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Transmitir pasión

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PARA LA NACION
Domingo 17 de agosto de 2008

Marcus du Sautoy, un profesor de matemática de la Universidad de Oxford de poco más de cuarenta años, es uno de los más reconocidos científicos ingleses, gracias a una destacada carrera en la que realizó investigaciones reiteradamente premiadas. Pero, además, se ha convertido en una figura popular con sus escritos sobre matemática en periódicos y por su conducción de emisiones vinculadas con esa ciencia en la radio y la televisión británicas. Precisamente, para justificar ese singular éxito masivo abordando un tema aparentemente tan árido, señaló: "La clave es saber transmitir tu pasión. La gente inmediatamente se interesa por algo que es capaz de apasionar tanto a alguien".

Tal vez sin advertirlo, Sautoy definía el fundamento mismo, la verdadera esencia de la labor de enseñar. Quienes la realizan sólo pueden hacerlo cuando logran transmitir a sus alumnos su propia pasión por lo que conocen. Precisamente, uno de los factores que contribuyen a la decadencia actual de la enseñanza reside en el hecho de que no pocos de sus responsables carecen de real pasión por lo que deberían transmitir. En nuestra época tal vez despierte mayor interés la técnica de enseñar que lo que específicamente se enseña. Así, muchos docentes parecen estar bastante preocupados por ser expertos en pedagogía, pero no tanto por conocer lo que deben enseñar. Por eso, al no trasuntar genuina pasión por eso que se supone que les interesa tanto como para compartirlo con sus alumnos, no logran interesarlos. Transmitir la pasión por el conocimiento es la clave, pero, para hacerlo, en primer lugar es necesario sentirla.

Cada docente debería ser un ejemplo vivo de esa pasión. Sin embargo, las expresiones de algunos maestros y profesores en los medios de comunicación hacen que nos preguntemos de qué manera esas personas pueden interesar a alguien. A veces, sólo logran articular alguna frase en la que invariablemente lo único que surge son rastros de teorías pedagógicas. Aparecen la contención, la expresión, la libre creatividad, el equipo pedagógico, el respeto del alumno, el abordaje multidisciplinario y otras que confirman que las aulas se han convertido en un vasto consultorio psicológico. Lo que está ausente es el saber, la pasión por conocer, en cuya transmisión se basa la escuela y que es la que le da sentido como institución.

Para explicar su éxito, Sautoy completó su respuesta diciendo: "Hay una segunda clave: que a todo el mundo le gustan los retos. Y, sobre todo, la sensación que da conseguir que todo encaje. De ahí el éxito de los sudokus". Aludía a otro de los elementos centrales de la enseñanza: plantear retos a quienes aprenden, desafiarlos a encontrar correspondencias. Y, además, incitarlos a experimentar ese placer que sólo se siente al intuir que "todo encaja", aunque sólo sea un momentáneo espejismo. Hoy negamos a las nuevas generaciones ese "gozo intelectual" que Jorge Wagensberg considera "el gran logro de la selección natural que da paso a la selección cultural y, con ella, a la creatividad humana". Ni los padres ni los docentes estiman conveniente desafiar a los niños y a los jóvenes a descubrir lo mejor de sí, planteándoles exigencias crecientes y estimulándolos a demostrar lo que son capaces de lograr cuando explotan al máximo sus capacidades. Cualquier exigencia que se les proponga es interpretada como un avasallamiento a su persona, una intromisión en su libertad de ser. En este caso, en su libertad de ser... ignorantes.

Deberíamos volver a tener en cuenta las claves del enseñar que recuerda Sautoy: sentir pasión por el conocimiento, transmitirla desde el ejemplo y hacerlo con el convencimiento de que a los humanos nos atraen los desafíos. Si no logramos que esas ideas regresen a los hogares y a las aulas, de donde las estamos ahuyentando, la educación no experimentará el cambio que todos decimos desear.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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