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En pie de guerra: argentinos en el ejército israelí

Son apenas un puñado, pero sus vivencias representan las de muchos que, desde nuestro país, llegaron a Israel y debieron enrolarse en las fuerzas armadas, donde se enfrentaron a situaciones límite. Testimonios de jóvenes que aprendieron a convivir diariamente con el dolor

Domingo 24 de agosto de 2008

Gaby agarra la foto de sí mismo, aunque no cree que ése pueda ser él mismo; el mismo que poco tiempo antes se rompía las cuerdas vocales en la popular de River, o aquel flaco alto, tatuado, que se limpiaba los labios de cerveza cuando la Quilmes rubia, bien fresca, le llegaba en la rondita con los amigos de Villa Crespo. Al fin, Gaby se reconoce a sí mismo con una mirada perforante. Viste en la imagen el uniforme de combatiente del ejército de Israel. Con la mano izquierda aguanta los tres kilos de un rifle M-16: es la instantánea que configura el mosaico cotidiano en las calles de Tel Aviv, Jerusalén o Haifa. Posa como un hombre de guerra, un Rambo argento en Medio Oriente. De pronto, sin pensarlo, se dice a sí mismo en voz alta: "Yo era una máquina de matar".

Este diseñador informático de 29 años prestó su pellejo y su alma al Tzahal, las fuerzas de defensa israelíes (Tzavá Haganá Le Israel, el nombre por extenso, en hebreo) durante dos años. Se fue a vivir a un kibutz (comunidad agraria socialista) en marzo de 2001 y, como la ley del Estado judío manda, tuvo que enrolarse a las fuerzas armadas al poco tiempo de arribar. Era el inicio de la segunda Intifada, el levantamiento popular palestino. Su metro noventa, su impecable estado atlético y su inagotable energía lo condujeron a las tropas de elite del cuerpo de infantería. El puso pecho, se calzó las botas y marchó firme al frente: incursionó en los territorios palestinos en Gaza y Cisjordania, y hasta enfrentó a los tiros a terroristas de la Jihad Islámica y las milicias de Hamas. La muerte le pasó a centímetros.

¿Quién carajo me mandó a meterme ahí?, vuelve a preguntarse en el sofá de un departamento en Villa Crespo, durante una reciente visita familiar al país.

Una foto de Magalí Saad. en traje de fajina, junto a sus compañeros
Una foto de Magalí Saad. en traje de fajina, junto a sus compañeros.

Por fortuna, Gaby no padeció shocks postraumáticos ni tuvo ningún tipo de secuelas físicas ni psicológicas. Y eso que, en Israel, abundan las historias de instituciones psiquiátricas posejército. Muchos jóvenes, en la edad de las borracheras y el sexo apurado, tuvieron que apretar varias veces el gatillo con un ser humano en la mira. Por eso, es de esperar que al hablar de su paso por la Tzavá, a Gaby se le hiera su fibra más fina. No responde si tuvo que disparar a un palestino y pide, por favor, que no se publique su nombre completo. Tampoco quiere dar los pormenores del escuadrón al que perteneció y se niega tajantemente a que su rostro salga impreso. El álbum de fotos se cierra y ya no se volverá a abrir.

De los 80 mil argentinos que viven en Israel, la mayor parte de los varones tuvieron que hacer la Tzavá desde los años 70, cuando comenzó el mayor flujo migratorio de nuestro país hacia las tierras israelíes, con mucho desierto y rodeadas de pueblos árabes. Muchos de ellos atravesaron un trance semejante, o mayor que el de Gaby, en guerras como las de Iom Kipur (1973) y las de Líbano (1982 y 2006), así como en el frente palestino (primera Intifada, entre 1987 y 1993, y la segunda, desde 2000). Claro que en las fuerzas armadas israelíes no todos acaban siendo soldados combatientes (krabiim), sino que la gran mayoría desarrolla tareas logísticas o administrativas, como las mujeres. Para algunos que no dan un buen perfil físico, su trabajo durante el servicio no es más que pintar piedras en los caminos. Pero a todos, eso sí, les garantizan entre uno y tres años (ver aparte) de maratones en plena madrugada invernal en la montaña.

"¿Si tuve miedo de morir? No. Casi siempre estuve bien acompañado, con un equipo que me protegía, muy bien entrenado. Yo participé de muchas detenciones a domicilio en hogares palestinos por las noches. Cuando se trataba de terrorista de medio o alto rango, el comando iba más armado y los riesgos sí que eran superiores", cuenta Gaby, más distendido, pero siempre cuidando los pormenores del relato. Si bien no firmó ninguna cláusula de confidencialidad en el Tzahal, sabe muy bien que la información militar es secreto de Estado en Israel.

No quiere hablar mucho más de la cuestión; sólo agregará unas pocas palabras: "En los shtajim (territorios palestinos) tenés otro chip en la cabeza. No te parás a pensar, no tenés conciencia de lo que estás haciendo. Acatás órdenes y punto. Sos una máquina".

Un amigo de Gaby también se sienta a contar sus anécdotas con la condición de que su nombre tampoco trascienda. Sus padres se exiliaron en Israel en 1976, por la dictadura militar. El nació dos años después en Ashkelon, a 60 kilómetros de Gaza. De chiquito volvió a la Argentina y de adolescente, en 1999, hizo aliyá (volvió a su tierra) con un grupo de jóvenes sionistas. Le tocaron dos años de servicio y recaló, a pedido, en Shirion (división de tanques) porque ahí tenía otros amigos argentinos. El se tomó la experiencia de otra forma. "Yo lo vivía como si fuera una película. En el combate es pura adrenalina. Hay como una fantasía de ficción: estás vestido de verde, tenés un arma, te subís a un tanque... ¿¡Cuándo en tu vida te subís a un tanque!? Es raro, porque uno en la Argentina asocia el ejército con la represión."

El relata con detalle sus recuerdos más intensos. Por ejemplo, cuando en una incursión nocturna en Kalkilya (Cisjordania), su ametralladora 05 y tres automáticos Mags 3 de su tanque mataron a un líder de un grupo integrista palestino. "Fue un shock; era un silencio espantoso al volver con el grupo. Pero teníamos que hacerlo. Me sentí muy mal. Dispararle a alguien es te-rri-ble. Yo solo nunca pude hacerlo -confiesa-. Yo era un inconsciente, tomé riesgos, pero nunca tuve miedo real de morir. Eso sí, la Tzavá me cambió la vida."

Otro recuerdo suyo de máxima tensión ocurrió en una base lindera con Gaza. Un hombre cruzó la cerca y comenzó a acercarse a él. Fue cuando tuvo que aplicar el protocolo. "Le advertí varias veces que detuviera la marcha, disparé al cielo... Y el tipo seguía. Me quería morir. Estaba autorizado a dispararle a los pies, porque podía tratarse de un terrorista, pero no pude y le hice una toma de karate para dominarlo", cuenta. Al final, todo fue un malentendido: ese palestino estaba autorizado para circular por ahí, pero en la base no lo sabían.

Sociedad en guerra

Hasta finales de los 90, el apoyo de la sociedad israelí a la Tzavá fue vital para la supervivencia del Estado. Se la solía idealizar en los colegios y el pueblo la consideraba un paso obligado a la adultez. "Se hacen hombres en la Tzavá", era el dicho popular. Es más, los que no prestaban servicio tenían graves dificultades para introducirse en el mercado laboral. En los últimos años, cambió mucho. Surgieron asociaciones pacifistas con ex combatientes de alto rango y un creciente número de israelíes que se opone a vivir en "paz" por la vía armada, sometiendo a la población palestina.

El famoso cantante Aviv Geffen fue el vanguardista: en 1990 se rehusó a enrolarse en la Tzahal. Adujo deficiencias físicas, pero tiempo después reconoció que lo había hecho a conciencia. Con su base en Londres, comenzó a dar vida a canciones de protesta por el belicismo. El rechazo del guitarrista más popular de la juventud israelí en los 90 fue una verdadera revolución mediática y colocó en la mesa de debate público un tema tabú hasta entonces.

Hoy, el 35% de los jóvenes israelíes no va al ejército. La mayor parte de ese grupo son los hijos de la clase media y alta ashkenazi (de descendencia franco-germana, polaca y rusa), el sector gobernante. El grueso de las filas está integrado por los inmigrantes, los sefardíes (de origen norafricano y mesopotámico) de clase baja y los ortodoxos sionistas. Los judíos religiosos están exentos por ley del servicio militar. Las minorías árabes, con excepción de los drusos, también.

Después de la guerra del Líbano, en agosto de 2006, el descrédito del Tzahal alcanzó sus máximos históricos. Los desertores van en aumento y los reclutas que mienten en los exámenes de aptitud, para no ser enviados a patrullar los territorios palestinos o las fronteras, son mayoría. Es natural: cada soldado israelí que muere con las botas puestas es un auténtico drama nacional, como quedó demostrado cuando Hezbollah devolvió hace dos meses los cajones negros con los cadáveres de Ehud Goldwasser y Eldad Regev, a quienes la guerrilla libanesa había secuestrado en esa maldecida guerra. Las familias de los ex combatientes tenían antecedentes para esperar lo peor: 18 de los 20 soldados jaialim capturados por grupos libaneses, sirios o palestinos en los últimos 26 años terminaron con funerales de Estado. Esto, si es que son devueltos. Porque de Ron Arad, el piloto que Siria tomó como prisionero en 1986, nada se supo (sus restos siempre fueron una carta de negociación para los sirios); y el soldado Guilad Shalit, de 19 años, lleva dos años de golpes y torturas por parte de guerrilleros de Hamas.

Del otro lado de los enrejados y del muro, los kamikazes o los muertos en combate contra Israel son mártires. Se ganaron un pasaje en primera para acompañar a Mahoma en el Edén.

Magalí Saad, platense de 29 años, vivió hace diez años cómo los israelíes padecen la Tzavá noche tras noche. Ella hizo un año y ocho meses de servicio allí: "En honor a mi viejo; el se había muerto y quería que dejara de ser una pendeja rebelde", recuerda un tanto emocionada. Maga vivía con su familia en Israel por segunda vez. "Para los israelíes es un shock. Durante la primera semana, las chicas recibían órdenes llorando. No dormían: lloraban. Yo estaba más entera. No estaba obligada por ley, como ellas."

Maga la pasó bien, y dice que vio "el mundo, la realidad. Ahora valoro la vida". Lo que no implicó que también tuviera momentos complicados. Cada semana tenía que entrar a Cisjordania en micro, hasta una comisaría en la ciudad de Kalkilyia, donde operaba una oficina de repuestos para maquinaria militar. Aunque lo peor vino por parte de Nizim, un amigo etíope que falleció durante un tiroteo con unos palestinos cerca del destacamento. Los palestinos balearon el coche y Nizim cayó a un precipicio. Otro trance vino por su primo Gabriel. Durante una operación, él vio a dos metros de distancia cómo su amigo de toda la vida, su hermano, también argentino, volaba por el aire al pisar una mina en el sur del Líbano. Fue en 1998. El familiar de Maga intentó suicidarse tres veces, y durante seis años calló su trauma. La única respuesta para continuar su vida la encontró en una academia judía ortodoxa en Nueva York.

"Ni los más entrenados están psicológicamente preparados para enfrentar la muerte ¡Son pibes de 18 o 19 años!", insiste Maga. Su vida cambió radicalmente desde entonces: ahora disfruta en La Plata de sus dos hijos, Shai y Sharon -nombres típicos israelíes- y de su marido, Bili Bon, un exitoso comerciante textil.

El chaqueño Pablo Strugo (26) vive desde 2002 en Kfar Saba, una especie de colonia de argentinos (al igual que Ra’anana), a hora y media de Tel Aviv. Su motivo de aliyá fue la Tzavá. Una rareza. Ya desde chico, su curiosidad por los uniformes y las armas se despertó a partir de las inocentes simulaciones de miljamot (guerras) durante los campamentos de verano del movimiento argentino Habonim-Dror. A él, la experiencia le salió bastante redonda: "Me trataron de maravilla en el ejército; nunca tuve problemas. Hasta me pagaron el pasaje para que pudiera ver a mi familia", comenta por chat desde su casa.

"Cuando estás en un momento difícil pensás en tu familia. Yo pensaba en mis dos hermanos", dice Pablo, oriundo de su añorada Resistencia. Es menudo, veloz, y también lo subieron a un tanque. Durante el plan de desanexión de Gaza, en el verano israelí de 2005, este fana millonario tuvo que custodiar a los soldados que ingresaban en los hogares de ortodoxos judíos rebeldes en busca de armas u otros objetos sospechosos, como bombas caseras. "Imaginate lo jodido que era entrar por la fuerza en las casas de judíos como si se tratase de terroristas."

Su vínculo con el ejército continúa. Este año fue llamado en reiteradas ocasiones para que se alistara en la reserva. El, encantado. De hecho, después de la Tzavá trabaja como agente privado de seguridad.

"¿Si estuve en Gaza? Todos los días", dice tan pancho Javier Tenembaum (32), en una casa que un amigo le prestó en Caballito para relajarse unos días. Javo entró a Gaza cada mañana, desde octubre de 1997 hasta junio de 2000, como transportista de alimentos para los soldados que custodiaban las colonias hebreas en la Franja, hoy territorio soberano de los islamitas de Hamas. "Atravesábamos campos de palestinos y, a veces, te tiraban piedras al camión." Claro, él no fue combatiente y está más que agradecido a su pie plano. Sobre todo, porque estaba y sigue estando radicalmente en contra del ejército y la vía militar para la solución del conflicto.

"Me parecía una locura tener que llegar entre campos de palestinos, por dos familias israelíes que no se querían mover de ahí. Era un despilfarro de plata, de gente... Se ponía en riesgo la vida de muchas personas", expresa Javier. Y larga todo. Según cuenta, en la Tzavá le quisieron arruinar unas vacaciones en la Argentina. A raíz de eso, explica -en sintonía con Maga- que "había gente que estaba muy triste. Más que nada, por lo que les tocaba soportar en la rutina del ejército, más allá del riesgo y el miedo a los palestinos". Acto seguido lamenta cuando trabajó con chicos palestinos en el sur de Israel, aún vestido de verde: "Si se utilizaran todos esos recursos para ese tipo de actividades...".

Javo expresa muy bien aquello en lo que todos coinciden: los argentinos tienen un trato cariñoso y privilegiado en el ejército. "Ocurre que los rusos vinieron en masa y los israelíes no los aguantan. El choque cultural es grande y sienten que les hacen competencia. A nosotros, en cambio, nos conocen por las novelas, por los futbolistas. Los argentinos somos los olim (inmigrantes) buenos", explica.

El 8 de mayo, Israel, la única democracia moderna estable de la región, cumplió 60 años. Hubo fuegos artificiales, pero el gobierno del agonizante Ehud Olmert no se olvidó de los 22.437 soldados y los 1634 civiles israelíes que fallecieron por los sucesivos conflictos y piguim, los atentados terroristas, desde 1860. Entre esas cifras, tan frías como dolorosas, se encuentran los nombres y los apellidos -la vida- de decenas de argentinos.

Por Diego Gueler

revista@lanacion.com.ar

El protocolo de la Tzavá

Los nacidos en Israel deben prestar tres años de servicio (de los 18 a los 21) y ellas, dos. Para los inmigrantes, el tiempo varía de acuerdo con la edad de arribo. Si es anterior a los 18, hay igual trato que para los nativos, pero si es posterior se va reduciendo conforme llegue con mayor edad. Los mayores de 20 hacen entre uno y dos años y medio, pero pueden pedir prórroga por estudios o por matrimonio. Las mujeres que llegan a Israel con más de 20 años están exentas. Y las casadas también. A los seis meses de hacer aliyá, reciben una carta con el tzvat rishon (primer llamado), que indica en cuál lishkat hagiyus (oficina de enrolamiento) deben presentarse. Luego se les efectúan el perfil físico y el examen de aptitudes mentales. En el primero, el máximo es 97. Ellas pierden esos tres puntos que faltan para llegar a 100 por la menstruación y ellos, por la circuncisión. Una vez adentro, hacen el curso de aprendizaje sobre el uso de armas, balística y disciplina. Y a los tres meses, al frente. Después del servicio, todo israelí deberá sacrificar algunos días al año como reservista (miluim), mientras su cuerpo se lo permita.

Sus visiones del conflicto

Gaby

"No hay mucha diferencia entre los niños palestinos que consumen los programas de TV de Hamas y los israelíes, que a los 15 años van a la gadná (anticipo del ejército). Algunos de los chicos ya disparan a un objetivo con una ametralladora M-16 al grito de «hay que matar a los palestinos»."

Amigo de Gaby

"La mayoría de los palestinos son tranquilos. Los tipos están laburando, llevan la mercadería de acá para allá. Claro, ocurre que hay algunos que están podridos y hacen lo que todos sabemos."

Magalí Saad

"No odio a los árabes. Se puede perfectamente convivir con ellos. Yo tuve amigos árabes drusos. Pero siempre hubo quilombo y lo va haber."

Pablo Strugo

"Israel no es un país con ejército; es un ejército con un país. No es ningún santo. Me duele muchísimo, pero muchísimo, cuando escucho que mueren palestinos en las noticias."

Javier Tenembaum

"Todo lo que vemos en la tele, de negociaciones, es ficción. No lleva a ningún lado. No creo que haya una solución real posible. Si los palestinos dejaran de ser un problema, los israelíes empezarían a pelearse entre ellos: religiosos contra laicos, rusos contra no rusos. Todos tienen armas y a veces se ponen a discutir a los tiros en la calle."

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