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Cuando se imponen los sueños

La relación entre Rubén Stella e Ignacio Toselli, lo mejor de la obra de Ismael Hase

Sábado 23 de agosto de 2008
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Bailarín compadrito. Autor y director: Ismael Hase. Intérpretes: Rubén Stella, Ana Acosta, Aldo Pastur, Victoria Carreras e Ignacio Toselli. Escenografía y vestuario: María Oswald. Diseño de luces e iluminación: Fermín González. Sonido: Carlos Schult. Maquinista: Rodolfo Gómez. Coreografía: Diana Roffe. Producción: Miguel Spera. Asistente de dirección: Federico Lama. En la sala Carlos Carella (Bartolomé Mitre 970). Viernes y sábados, a las 21.30. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: buena

Aníbal es propietario de una ferretería y un buen día reconoce que ese trabajo que viene desarrollando, año tras año, ha limitado sus sueños. Es cierto que el negocio le ha posibilitado sostener a su familia y, también, apropiarse de una pequeña profesión. Pero esa rutinaria capacidad de existir para dar al otro ya no lo satisface. Vende el fondo de comercio y empieza a dedicarse a dar clases de tango.

El mundo familiar se cae y comienzan a aparecer duros cuestionamientos, sobre todo de su esposa, Violeta. Su hijo, en cambio, descubre que esa decisión de su padre lo convierte en un aliado, quizá por primera vez en mucho tiempo. Y el planteo de esa relación es quizás uno de los valores más destacados de esta pieza de Hase.

Victoria Carreras, como la alumna, y Rubén Stella, como el maestro de tango y ex ferretero
Victoria Carreras, como la alumna, y Rubén Stella, como el maestro de tango y ex ferretero.

Un texto con cierto germen de grotesco, pero que termina escapando de allí. Porque la caída de la máscara (la del ferretero) no es dolorosa; porque la nueva generación (el hijo) exalta, acompaña y hasta trabaja para que el cambio no sea traumático.

Bailarín compadrito es una pieza pequeña en su estructura, pero de protagonistas fuertes que, en pocas palabras, definen unas historias sensibles que el público reconocerá de inmediato porque están muy próximas a cada uno.

Desde la dirección, Ismael Hase reconstruye en el espacio, con buenos logros, cada una de sus criaturas y encuentra en los intérpretes a recreadores muy dispuestos a ponerles el alma a esos personajes.

Rubén Stella tiene el doble camino de sostener su decisión e ir equilibrando fuerzas con quienes lo acompañan y quienes lo detractan. Su Aníbal es seguro, intenso y juega con una creciente emotividad en las escenas con su alumna y con su hijo.

Victoria Carreras (la alumna) y Ana Acosta (la esposa) se lucen también mostrando perfiles muy opuestos. La primera dueña de una ingenuidad que irá desapareciendo a medida que su personaje progresa y logra sus objetivos; y, la segunda, dueña de una fortaleza que la obliga a reconocer que la decisión de su esposo también hace tambalear lo que ha conseguido hasta ese presente. Aunque con personajes más pequeños, también se destacan Ignacio Toselli (el hijo) y Aldo Pastur (un tío decidido a sostener los bienes de su hermana en crisis). Es muy íntima y delicada la relación que Toselli construye junto a Stella y, por eso, muy definitoria a la hora de comprender el drama.

La escenografía de María Oswald compone un espacio de buena factura y hace de ese subsuelo un ámbito de discusión en el que la claridad es preponderante.

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