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"En esta casa siempre hay plata para libros"

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LA NACION
Viernes 29 de agosto de 2008
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Cuando mis padres lograron comprar su primera casa, el mensaje desde la comandancia general, es decir, mi madre, fue claro: "De ahora en más, no habrá dinero para lujos durante un tiempo bastante largo. Hay que pagar la casa". Hoy no puedo estar más agradecido con ese estilo acre, realista y transparente de manejar las finanzas familiares que tenía mi madre. Aunque fuéramos pequeños, nos informaba cómo y por qué la situación económica de ese año nos afectaba a todos en general y a mí y a mi hermano en particular, y qué decisiones se habían tomado en las altas esferas para capear el temporal o disfrutar de las ganancias.

También aprendí, sin sermones, que el dinero es sólo dinero, una parte en una ecuación. La otra es que el dinero no crece en los árboles, ganárselo cuesta bastante esfuerzo, y muchas veces no es el número en el billete lo que consigna su verdadero valor, sino lo que nos costó obtenerlo.

Creo que es gracias a la estricta, clara e inquebrantable conducta financiera de mi madre, aplicada a rajatabla desde que entramos en la escuela primaria, que pude luego administrar tanto la escasez como la dorada medianía de la que habló el poeta Horacio. Y hacerlo con la serenidad que ella me enseñó. Ahora que ya no está, no dejo de pensar en cuánto uno se queja de lo que los padres hacen, más sabios que uno, por nuestro bien.

De manual

Sin embargo, la más importante de las lecciones acerca del dinero me la dio mi padre. Mientras estábamos pagando aquella casa, descubrí los libros. Peor todavía, un par de años después descubrí las librerías. Después dicen que el dinero no puede comprar la felicidad. Por favor. Qué frase hueca.

Había migrado de los juguetes a los libros, pero ambos tenían el mismo estigma: una etiqueta con un número precedido por el signo pesos. Ese número solía estar a varias unidades astronómicas de los vueltos con los que me autorizaban a quedarme por los servicios de ir al almacén o la panadería. O lo que ahorraba sacrificando las gaseosas, otra de las estrategias de mi madre para inculcarnos la cultura de ganarnos el dinero.

En fin, era una situación crítica. Los libros que más me gustaban eran totalmente inalcanzables. Esto me hizo sufrir algún tiempo, dándole vueltas al asunto, hasta que alguna obra particularmente atractiva de esas que por entonces me quitaban el sueño (dinosaurios, el sistema solar) me inspiró para poner en práctica una táctica que poco a poco iba depurando: pedirle plata a mi padre en lugar de acudir al oficial financiero de la familia. Sabía cuál iba a ser su respuesta, pero no perdía nada con intentarlo. Quería ese libro.

Me llevé una sorpresa, no obstante, y una lección para toda la vida. Un día, cuando llegó del trabajo, le planteé el problema; no era necesario que le explicara que solicitar dinero en la caja no era una opción en esos tiempos de vacas flacas. Quizá, no lo recuerdo, tampoco quería privarlo de la salida previsible: "Hablalo con tu madre". Pero me dijo otra cosa, muy diferente, muy inesperada: "Ariel, en esta casa siempre hay plata para libros". Unos días después me acompañó a comprar el libro. Felicidad pura.

Con el tiempo aprendí el verdadero alcance de aquella frase. Va más allá del placer de la lectura, e incluso más allá de los libros.

Supe también, esto es obvio, que incluso con la mejor de las voluntades a veces uno puede no tener el dinero para comprar cierto libro lujoso, y que para muchas personas el dilema no es alcanzar un volumen, sino una comida. Pero también es cierto que muchas de estas cosas las aprendí leyendo. En bibliotecas públicas, a menudo.

Y antes de que se me acuse de enciclopedista, fanático de la erudición o algo así, diré que he conocido gente muy sabia que no había leído ni medio libro, y gente verdaderamente siniestra con una cultura envidiable. Creo que la cultura es una forma de felicidad, no la sanación mágica de personalidades rotas, intelectos oxidados y espíritus superficiales. En esta nota que escribí para el lanzamiento de adnCultura hay una impresión bastante completa de lo que pienso al respecto: www.lanacion.com.ar/933205 .

Wikipedismo

El mensaje no dicho de aquella lección de mi padre era que el dinero que se va en libros es una inversión, no un gasto. Lo que no me dijo, posiblemente porque era demasiado chico para comprenderlo por completo, es que lo que desembolses en libros volverá multiplicado. Los motivos que he cosechado a lo largo de casi cuatro décadas son numerosos. Cuanto más leés, más te gusta leer. Cuanto más leés, más sabés, y cuanto más sabés, más preguntas te hacés. Te volvés curioso, y la curiosidad es como la fe, mueve montañas. Pocas fuerzas del intelecto son tan poderosas, y es alimento constante de la imaginación.

Al leer descubrís que el 99% de las ideas que se te ocurren ya las pensó alguien antes, y entonces te esforzás más. Así, tal vez, y sólo tal vez, aportes una buena idea a la sociedad, lo que te hará sentir orgulloso, pero no demasiado orgulloso, precisamente porque ahora sabés que otros aportaron docenas.

Cuanto más leés, más te das cuenta de que ciertas cosas que pasan hoy en tu vida, en tu barrio o en tu nación ya han acontecido millones de veces antes, y con esto te volvés autocrítico y crítico con tus colegas, tu entorno y tus representantes. Se te hace posible optar.

En este punto, poco importa el libro como objeto que uno atesora. Nos quejamos de que los chicos no leen, o que leen fragmentariamente y en la Web. Bueno, he descubierto un nuevo juego, casi un vicio, y es perfectamente compatible con aquel buen consejo que me dieron en la infancia. Por añadidura, no hace falta gastar un centavo, aunque los adultos tal vez debamos hacer un esfuerzo de otra índole.

Cuando vengo leyendo un artículo en la Wikipedia ( www.wikipedia.org ) y me encuentro con alguna palabra o concepto que no conozco, le doy clic con la ruedita y se abre el artículo correspondiente en una nueva pestaña. Es genial, como una enciclopedia de papel que no te obligara a levantarte de la silla para buscar el tomo 9, después el 3, luego el 12, y así. Es, digan lo que digan, perfecta. Una adicción anclada en la curiosidad. Luego de varias horas, el navegador tiene dos docenas de pestañas abiertas. Cada una de las cuales, desde luego, tiene nuevos links en azul de cosas que uno no sabe...

Igual de interesante o quizá más, uno empieza en Voltaire y termina, no sabe cómo, en las dimensiones de la corona solar, los tengu o demonios japoneses, los idiomas esquimales o la batalla de Verdún.

Hay dos problemas, sin embargo, que obstaculizan el camino para que los más chicos se suban a esta nueva forma de abrirse camino por las enciclopedias. Primero, hay más de 2,5 millones de artículos en la versión en inglés de Wikipedia, frente a los casi 400.000 en español. ¿Quiere que sus hijos lean, que no caigan en las garras de la ignorancia, estimular su curiosidad y sus infinitos bienes, que puedan en el futuro juzgar por sus propios medios y desentrañar la verdad de la mentira, o al menos del embuste torpe? Entonces ayudaría colaborar con la Wikipedia en español. Aquí hay un link con información al respecto: http://es.wikipedia.org/wiki/Ayuda:C%C3%B3mo_puedo_colaborar

El segundo problema es que Wikipedia es demasiado académica para los más chicos. Quizá sea el momento de pensar en una Wikikids, Wikichicos, MiniWiki, una enciclopedia libre que inicie a los más pequeños en la posibilidad de adquirir conocimientos de esta forma dinámica, confortable y sencilla que los adultos no podíamos ni soñar, pero con menos texto y más imágenes.

No me refiero a los esfuerzos educativos que abundan y son loables, sino a una enciclopedia libre para chicos, una versión de la Wikipedia apta para los que empezaron hace poco a leer. Sin programa. Como un juego donde el tesoro que buscamos alcanzar es saber un poco más del mundo, de nuestra civilización, nuestra cultura u otras, del pasado, y hasta de los posibles futuros.

No es fácil y supone desafíos que la Wikipedia no conoce, para no exponer a los niños a conocimientos que podrían perturbarlos.

Pero si es verdad que los chicos están programados para aprender, si la curiosidad es natural en ellos, y ambas cuestiones parecen ser irrefutables, ¿no sería éste el juego más fascinante de todos?

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