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Mejores amigas

Por Mori Ponsowy Para LA NACION

Miércoles 20 de agosto de 2008
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MI mejor amiga y yo no nos parecemos en casi nada. Ella es alta, segura y extrovertida; yo soy tímida y bajita. A ella le gusta cocinar y es maniática del orden; yo como cualquier cosa y nunca encuentro lo que busco. Ella prefiere ir de viaje a lugares inhóspitos y remotos; a mí me encantan las ciudades grandes con museos, teatros y mucha historia.

Hace años, cuando decidimos trabajar juntas, sabíamos que no siempre íbamos a estar de acuerdo, pero nos pareció que esas diferencias enriquecerían nuestro trabajo. Y así fue. Hasta que las retenciones entraron en el panorama.

Dije "amiga", pero la palabra no alcanza. Fuimos al colegio juntas desde sexto grado; cada una fue testigo de la boda de la otra; entre las dos sufrimos nuestros sucesivos divorcios; entre las dos nos ayudamos cuando quedamos solas con nuestros hijos.

Nunca pensamos que nuestra amistad sería puesta en jaque por algo así. Antes, juntarnos a trabajar era divertido: cada una decía todo lo que se le ocurría y las horas se pasaban volando. Ahora nos alegramos si, por alguna razón, la otra no puede venir, y cuando estamos juntas ya no sabemos de qué hablar. El tema del que habla todo el país entre nosotras se ha convertido en un tabú: si llegamos a mencionarlo es seguro que una de las dos sale dando un portazo.

¿Es posible que una diferencia de opinión acabe con algo que parecía tan sólido? Durante estos meses, a veces nos ha parecido que sí. ¿Cómo van a seguir juntas, compartiendo ocho horas diarias, dos personas con creencias opuestas? Imposible.

Si de pronto ella o yo descubriéramos que la otra es, digamos, traficante de drogas o militante neonazi, resultaría evidente que habría llegado la hora de separar caminos, y que cada una encarara la vida sin la otra.

Mi hermano, que es psicólogo, el otro día me llamó por teléfono y me preguntó qué me pasaba. Se dio cuenta por mi voz de que algo no andaba bien.

–Tuve una discusión horrible con Ana –le dije.

–¿Por las retenciones? –preguntó él.

–¿Cómo adivinaste?

–Fácil –dijo–. A todos mis pacientes les pasa lo mismo.

Mal de muchos, consuelo de tontos: al principio me alegró saber que no éramos las únicas que veíamos un vínculo afectivo herido por diferencias políticas; pero después me pregunté qué tan difícil sería unir a todo un país tras un proyecto, qué tan difícil que toda una sociedad trabajara junta en pos de un destino luminoso, si a nosotras, que somos sólo dos y que nos queremos tanto, nos está costando un esfuerzo inesperado.

No estoy segura de cómo se sale de atolladeros como éste, pero me parece que una posible salida tiene que ver con intentar comprender la posición del otro, en lugar de encerrarse en la trinchera propia. Las opiniones que cada quien tiene acerca del mundo no tienen la objetividad de las matemáticas, sino que dependen de la biografía de cada quien, de los libros que ha leído, de la familia y el entorno en el que creció.

Pensar de esta manera no sólo permite apreciar desde otra óptica posturas distintas de las propias, sino que, si somos intelectualmente honestos, también obliga a considerar la posibilidad de que, por fuertes que sean nuestras convicciones, tal vez seamos nosotros los equivocados.

Uno de los rasgos que Ana y yo compartimos es que somos apasionadas. Pero eso, que nos ha resultado muy beneficioso para nuestro trabajo, a veces se convierte en algo bastante nefasto, pues la pasión puede conducir con facilidad a la intransigencia y a la sordera: cuanto más apasionadamente crea alguien en una idea, más ardor pondrá al defenderla, y menos dispuesto estará a escuchar con paciencia y ecuanimidad visiones opuestas a las suyas. La misma pasión que nos impulsa a crear, amar, investigar y trabajar también puede llevarnos a la intolerancia.

Mi amiga y yo no somos un caso raro. La Argentina es un país de apasionados. Tal vez ésa sea una de las razones por las que nos resulta tan fácil caer en la intransigencia. No es gratuito que, en el resto del mundo, tengamos fama de soberbios: estamos convencidos de que siempre tenemos la razón, y no se nos ocurre, ni por un momento, que no hay ninguna ley natural que nos impida equivocarnos. Parecemos olvidar que, aunque seamos argentinos, también somos humanos.

Claro que no es fácil convivir con la duda, sobre todo, si la dirigimos hacia nosotros mismos. Es mucho más cómodo instalarse en el sillón de la prepotencia y negar rotundamente toda posibilidad de error. Pero ¿acaso no se han equivocado una y mil veces hasta las teorías científicas? ¿Acaso los economistas no viven discutiendo y desdiciéndose? ¿Acaso muchos de nosotros no nos hemos arrepentido, años después, de haber votado por los candidatos por los que votamos con tanta seguridad y entusiasmo?

El sistema cósmico de Tolomeo fue reemplazado por el de Copérnico, que, a su vez, fue superado por el de Newton. ¿Por qué entonces estamos siempre tan seguros de que es el otro quien se equivoca y no nosotros?

Escuchar opiniones divergentes, con la intención de entenderlas y de revisar las propias, es un ejercicio que supone sacudirnos de ideas preconcebidas y volver a pensar los mismos temas desde otra óptica. Tarea difícil y enriquecedora al mismo tiempo, que abre campo a la diferencia y a la tolerancia, dos principios básicos de la democracia.

Pero ¿qué pasa si después de haber escuchado con atención y buena fe, cada quien sigue convencido de su postura? Me parece que lo más importante, en este caso, es comprobar si se comparten los fines últimos, y estar seguro de la integridad moral del otro. Más allá de mi opinión sobre las retenciones, yo no pondría las manos al fuego por la integridad moral de ninguno de los actores del drama político que ha vivido el país en estos meses: la trama real detrás del poder es tan compleja que no tengo modo de conocerla. En cambio, sí las pondría por la integridad de mi mejor amiga, y quiero pensar que ella las pondría por mí.

Todavía no sé si sabremos salvarnos de esta tormenta, pero creo que, para hacerlo, será importante reconocer que nuestras diferencias no son de fondo, de principios, ni morales, sino circunstanciales. Darnos cuenta de que, llegada una situación extrema, ambas estaríamos del mismo lado. El lado que acepta y aplaude las diferencias. El lado que defiende con pasión el derecho a disentir.

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