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Sexo por un sueño

Domingo 31 de agosto de 2008
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El deslizamiento imparable de la televisión hacia fórmulas cada vez más torpes y manipuladoras de exhibicionismo, de grosería y de mal gusto parece preocupar a pocos.

Hubo alguna vez normas que velaban por la calidad y los efectos de los contenidos de los medios en la población, y especialmente por la incidencia en los menores. Pero eso se conjuga hoy en pasado, porque ya no hay tales límites, y el deterioro creciente que está causando, en la sociedad presente y en la futura, esa carencia de normas transparentes y claras es un problema que pocos parecen querer enfrentar.

Nadie, o casi nadie, parece tener conciencia de lo mucho que los argentinos estamos perdiendo en calidad moral y en respeto por los valores formativos y estéticos de las generaciones venideras a medida que determinados empresarios del espectáculo televisivo, privados del más mínimo rastro de pudor y hasta de vergüenza, pujan noche tras noche por incrementar a cualquier precio sus niveles de audiencia.

Recientes emisiones del programa que conduce Marcelo Tinelli por Canal 13 parecen haber acelerado notablemente la marcha hacia el que suponemos habrá de ser su próximo objetivo triunfal: la presentación de una pareja manteniendo una relación sexual en pantalla. Por eso nos atrevemos a vaticinar que, así como "Cantando por un sueño" dejó su lugar en un momento dado a "Bailando por un sueño" y más tarde al mucho más resbaladizo "Patinando por un sueño", no debe faltar demasiado tiempo para que la propuesta de Tinelli y compañía se convierta en algo así como "Sexo por un sueño".

El abuso y la manipulación de la mujer, exhibida y utilizada como un mero objeto excitante; el uso escandaloso del "caño", como burdo y no demasiado imaginativo elemento coreográfico, y la "strip dance" han ido jalonando insinuantes etapas en el acercamiento a esa meta previsible, un hito que, cuando llegue, seguramente no va a escandalizar demasiado a nadie, pues todas las instancias de la procacidad habrán sido ya recorridas. No está de más recordar que un estudio reciente del Instituto de Comunicación y Diseño de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) reveló que el 32 por ciento de la autopublicidad que emiten en nuestro medio los llamados canales de aire muestra cuerpos humanos semidesnudos y que ello sucede en muchísimos casos dentro del horario de protección al menor. A lo cual hay que agregar la amplísima e insistente reproducción parasitaria que los programas de "chimentos", y otros de tenor similar, realizan permanentemente, y en cualquier horario, de esas imágenes denigrantes, supuestamente excluidas de la franja que protege a los menores.

Las autoridades del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer) mantienen su proverbial indiferencia ante esos alardes de perversión y mal gusto que invaden día tras día las pantallas televisivas de todo el país. También hay alguna cuota de hipocresía. Las autoridades se amparan en el cumplimiento de la norma vigente de protección al menor. Pero ellas saben que, con el concurso de los emisores, esa norma, tal y como actualmente rige, no ha sido diseñada para desalentar los abusos ni mucho menos para proteger al menor, porque califica como leves todos los excesos que hoy vemos en nuestras pantallas. Saben, por último, que así concebida la norma, funciona como un mero tarifario de tales excesos que, lejos de prevenirlos, libera a los emisores para fomentarlos si el cálculo entre una multa irrisoria y las ganancias de la producción publicitaria que tales excesos les otorgan los beneficia.

Por supuesto, no estamos reclamando ninguna forma de control o censura que restrinja la libertad de expresión en la Argentina. Simplemente, vaticinamos lo que les espera a los televidentes argentinos, si la insensibilidad ante el daño educativo que se inflige y la torpeza de quienes conducen algunos programas, como el de Tinelli o el de tantos otros animados por similares intenciones, no encuentran otros caminos para obtener rating.

Ha llegado tal vez la hora de reflexionar seriamente sobre el control que la propia sociedad debería ejercer sobre las emisiones de difusión masiva que atentan contra su salud moral o rebajan la dignidad de valores humanos esenciales, bastardeando, como en este caso, la feminidad, la desnudez de los cuerpos o la sexualidad. Ya sabemos que la TV es parte de nuestra vida. Pero sabemos también que tiene capacidad suficiente tanto para denigrarnos como para ennoblecernos.

Toda la sociedad debate en estos tiempos sobre cómo mejorar la educación de los argentinos, cómo multiplicar los esfuerzos y cómo incrementar incluso las inversiones que permitan a las generaciones presentes y futuras una educación de mayor calidad. ¿No ha llegado la hora de pedirles a los medios, y en especial a la televisión, que también valoren ese esfuerzo, lo acompañen y no lo esterilicen? ¿Acaso alguien puede sostener que producir y difundir entretenimiento, en un marco de libertad de creación y expresión, implica necesariamente tener que erosionar ese esfuerzo educativo en el que la mayoría de la sociedad argentina está empeñada?

Los hombres volvemos una y otra vez a las obras de cultura que hemos producido a lo largo de la historia. Como los libros milenarios a los que volvemos una y otra vez en nombre de la fe religiosa, como tantas obras memorables de la literatura universal, como las expresiones más dignas y valiosas del arte, el teatro o el cine. Así como los pueblos dieron un lugar en su historia a tantos vehículos perdurables del ingenio y del genio humano, también las sociedades de nuestro tiempo deberían estimar estos frutos de tecnologías tan prodigiosas en función de la verdad, la belleza o el buen gusto. ¿Será pedir demasiado? ¿Será un sueño que no podremos cumplir?

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