 metros sobre el nivel del mar.

En la zona hay otros emprendimientos, más familiares, como el de Josefina Muñoz, que sirve té de rosa mosqueta y licores caseros de zarza o menta silvestre, acompañados, por supuesto, con piñones. Es lo primero que ofrece a los que llegan a su casa, junto con su hijo Antonio, luego de una hora y media de caminata sobre la nieve.

El paseo es con raquetas de nieve, para no hundirse, y linternas. Es una propuesta nocturna que finaliza en la casa, con un plato tradicional mapuche después de los licores, y un poco de música a cargo de Antonio, que además de ser el guía, toca el siku y tiene su propia banda, que se llama Identidad.

La actividad comenzó el año pasado con un grupo de franceses que buscaban una actividad de invierno "más cultural". Desde entonces, el paseo es por un viejo camino de contrabando de animales, a través de un bosque de araucarias, buscando huellas de animales y reconociendo la fauna del lugar.

También en Neuquén está el Parque Nacional Lanín, un sitio clave en la relación entre el cuidado de las bellezas naturales y los pueblos originarios. El parque está comanejado desde 2000, de manera que la conservación es compartida entre mapuches y guardaparques. Allí hay campings, como los de Paraje Ruca Choroy y Ñorquinco, administrados por las comunidades.

A diez minutos de las cataratas del Iguazú, una nena corre a llamar a Roberto, que vive cerca y aparece entre las plantas de maíz. El joven extiende su mano a los visitantes y les pregunta si conocen el sistema. Cobra diez pesos por persona para guiar al grupo a través de un camino que atraviesa parte de su comunidad, sobre todo el bosque, donde hay iconos de la cultura mbya guaraní, que mostrará a los recién llegados. Roberto, de 18 años, muestra desde un palo rosa de 350 años hasta un mondepí, pequeña trampa para pájaros que usaban sus ancestros y ahora también ellos, huertas familiares de batata y mandioca, y una casa típica construida para los visitantes. En el camino se escucha una radio en portugués, que llega del otro lado de la frontera. "Mi mamá vive en Brasil, con mis hermanos", cuenta el muchacho, atento a la transmisión. Entiende portugués, pero habla español y guaraní. Es un partido de fútbol y se escucha un gol. "Cuando juegan Argentina y Brasil, ¿quién querés que gane?", pregunta un visitante. "Que empaten nomás", dice y se ríe.

Dentro de su comunidad, Yryapú, está la escuela del proyecto Mate, distinguido este año por la Fundación LA NACION, que forma como guías turísticos a jóvenes de la comunidad.

La población mbya guaraní tiene más de 3000 integrantes en la región. La otra comunidad, más grande, es Fortín Mbororé. "Muchas veces se dice que los indígenas hemos perdido nuestra cultura. No es así y nos gusta que lo vean", dice el cacique Silvino Moreira. Hace años, por ejemplo, volvieron a enseñarles a los niños las canciones, que fueron recuperándose con ayuda de los ancianos, y hoy el coro de niños es una de las actividades más llamativas para los visitantes. Allí se muestran las tradiciones, no como folklore para el turista, sino como una expresión propia que atrae y al mismo tiempo fortalece la identidad.

El auge de este tipo de turismo y sus posibilidades de desarrollo para los pueblos ha generado que organismos públicos y privados se conviertan en promotores, desde ONG internacionales como TransHumans, que impulsa el emprendimiento El viaje de tu vida, también de convivencia, en Jujuy, hasta el Banco Mundial, que financió el proyecto Desarrollo de Comunidades Indígenas.

La Secretaría de Turismo de la Nación cuenta con la Red Federal de Turismo Comunitario, que está en el marco del Programa Conservación de Patrimonio: "En virtud de que la actividad turística en comunidades de pueblos originarios y campesinos es un hecho -los turistas se acercaron, espontáneamente en algunos casos y a través de intermediarios, en otros-, resultó ineludible comenzar a responder las demandas propias de las comunidades, coordinando, desde la Sectur, acciones tendientes al fortalecimiento de dichas iniciativas".

"Hay que tener en cuenta -aclara Mercedes Gomitolo, del Proyecto Turismo Comunitario- que no es turismo masivo y en algunos casos, al no haber sistema de reservas, se puede ver desbordado. En ese sentido, todos los emprendimientos están en proceso de organización para lograr una mejor oferta."

Para Jorge Nahuel, dirigente mapuche y director del departamento de Pueblos Originarios y Recursos Naturales de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, el turismo "es una alternativa económica que desde los pueblos debemos desarrollar, siempre en relación directa con la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica. El turismo aporta a la difusión y revitalización de la cultura, pero tiene que estar al servicio de la administración territorial de los pueblos originarios. Es sostenible si es controlado por las comunidades".

Integración y rituales diarios

"Mi experiencia fue con la comunidad guaraní Yryapú, en Misiones, a pocos kilómetros de Puerto Iguazú. Opté por convivir con ellos cinco días. Esto no es común en la comunidad, por eso hablé con sus representantes, que me tomaron datos personales e hicieron preguntas, en su mayoría vinculadas con el medio ambiente, los animales y mis costumbres diarias. Así te van preparando para lo que se vive dentro, que es muy fuerte. Que me aceptaran llevó un día. Luego comenzó la convivencia, entre rituales diarios y muy cálidos, caminatas por el monte para ver sus trampas y recursos en la tierra, las raíces que cuidan como oro y que prepara como medicina la abuela de la comunidad, que es muy valorada como todos los mayores: son fuente de sabiduría y conocedores de vida. Hombre blanco en guaraní se dice jurua y así es como te llaman dentro de la comunidad. Lastimosamente, muchos hombres blancos les han robado sus tierras y sus recursos."

Pablo Riveira, 28 años, es gerente de operaciones de Rochester Hotels, en Buzios, Brasil

" Llegamos a la comunidad wichi gracias a mi mujer, que siempre tuvo curiosidad por conocer otras costumbres. Escuchó de una compañera que se podía viajar allí y buscó más información por Internet. Conocimos a Roberto Díaz (ver nota) y se fue armando el grupo. Resultó una experiencia muy significativa. Sumergirte en una realidad tan distinta requiere una capacidad empática muy fuerte. Y llegar a entender su miradas es algo que te abre la cabeza. Es difícil para ellos, porque tienen que lidiar con una realidad muchas veces adversa. Pero son muy abiertos y solidarios. Nos hicieron sentir realmente cómodos. Fue compartir una vida de simpleza, con tiempo diferentes, que te hace ver qué tan acelerado vivís en la ciudad. Incluso te ayuda a repensar tu estilo de vida. El contacto con la naturaleza es una de las cosas que más me sorprendió. Por mi profesión, fue muy rico también, fue un ejercicio bastante profundo de observación y escucha."

Diego Presta tiene 36 años y es consultor psicológico. Su mujer, Claudia Quallito, trabaja en kinesiología. .

Por Martín Wain De la Redacción de LA NACION
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