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Tute, líos de pareja

Humorista gráfico, cineasta, cultor del tango, el multifacético Tute publica en la editorial Sudamericana un nuevo libro, llamado Araca, corazón! , en el que vuelve sobre un tema recurrente en su producción: las relaciones no siempre fáciles entre hombres y mujeres

Domingo 21 de septiembre de 2008

Lo primero que supo Tute del amor fue que el amor era penoso. Lo supo a los doce, cuando todavía se llamaba Juan Matías Loiseau y llevaba cuatro años de noviazgo con María Berta Della Paolera, una mujer de su misma edad. Un intercambio de chocolates y sonrisas, y muchas, muchas cartas. Por eso, el día de sus doce años en que María Berta Della Paolera le dio una carta más, Juan Matías Loiseau no se asombró y fue, como siempre, a leerla al baño de los hombres. Pero esta vez la carta decía que María Berta Della Paolera ya no lo amaba. Que, en fin, chau.

-Me mareé. Cuando me di cuenta de que me estaban dejando, me mareé.

Veintisiete años después, Juan Matías Loiseau, que ahora se llama Tute, se ríe en el estudio de la casa de San Telmo donde vive desde hace seis años con su mujer, Vicky, morocha resplandeciente, y Dorotea, tres años, morocha ídem.

-No lo podía creer. No me voy a olvidar nunca de eso.

Veintisiete años después, Tute dibuja cosas como aquella viñeta de su libro Tute (Sudamericana, 2007) en la que una mujer le dice a un hombre: "Para asegurarme de que no me olvidarás, he tomado la precaución de arruinarte la vida". Y cosas como ésta, que pueden encontrarse en el libro que publica este mes en Sudamericana y que lleva por título Araca, corazón!: un viejo y una vieja, sentados en un banco de plaza. La vieja pregunta: "¿Me querés?". El viejo dice: "Sí". La vieja pregunta: "¿Hasta dónde?". El viejo dice: "Hasta el principio de nuestras vidas".

Hijo de Cristina y de Caloi, artista plástica ella y humorista gráfico él, hermano de dos hermanos menores -Tomás, Aldana-, nacido en plena Capital, sus padres decidieron mudar a la familia al lugar más verde y fueron a dar a José Mármol. Allí, Tute creció entre el colegio, el fútbol, los pibes, los dibujos, las cenas en su casa, que eran para él tan normalitas y que vistas desde acá suenan a dream team.

-Venían todos. Quino, el Negro Fontanarrosa.

La infancia transcurrió con sesiones de cine de autor entre amigos de sus padres, una casa siempre abierta y una vocación clara: Tute sabía que quería ser dibujante.

-Yo aprendía mirando. De mi viejo, del Negro. En mis primeros años dibujaba como los tipos que yo admiraba. Durante mucho tiempo tuve un dibujo muy parecido al de mi viejo. Era peor que él, pero me parecía que era bueno si era parecido. Me dio libertad hasta para eso.

En medio de esa felicidad, lo -único- malo fue la separación de Cristina y Carlos, sus padres, cuando él tenía 15 años. Y justamente entonces, cuando cumplió quince, su madre les regaló, a él y a sus hermanos, ese cuaderno: un volumen de varias páginas encuadernado a mano y un título en tapa que decía Niños.

-Lo hizo mi vieja, uno para cada uno de los hijos. Anotó todo lo que hacíamos, decíamos, escribíamos, dibujábamos, desde que nacimos y durante toda la infancia. Fechado con día, con mes, con año.

En las primeras páginas de Niños hay una fotocopia de una carta de tres páginas y dieciocho puntos explicativos dejada por Cristina a su propia madre el día en que Tute, aún bebé, tuvo que quedarse dos o tres días con la abuela: "Después de cada mamadera está acostumbrado a estar sentado en la Bebesit. Le gusta, siempre y cuando no esté solito. Si hace mucho calor, dale agua mineral o cucharaditas de naranja". Sigue un recorrido entre tierno y aterrador, una especie de arqueología personalizada de la vida del cachorro: "Enero del ’78. Matías dice: "¿Por qué el abuelito Luis se fue al cielo, si no es pájaro y no tiene alas?". Matías, dos páginas después, vuelve a decir: "Quiero un revólver para matar a todas las mujeres" (a cuatro días de nacer Aldana). Y siguen las cartas para María Berta, los dibujos: "María Berta, te quiero mucho. Ahora que estamos metidos, te quería decir que tenemos que darnos bolilla. O sea, si te tengo que dar una carta o al revés, ambos tenemos que darla uno al otro. Te quiero cada vez más".

-Ahora, a veces, cuando tengo que dibujar a Batu, la tira de La Nacion, vuelvo a ese cuaderno para ver cómo era. Para ver cómo era esa poesía de la infancia. A veces es como un perfume, a veces es una sensación más concreta.

A los 17 años, después del colegio secundario, empezó a pasar más tiempo en la capital, en casa de su padre, hasta que al fin se mudó con él.

-Pero yo tenía un plan bastante ridículo, que era trabajar en el garaje donde mi viejo dejaba el auto. Yo me había imaginado todo: lamparita, dibujando, cada tanto viene un auto. Pensé: "Me independizo". Mi viejo me sacó cagando.

Empezó a estudiar diseño gráfico, cine y dibujo en la escuela de Garaycochea mientras empezaba a despuntar su vicio mejor, que todavía tiene: las altas torres de la noche. Noctámbulo como su padre, como su propia mujer, Tute se acuesta a las cuatro, cinco, seis de la mañana, y amanece a las once, doce del mediodía. Pero en aquellos años adolescentes lo que hacía Tute con sus noches, además de dibujar, era gastarlas en las milongas y las tanguerías.

-Siempre me gustó estar con viejos. No soy un tipo triste, pero soy un tipo nostálgico. A los 18 ya estaba enganchado con el tango. Y me iba a los peringundines, las tanguerías. Compraba una botella de vino y me sentaba ahí. Un martes a la noche. Pasaban cosas entre mágicas y patéticas.

Mágicas y patéticas, dice el hombre capaz de dibujar a una mujer que escupe: "Gracias, Hugo, con vos aprendí a conformarme". O esto, en Araca, corazón!: una mujer que come pop corn mientras mira a un tipo destrozado y le dice: "Nada, vine porque me han dicho que estás destrozado por nuestra separación y no quería perdérmelo". Y también esto: una noche inmensa, luna blanca sobre fondo pleno, y un tipito así, parado en la punta de una roca abismada, que piensa esto: "Al final siempre soy yo el que se queda conmigo". Escribió, en los noventa, libros de poemas: Parroquiano de tu ombligo; El destino, esa sombra; El libro de la noche. Después, o mientras, armó una carpeta con varios de sus dibujos y empezó a recorrer redacciones: Clarín, LA NACION. En todas le dijeron que no.

-Yo jamás me presentaba como el hijo de Caloi. No tenía ganas de entrar por ser hijo de mi viejo.

Consiguió trabajo en una revista del sindicato de bancarios llamada Bancarios.

-Hacía chistes de bancarios. Ofrecí también hacer viñetas. Hacía todo y metía mis dibujitos.

Pasó unos meses dibujando en el Expreso Diario, el periódico de Gerardo Sofovich. Hasta que llegó el concurso organizado por el diario La Prensa llamado Vote por su Humorista Preferido.

-La gente tenía que llamar y decir a cuál votaba. Y gané yo. Y el premio era empezar a ser publicado en la última página.

Siete años, una hija

Así, de un día para otro, se hizo feliz poseedor de unos cuantos adrenalínicos centímetros cuadrados de periódico. Y eso duró dos o tres años, hasta que pasó a LA NACION: primero a la Revista; después, a Ultima Página, donde hizo su cuadro diario hasta diciembre de 2007 y donde, desde entonces, dibuja la tira diaria Batu, ese chico pelirrojo que, dice, se parece a él cuando era chico. La página semanal de LNR, mientras tanto, se pobló de hombrecitos despojados ya de todo, parados frente al abismo de su propia existencia. Hizo, además, dos cortos (El Angel de Dorotea -2005-, y Abismos -2006-) y los libros de humor gráfico Tute y Tute de bolsillo, ambos en Sudamericana.

Y antes y después de todo, la conoció a ella, a Vicky: una reina morena navegando en el centro de una barra de boliche de la zona sur.

-Ella manejaba una barra circular. Estaba en medio de ese círculo. La vi y me encantó. Vestida de negro en medio de ese círculo.

Ella preguntó por él (ella dijo, exactamente, "¿Quién es ese bombón?") y él, incrédulo, fue hacia la abeja nocturna y la invitó con champagne y ella le dijo: "No me gusta el champagne". Tomaba Baileys, dice Tute, así que tomaron agua. Y desde esa noche de aguas, hasta hoy, pasaron siete años, una hija.

Por Leila Guerriero

Para saber más: www.tutelandia.com.ar

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