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Un país rebelde y en estado de asamblea

LA NACION
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Joaquín Morales Solá
Domingo 17 de agosto de 2008

Una Argentina en estado de asamblea parece suceder al recio orden político impuesto por el kirchnerismo durante cinco años. El peronismo discute todo, y esa discusión se está trasladando, casi dramáticamente, al Congreso. Los empresarios se envalentonan con la inflación y los gremios se dividen en más de dos partes. En Wall Street hablan prematuramente de un nuevo default argentino, pero esas versiones influyen en las escasas inversiones argentinas. Un gabinete parece más muerto que vivo mientras el poder no ha decidido, todavía, cómo será el sistema de toma de decisiones mientras la última palabra sigue estando en Olivos y no en la Casa Rosada.

El peronismo no apoyaría hoy a los Kirchner en elecciones nacionales. Eso está claro . La profecía corresponde a un alto funcionario nacional. El partido oficial se convirtió otra vez en una federación de liderazgos comarcales tras un rápido abandono implícito de la jefatura nacional de Néstor Kirchner. A Agustín Rossi, jefe del bloque de diputados oficialistas, le tocó la peor suerte: dar vida a proyectos del Gobierno en un mar de indisciplinas internas. El Gobierno comienza a resignarse: el rechazo parlamentario de la resolución sobre las retenciones fue sólo el primer gesto de independencia política del Congreso.

El proyecto para aprobar la compra de Aerolíneas Argentinas por el Estado no saldrá, al menos, tal como llegó al Parlamento. Es probable que el propio bloque oficialista suprima la promesa del Gobierno de una futura reprivatización de la empresa. Otra facultad que podría ser modificada es el sistema de valuación de la empresa, que ya fue estipulado en el acuerdo entre el Estado y la compañía.

Un problema frecuente consiste en que las cosas se hacen mal. El Gobierno envió al Congreso un amable acuerdo de venta entre el Estado y una empresa, pero lo acompañó con fundamentos dignos de una nacionalización precedida de una expropiación. Dijo, en síntesis, que la empresa no vale nada y que fue peligrosamente endeudada por la gestión privada. ¿Para qué vamos a comprar algo que no sirve? , sintetizan en el bloque oficialista. Un zafarrancho contradictorio es el resultado de los dos documentos. Ahora, hasta el macrista Federico Pinedo lo corre por izquierda al Gobierno.

El caso Aerolíneas Argentinas es simbólico del estado de asamblea y rebeldía del peronismo. ¿Sólo del peronismo? No. Empresarios que fueron dóciles compiten por enrostrarle al kirchnerismo que la inflación anual está superando el 25 por ciento. Esas confesiones son públicas y también reservadas, pero una sola conclusión resultaría irrefutable: nunca ningún dirigente empresario habría dicho eso si antes no hubiera ocurrido la debilidad del Gobierno.

El propio Hugo Moyano debe lidiar no sólo con el cisma que le propinó Luís Barrionuevo a la central obrera. Dentro de los propios aliados de Moyano, especialmente los llamados "Gordos", hay disidencias sobre cómo debería ser la relación con el Gobierno. La inflación y los zigzagueos de un gobierno que perdió la brújula han incidido en esas embrionarias discordias sindicales. La percepción gremial sobre el estado del poder es infalible.

El Gobierno está en un callejón sin salida según el código político de los Kirchner. Nunca dan marcha atrás. Los desplantes y la mala educación de Guillermo Moreno ya echaron a dos ministros de Economía, Miguel Peirano y Martín Lousteau, y están cansando al tercero, Carlos Fernández, consciente él mismo de que su gestión ya no tiene sentido. Fernández ha dejado de hablar hasta en las reuniones de funcionarios en la hermética cima política. Sabe que cualquier cosa que diga en esos recintos de aislamientos y espejismos no coincidirá con sus ideas.

Moreno, entre tanto, se mueve entre el misticismo religioso y el mesianismo político para convencerse de que él encarna la salvación peronista de la Argentina. Néstor Kirchner es el santón de su rara teología. Tres funcionarios lo han enfrentado a Moreno, sin suerte hasta ahora. Lousteau lo despachó con un no te voy a firmar nada cuando le llevó una resolución de odio hacia los ganaderos. Alberto Fernández reclamó su salida del Gobierno, pero se terminó yendo él y no Moreno. Martín Redrado, presidente del Banco Central, escuchó con paciencia una lección de Moreno sobre cómo debía bajar las tasas de interés con métodos cuarteleros. Lo oyó y después lo frenó: Primero habrá que nacionalizar la banca .

Quizá los analistas de Wall Street son precipitados. No hay posibilidad de default a la vista, pero es cierto que el país tiene compromisos serios de pagos de la deuda pública en los próximos dos años. Por ejemplo, el Gobierno deberá buscar fuentes de financiación para el próximo año por un monto de unos 6000 millones de dólares. Los problemas son manejables, siempre que se los maneje , ha dicho un ministro con acceso a los números de la economía.

Otro jefe de Gabinete, Sergio Massa, debió ocupar las funciones de ministro de Economía. En una reunión con Carlos Fernández y con Julio De Vido les reclamó planes para tres cosas: un programa de financiamiento para 2009, un proyecto para la deuda en default con el Club de París y un cronograma serio de reducción del gasto público. Hay que alejar el fantasma de otro default.

El default con el Club de París condena al país, es cierto, a la carencia de crédito externo y al aislamiento político. Massa tendrá un problema con las ideas de la Presidenta: No le pagaremos un dólar al Club de París en los próximos diez años , le dijo Cristina Kirchner a Nicolas Sarkozy en una de sus reuniones en Francia. Sarkozy calló, como callan los presidentes elegantes cuando son anfitriones.

La reducción del gasto público plantea la necesidad del sinceramiento de las tarifas de servicios públicos, para ahorrar en subsidios, y una revisión de las formas poco transparentes de la inversión. Personas allegadas al Gobierno recibieron en días recientes denuncias orales de empresarios sobre prácticas corruptas en la adjudicación de obras públicas. Hagan las denuncias o denme los nombres , los espoleó el funcionario. No podemos hacer eso , le contestaron los empresarios como respetando la ley de la omertá .

El Gobierno se empalaga en estas horas pensando en un cambio en la conducción del Indec; colocaría al frente del organismo a una persona prestigiosa para que todo siga igual. No sólo Moreno estaría sobrando en el Gobierno si éste quisiera reconstruir su credibilidad social. El equipo económico en pleno, incluido De Vido, requiere de una oportuna sepultura. La Argentina soporta en estos momentos una mezcla de desprestigio y preocupación internacionales, que comparten gran parte de los empresarios nacionales y extranjeros. En Washington hay preocupación , aceptaron, lacónicas, fuentes confiables desde la capital norteamericana.

¿Un equipo económico nuevo? A estas alturas, ningún candidato aceptaría la cartera de Economía sin un plan económico propio y sin un equipo igualmente propio. La necesidad del cambio brinca de despacho en despacho en la cresta del Gobierno. Pero rebota, porfiada, en la pared del matrimonio presidencial. El único sistema de toma de decisiones conocido requiere de Néstor Kirchner, pero sobre todo de su personal conocimiento y confianza de los miembros de un gabinete que no ya es el de él. Otro sistema irremediablemente agotado no reconoce su finitud.

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