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María Elena Walsh: la felicidad del disparate

Una genial propuesta de La Galera, en el San Martín

Domingo 27 de julio de 2008
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María Elena, espectáculo musical para chicos y grandes . Grupo La Galera Encantada. Autor: Héctor Presa. Con canciones y poemas de María Elena Walsh. Intérpretes: Lali Lastra, Marina Pomeraniec, Sol Ajuria, Luciana Larocca, Gastón D Angelo y Matías Zanini. Vestuario: Mini Zuccheri. Escenografía: Marta Albertinazzi. Coreografía: Mecha Fernández. Música: María Elena Walsh. Arreglos musicales y banda sonora: Angel Mahler. Iluminación: Alberto Lemme. Puesta de sonido: Christian Lezcano y Mariano Iannello. Arreglos vocales: Diego Lozano. Puesta en escena y dirección: Héctor Presa. Duración: 70 minutos. En la sala Casacuberta, del Teatro San Martín, Corrientes 1530. De martes a domingo, a las 16, en vacaciones de invierno; después, sábados y domingos, a la misma hora. Entradas: 15 pesos. Nuestra opinión: excelente

Es innegable que cualquier convocatoria que invoque la presencia de las canciones de María Elena Walsh tiende a llevar consigo una complicidad de la platea, al menos, la del público adulto.

Y, lógicamente, eso significa también un riesgo. ¿Qué más puede decir un nuevo espectáculo sobre el tema, además de conectarnos con la emoción de volver a sentir la picardía, el juego, la elegante travesura de un material que, si bien hace mucho tiempo innovó y fue audaz al romper con la lógica y el orden en la poesía, sigue teniendo un enorme peso en los recuerdos, a la vez que se ha mantenido siempre actual y absolutamente inimitable?

Precisamente, el acierto de Héctor Presa es que no pretende agregar nada: sólo hace preguntas y juega. En cierto sentido, el autor celebra con intensa alegría la herencia de libertad que recibió de estas canciones y poemas, y comparte una nueva fantasía con otras generaciones además de la suya. ¿Cómo es esta autora? ¿Cómo fue que se le ocurrió esto? ¿Qué ángel la visitó? ¿Qué podemos heredar de ella? ¿Dónde y cómo se encontró con el duende del disparate?

La fábula que se presenta sobre el escenario es un disparador muy sencillo: cinco jóvenes quieren husmear en la casa de la famosa María Elena y ver si pueden descubrir cómo es ella. Al entrar se encuentran con muchos acertijos; el más importante es la autora misma, que los recibe y les asigna la tarea de ordenar su material. Mientras ellos lo intentan, ella parece divertirse mucho, sabiendo que es imposible y provocando situaciones de disparate. Finalmente, jugarán juntos a muchas cosas, motivados por los textos que encuentran.

Tal vez las palabras que sirvan para calificar la puesta y el espectáculo en su totalidad son "armonía" y "equilibrio". Un equilibrio exacto que se balancea sobre el disparate, la acción, y un ritmo que no decae, que a veces puede hacerse vertiginoso y llevar a actores y público a una culminación que se disuelve en un chiste, una ocurrencia, una nueva travesura; todo el tiempo sostenidos por una red que está tejida por la música y las canciones.

Son excelentes y dignos de mención cada uno de los aspectos de un trabajo muy bien coordinado: una escenografía a la vez sencilla y fascinante, llena de sorpresas, en la que están todos esos objetos que en las canciones se vuelven tan importantes; un vestuario que armoniza con el juego pero no es estridente; la música, un trabajo muy cuidado para presentar las canciones en sus verdaderos ritmos, sin agregados, para llevarlas luego a una especie de eclosión con un popurrí que provoca una espontánea y entusiasta respuesta del público.

De las coreografías, parece asombroso lo que cinco personas sobre ese amplio escenario pueden dibujar con sus cuerpos y lograr en cada momento una integración perfecta con el resto de los detalles. Sin necesitar efectos especiales, los bailes juegan y dibujan poemas divertidos.

La actuación es impecable, y nuevamente se aprecia acá un equilibrio entre los personajes, un ajustado trabajo de los intérpretes. A Lali Lastra es necesario mencionarla aparte en su tan querible interpretación de esa señora escritora, que se pone un sombrero para recibir visitas, y se divierte enseñando a los jóvenes la felicidad del disparate, un personaje que surge del material de María Elena y que es reflejo de la manera en que el autor ve a su duende.

La obra dura 70 minutos; para los más chiquitos puede ser un poco extensa, sobre todo -hay que reconocerlo- porque mucho del valor agregado de este trabajo está en reconocer las canciones. De todos modos, la pequeña historia divierte con amabilidad. Tal vez sea buena idea hacer escuchar a los chicos en casa algunos temas, para ir a encontrarlos en el espectáculo.

Y el hecho de que los adultos vayan al teatro, vuelvan a sentirse chicos, recuperen la alegría de jugar y la compartan con los niños, y que los chicos más grandes se acuerden, antes de empezar a olvidar, hace que ésta sea una oportunidad imperdible. Consejo para los mayores: llevar pañuelo.

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