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Rastrilladas, antiguas cicatrices del desierto

"De tanto dir y venir hice una huella en el campo", escribió Yupanqui; esta nota redescubre la historia de esas huellas

Sábado 09 de agosto de 2008

Como cuentas de un rosario de polvo iba la rastrillada encadenando los grandes cacicazgos. Un río de huellas atravesaba la soledad dibujando una cicatriz en el desierto, hilvanando aguadas en su lento peregrinar.

"Una rastrillada son los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en el campo suelen ser profundos, y constituyen un verdadero camino ancho y sólido", escribe Lucio V. Mansilla en Una Excursión a los Indios Ranqueles . Esas sendas por donde los indios arreaban las haciendas, culebreaban en el desierto persiguiendo las lagunas de agua dulce. Antiguos viajeros la describen como de hasta un metro de profundidad.

Mansilla asegura que desde Leubucó arrancaban esos caminos para todas partes. "Allí es la estación central, salen caminos para las tolderías de Ramón, para las tolderías de Baigorrita, para las tolderías de Calfucurá, en Salinas Grandes; para la cordillera y para las tribus araucanas."

Hoy Leubucó o Leuvú-có se encuentra en las cercanías de Victorica, al noroeste de La Pampa. A la sombra de un caldén se puede leer un cartel de vialidad que señala "rastrillada indígena". Un poco más allá se encontraban antiguamente las tolderías del cacique Panguitruz, más conocido como Marianito Rosas, hijo de Painé Gner y a quien Juan Manuel bautizó con su apellido.

En 1879 Estanislao Zeballos realizó un viaje de exploración. Llegó hasta Azul en tren y desde allí emprendió en carruaje su marcha hasta Olavarría, pasando previamente por el fuerte General Lavalle. Según él, dos caminos unían Olavarría y el mencionado fuerte, "el primero trillado por los indios araucanos desde los tiempos precolombinos, que cruza el continente hasta Chile, y por eso llevó el nombre de Los Chilenos; el otro, hecho por la civilización en la guerra contra los indígenas y denominado del Telégrafo".

Estas sendas también fueron conocidas como "ruta de la sal" y camino del hilo, respectivamente. El propio Zeballos asegura que "de cada toldería parten como hebras de la gran madeja, numerosísimas sendas que se ramifican con el camino de los Chilenos, rastrillada que por aquí mide una milla de amplitud".

El llamado camino de los Chilenos era el que recorrían los araucanos desde el Pacífico hasta el Atlántico y según estudios unía Valdivia y Buenos Aires. Esa misma huella pasaba por Salinas Grandes, continuando por Choele-Choel hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, donde torcía su rumbo hacia Chile buscando los pasos cordilleranos.

Caminos originales

Una vieja discusión enfrentó a quienes opinaban que las rastrilladas se formaron sobre las sendas que dejaron los conquistadores y a los que aseguraban que era al revés, afirmando que los pasos nativos precedieron a los derroteros de los realistas.

El historiador Enrique M. Barba señala que los conquistadores aprovecharon el gran conocimiento topográfico de los indios y siguieron esas huellas, señalando de esta manera buena parte de lo que hoy son las rutas actuales. Escribe Barba en Rastrilladas, huellas y caminos : "Los caminos transitados en la pampa, por los españoles primero y por los argentinos luego, han seguido la ruta de los usados por los indios, por las rastrilladas. La ruta 5, que parte de Capital Federal a Santa Rosa, sigue la huella del indio por las aguadas de Trenque Lauquen, Lonquimay, Toay, etcétera. El camino de Carhué a General Hacha y de allí a Lihué Calel, Neuquén, etcétera, sigue la rastrillada real de los chilenos".

El mismo rumbo que seguían las rastrilladas fue utilizado luego por carretas y diligencias. Chasques, soldados, gauchos de todas layas, comerciantes, troperos, exploradores, naturalistas e inmigrantes llegaban a las postas a descansar, proveerse, mudar caballos y conversar. Y con los huellas se entreveraban vidas e historias.

Hundidos en la raíz de la tierra se fueron asomando los caminos como rastro de todas las ausencias, como promesa de cualquier reencuentro. Después de la llamada conquista del desierto dos huellas de acero reemplazaron esas sendas sin domar y las poblaciones fueron encendiéndose como luces en la noche.

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