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El alma de Buenos Aires

En pleno microcentro porteño, la Basílica de la Merced comienza a recuperar el esplendor de sus mejores épocas

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LA NACION
Sábado 20 de septiembre de 2008
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Buenos Aires, principios del siglo XVIII. Dos mujeres llegan a la ciudad a caballo, después de haber estaqueado al indio que las mantenía cautivas. Una de ellas muere pero su historia sobrevive, gracias a un párroco que la inmortaliza en un cuaderno. Tres siglos después, ese documento y muchos otros, como el que registra el bautismo de José Hernández, se protegen como un tesoro en la flamante biblioteca de la Basílica de Nuestra Señora de la Merced.

"Aquí, uno toca la historia de la ciudad", dice monseñor Eugenio Guasta mientras abre un libro con los bordes quemados, rescatado de algún incendio. Hay que creerle al impulsor de la restauración de este monumento nacional, que se caía a pedazos, literalmente, cuando él se hizo cargo hace 15 años.

Hoy, debajo de una estructura de varios metros de alto sobre la que trabajan equipos de expertos, monseñor Guasta camina con paso firme y muestra orgulloso el resultado de su perseverancia. "Antes de restaurar los murales y los vitrales hubo que reparar los techos", explica, y aclara que no fue fácil. Sobre todo cuando la crisis de 2001 congeló las obras, y los andamios del exterior se convirtieron en refugio de personas sin techo.

MURALES. Sobre los andamios, se invierten muchas horas para restaurarlos
MURALES. Sobre los andamios, se invierten muchas horas para restaurarlos. Foto: Martín Felipe

"Fueron años duros, es difícil conseguir apoyo -confiesa el sacerdote-. Para arreglar la fachada recibimos aportes de la Dirección Nacional de Arquitectura, pero nunca se puede contar del todo con la ayuda oficial porque no hay presupuesto. Por suerte ahora hay más conciencia sobre el tema del patrimonio, y algunas empresas y personas sensibles nos han ayudado." Entre las instituciones se cuentan el World Monuments Fund y las fundaciones American Express, Fortabat, Bunge & Born, Rocca y Banco Galicia.

Décadas de abandono

"Nunca vi una suciedad como ésta", dice Fivaller Pablo Subirats. Sabe de lo que habla: tercera generación de una familia catalana de vitralistas, se dedica a este oficio desde los nueve años; trabajó en obras como las del Correo Central y la Casa Rosada. "Estas cosas son el alma de la ciudad, y esta ciudad es un regalo de la historia", opina. Y señala, casi indignado, un vidrio roto en el que se lee la fecha de su creación: 1887.

La pieza forma parte de un vitral de estilo neogótico fabricado en Toulouse, en el taller Bergés e hijos, y traído especialmente a Buenos Aires cuando monseñor Rasore decidió cambiar el estilo colonial que le había dado a la iglesia el arquitecto Andrés Bianchi en 1779. Tras décadas de abandono, los colores originales de los vidrios están cubiertos por varias capas de hollín, provocado por la antigua iluminación a vela y el esmog del microcentro porteño, que Subirats y su equipo intentan limpiar con esmero.

Son horas y horas de cuidadoso trabajo, al ritmo de la música clásica, en un taller montado en la propia basílica. La tarea es compleja, porque varios vidrios están rajados -son artesanales y muy frágiles-, algunos dibujos se borronearon y el plomo que unía las piezas ya no cumple su función.

"Hacemos una mínima intervención, para evitar un falso histórico", aclara Marcelo Magadán, el arquitecto que supervisa las obras. "A veces -agrega-, no sabés qué da más bronca: la mugre o que hayan limpiado demasiado en intentos de restauración anteriores."

No llega a ser bronca pero sí algo de pena lo que se percibe en la voz de monseñor Guasta cuando mira hacia abajo desde la terraza de uno de los edificios más antiguos de Buenos Aires, que según él probablemente haya sido el más alto de la ciudad a mediados del siglo XIX. "En Europa, esto sería una plaza", dice el párroco. Y señala a su perro Roque, atado a una reja en la entrada de la iglesia, que intenta hacer escuchar sus ladridos junto a los colectivos que dejan una estela de humo negro en la esquina de Perón y Reconquista.

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