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Aulas violentas: crisis de autoridad y desafíos

Maestros agredidos y humillados, imágenes de violencia escolar que los jóvenes "cuelgan" como trofeos en la Red. Mientras los gremios ya definen la actividad docente como una profesión de riesgo y los expertos alertan sobre la caída de la autoridad de los adultos, el debate pedagógico se tiñe de política Por María Cecilia Tosi

Domingo 17 de agosto de 2008
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En YouTube hay miles de videos que concentran la atención de los adolescentes sobre un tema recurrente: 503 filmaciones bajo la denominación "violencia escolar", 553 con el nombre de "peleas escolares", otras 476 con el título de "violencia en la escuela", y la lista continúa bajo otros nombres similares. Casi todas son grabaciones caseras, realizadas con teléfonos celulares por los mismos chicos que luego los suben al portal de videos más difundido de Internet. Las cifras de YouTube reflejan a su manera que la agresión que se vive en las aulas es una tendencia creciente. Y reflejan además hasta qué punto esas situaciones son consideradas un trofeo que se "cuelga" en la red.

Los ejemplos se suceden. Imágenes de alumnos haciendo gestos obscenos a una profesora o intentando quemarle el pelo. Videos de adolescentes divirtiéndose mientras le sacuden el polvo de tiza en la cabeza a una docente o le acercan un preservativo. Grabaciones que entretienen mostrando escenas de agresión entre los mismos alumnos. ¿La violencia ganó el ámbito educativo? ¿Los estudiantes se tornaron incontrolables o los docentes abandonaron la tarea de disciplinarlos?

Aunque tanto Juan Carlos Tedesco como Mario Oporto, ministros de Educación de la Nación y de la provincia de Buenos Aires respectivamente, han deslizado que el problema no es grave ("En cualquier reunión de egresados se cuentan anécdotas como éstas", le dijo Oporto a LA NACION), la Federación de Educadores Bonaerenses (FEB), uno de los dos principales gremios docentes de la provincia, declaró la tarea docente como "profesión de riesgo" y señaló las fallas del sistema como responsables de las situaciones conflictivas. Según un estudio del sindicato, unos 21.000 maestros (el 35% de los afiliados), que dictan clases en 18.000 escuelas públicas de Buenos Aires, padecen algún tipo de enfermedad psicosocial vinculada con la violencia escolar y el estrés.

Foto: ARTE DE TAPA: MARIANA TRIGO VIERA

"Crisis de autoridad", sintetizan los especialistas, entre ellos los principales funcionarios del área educativa consultados por LA NACION, para explicar la preocupante reiteración de situaciones escolares en las que los docentes son agredidos por sus alumnos. Los adultos -enfatizan- tienen dificultades para asumir un rol jerarquizado sobre los adolescentes, en momentos en que las relaciones tienden a ser cada vez más horizontales entre padres e hijos.

Con docentes desautorizados o inseguros para ocupar su lugar de adultos en las aulas y con padres desorientados en una sociedad donde se han borroneado las necesarias asimetrías, la crisis de autoridad en las familias y en las instituciones es un punto de coincidencia en todos los análisis sobre el tema.

Las voces se dividen, en cambio, cuando se trata de definir posturas -qué hacer- ante situaciones de agresión que pueden ir desde las bromas pesadas y la denigración hasta la violencia lisa y llana. Con obvios matices, las posiciones se podrían exponer así: para algunos, deberían endurecerse las sanciones a los estudiantes para volver a marcar los límites perdidos y devolver autoridad a los docentes. Otros ponen el acento en que la escuela no debe ser expulsiva y en que la conducta de los chicos es el reflejo de un sistema educativo con fallas y de una sociedad violenta.

Una muestra clara de esta diferencia de criterios se pudo ver cuando, ante los últimos hechos de gravedad, las reacciones del ministro de Educación porteño, Narodowski, y de la Nación, Tedesco, fueron categóricamente opuestas y expresadas enfáticamente en los medios. El debate, más allá de la discusión pedagógica, también fue utilizado como una estrategia de diferenciación política: aprovechar la polémica para marcar las diferencias entre un abordaje del problema más atento a la situación del alumno -"progre", kirchnerista- y otro, inflexible en la aplicación de la autoridad- del lado del macrismo.

De hecho, fue en suelo porteño donde la reacción ante el malestar creciente se reflejó en un cambio que apunta a la reafirmación de la autoridad: este miércoles los docentes de los colegios secundarios de la ciudad de Buenos Aires recuperaron la facultad de sancionar en forma directa indisciplinas leves, medida que limitó la actuación de los Consejos de Convivencia creados hace una década para eliminar el régimen de amonestaciones.

Hasta ahora, el profesor que pedía un castigo para una infracción debía esperar la reunión y posterior expedición del Consejo, lo que impedía una resolución rápida. En defensa del nuevo sistema, denominado "Convivencia con Límites", Narodowski explicó sus razones y de paso aprovechó para diferenciarse: "Antes (en gestiones anteriores), el propio Ministerio de Educación cuestionaba la capacidad del docente para disciplinar y se subestimaba la sanción. Los profesores vivían quejándose de que desde arriba no se los bancaba. Nosotros vinimos a cambiar eso".

El contrapunto

En la Escuela de Comercio N° 19 de Caballito, donde el mes pasado un alumno de tercer año increpó a su profesora de historia con gestos obscenos durante varios minutos y otro sacudió polvo de tiza sobre la mujer, los chicos fueron expulsados del colegio. No podrán asistir a clase en ninguna escuela durante lo que resta del año ni rendir libres las materias. Narodowski apoyó la medida: "La institución actuó muy bien, la directora tuvo un rol de liderazgo y eso terminó ordenando a los estudiantes. Hay que recuperar la asimetría entre el adulto y el estudiante. Nosotros vamos a apoyar la capacidad del docente para decir no y para sancionar indisciplinas; eso es bueno para la comunidad y para el propio adolescente. Hay que mostrar que no da lo mismo hacer las cosas bien o mal".

A los pocos días, el escándalo llegó desde la Escuela Media N° 8, en Temperley, cuando un alumno colocó un preservativo sobre la cabeza de una docente e intentó quemarle el pelo con un encendedor, ante una llamativa pasividad de la mujer. Tedesco salió a decir públicamente que, por regla general, no estaba de acuerdo con la expulsión. "Nuestra visión es que la escuela debe ser inclusiva. En todo caso, el alumno es una víctima de un sistema que falló -afirmó-. Además, hoy la primaria y la secundaria son obligatorias, por lo que hay que buscar otras estrategias de sanción."

También la solución fue menos drástica que en Capital en el caso de la escuela de Temperley donde la profesora de inglés Sandra Arrigó fue agredida por sus alumnos, quienes después subieron las imágenes a Internet. Allí, el Consejo de Convivencia de la escuela decidió que se cambiara al alumno de colegio. No es una expulsión porque no perderá el año y el Estado se encargará de encontrarle una vacante. Mario Oporto apoyó la medida porque, según dijo a LA NACION, "la retención del chico en la escuela es siempre una obligación del Estado y expulsarlo es condenarlo a la calle". Y agregó: "No quiero minimizar lo ocurrido, pero estas cosas siempre pasaron. Lo novedoso hoy es que sale en Internet. Las nuevas tecnologías amplificaron los casos".

En sintonía con esta manera de leer el problema, Carina Kaplan, reconocida especialista en el tema, investigadora en educación de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y coordinadora del proyecto Las violencias en la escuela media, agrega: "Echar a un alumno es actuar contra el eslabón más débil de la cadena, es como apartar al leproso en lugar de ayudarlo".

Lejos de esa posición más atenta a considerar las circunstancias del alumno, el psicólogo Sergio Sinay, autor de La sociedad de los hijos huérfanos y Elogio de la responsabilidad, denuncia: "Hay una hipocresía total y mucho populismo en los funcionarios públicos sobre este tema. No se trata de retener porque sí al que incumple, sólo para llenar las estadísticas. Se toma al chico con la lógica del clientelismo político. Si no hay consecuencias para el que incumple, vamos a vivir como en el far west ".

Bibiana Romay hoy hace tareas administrativas en una sede de inspectores. Se lo recomendó un psiquiatra, luego de que un alumno de 13 años intentara ahorcarla en el baño de la escuela N° 501 de Carhué. Ocurrió hace dos meses y fue el punto final a una carrera de 12 años frente a una clase. "El chico tenía problemas de conducta. En el colegio pretendían que me incorporara a los tres días. Nadie me apoyó: ni el director de la escuela, ni los inspectores, ni el Ministerio."

Según contó a LA NACION, el alumno no fue aún sancionado (se inició un sumario interno) y la madre del chico se negó a presentarse en la escuela. "Los docentes tenemos que aceptar todo, hacer de asistentes sociales, darles de comer, no damos más", se lamentó.

"La situación es insostenible. No tenemos ninguna contención ni normativa. El docente está definitivamente solo en el aula. La política del Estado es la de la inclusión, que entendemos como un derecho de justicia social, pero a los educadores nos dejaron sin herramientas ni parámetros para avanzar contra las indisciplinas", se quejó la presidenta de la FEB, Mirta Petrocini. Describió un panorama sombrío: "En la profesión hay una situación general de desmotivación por la falta de normativas claras, por problemas de estructuras edilicias, por el desinterés de los padres. Desde décadas anteriores, el docente está descalificado socialmente. Nadie lo respeta".

Entre pares

Esta semana, la noticia de un ámbito escolar agresivo no tuvo que ver con los docentes. Una adolescente de 16 años golpeó a una chica de 13 cuando descendían del colectivo. Fue en una escuela cordobesa de Río Cuarto; otro compañero registró las imágenes con su celular y entonces estalló el escándalo tras el cual la alumna agresora fue expulsada.

Las agresiones entre compañeros, en efecto, empiezan también a marcar una tendencia preocupante, según revelaron dos investigaciones recientes, una de la Universidad Católica Argentina y la otra del Instituto Gino Germani (ver recuadro). La socióloga y coordinadora de la investigación de este último, Ana Lía Kornblit, explicó a LA NACION que "los docentes no saben cómo actuar en estas situaciones". Y precisó: "Por un lado, los maestros no tienen una capacitación específica adecuada para afrontar el nivel de violencia creciente que se vive en el ámbito escolar. Y por otro lado, tampoco cuentan con los recursos que tenían antes, como las amonestaciones o las sanciones, para ordenar y disciplinar". En este sentido, evaluó adecuadas las nuevas medidas dispuestas en el ámbito porteño, en los últimos días.

Observadores y protagonistas intentan explicar cómo y cuándo la escuela empezó a ser caja de resonancia, como dicen, del malestar social: más violencia, desautorización, límites borroneados entre adultos y menores.

Miembro del Programa de Estudios de Juventud de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), Sergio Balardini señala: "Hay una naturalización de la violencia y la agresión en la sociedad que vivimos. Alcanza con ver cómo la ciudadanía resuelve circunstancias en la calle: en los transportes públicos, en las canchas de fútbol. Es un modelo de gritos y amenazas que atraviesa a todos los sectores sociales y baja a las nuevas generaciones. Al mismo tiempo, el rol del adulto tradicional está en crisis. Por ejemplo, ya no existe la figura de un padre dominante y patriarcal. Esto lo valoro como positivo, porque el viejo sistema funcionaba policialmente. El problema es que abandonamos un modelo de familia, pero no fuimos capaces de construir otro donde exista una figura de autoridad jerárquica y, al mismo tiempo, democrática".

Para Sinay, se trata de un "problema grave y serio", porque "los padres abdicaron de sus funciones y no ponen límites; temen que sus hijos no los vayan a querer".

Aunque su posición es la de quien le quita dramatismo al problema ("No tenemos un sistema educativo incendiado. La mayoría de las escuelas funcionan bien", dijo), el ministro Tedesco admite dificultades: "La escuela ya no cuenta con el antiguo pacto entre el docente y la familia, entre otras cosas, porque las mamás se incorporaron al mercado laboral y los chicos, en general, se crían en ausencia de adultos".

Trofeos en la red

En esta dificultad de padres y docentes para ejercer la autoridad, en este temor a que en el ejercicio de la autoridad aparezca el fantasma del autoritarismo, dicen los especialistas, la historia política reciente de nuestro país también tiene influencia. "Estamos en un estado de confusión, donde nuestra sociedad pasó de una cultura represiva, heredada del proceso militar, a una etapa en donde pareciera que no hay límites. El estudiante vive y actúa en este contexto. Pero aun así, en la Argentina la escuela es todavía un espacio confiable."

El año pasado, un resonante caso conmovió a Italia, cuando alumnos de un instituto de secundaria manosearon a una profesora mientras estaba dando clases y luego colgaron las imágenes, tomadas con un celular, en Internet. Los chicos la manoseaban y ella seguía hablando como si no advirtiera la situación. También España se vio sacudida por escenas de violencia escolar, filmadas por un grupo de compañeros mientras burlaban y agredían a otro, que fueron expandidas después por Internet y así llegaron a los medios. Igual que en nuestro país, los adolescentes llevan a las aulas los celulares, atentos a qué pueden grabar, y suben a la Red sus provocadores trofeos.

Si el ministro Oporto acierta en su diagnóstico cuando sugiere que no hay nada nuevo bajo el sol y que el problema está magnificado por el efecto expansivo de Internet, habrá que tomar nota. Pero la reiteración de hechos de llamativa violencia en los últimos tiempos -en un país en el que la masacre de Carmen de Patagones fue posible- parece mostrar otra cosa. Son muchos los padres, autoridades y maestros que confiesan su preocupación, la preocupación de no encontrar aún una respuesta a esta forma extrema de transgresión adolescente.

Miedo a los compañeros

La violencia entre compañeros y no sólo de alumnos contra los docentes es algo que denuncian también investigaciones recientes realizadas por distintas instituciones. Según una encuesta llevada a cabo por el Observatorio de la Convivencia Escolar creado en la Universidad Católica Argentina (UCA), uno de cada cuatro alumnos le tiene miedo a alguno de sus compañeros. La encuesta se realizó a 6000 alumnos, de 10 a 18 años, en siete provincias. De la muestra se desprende que el 62% de los chicos admite que maltrata "ocasionalmente" a otro en el colegio y otro 6% declara hacerlo "habitualmente". Las agresiones verbales son la principal modalidad de maltrato escolar, según el 91% de los estudiantes. Otros signos frecuentes de hostigamiento son el robo de elementos (57%) y la agresión física (43%).

Un trabajo del Instituto Gino Germani de la UBA, en el que se consultó a 4971 alumnos de entre 15 y 19 años de escuelas públicas ubicadas en 21 provincias del país, revela que el 52% de los chicos reconoce haber hostigado a sus compañeros y el 17% admite haber cometido violencia propiamente dicha. Otro resultado sorprendente fue que sólo el 23 por ciento de los consultados dijo que los docentes intervenían en estas situaciones.

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