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Los cuatro fantásticos de Luis Garay

The Divine Comedy es un inclasificable trabajo a cargo de un coreógrafo que se lo pasa abriendo puertas

Jueves 18 de septiembre de 2008
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The Divine Comedy es el dantesco nombre del proyecto pop orquestal del raro y excéntrico de Neil Hannon. Muy lejos de Irlanda, en pleno corazón del barrio de Once, es también el nombre del último chiche escénico del bailarín y coreógrafo Luis Garay, un tipo muy talentoso que viene abriéndose paso con experiencias que cada vez más rompen con ciertas tradiciones de la danza contemporánea y que se la pasa entablando diálogos con otras disciplinas artísticas (cine, música, performance, video...).

En el marco del festival del Rojas, y luego de un desdibujado espectáculo de Marina Brusco llamado Prefijo des, Luis y su banda copan el escenario . Por ciertas imágenes, The Divine Comedy remite a Los excéntricos Tenenbaum (pero no tanto). A juzgar por la utilización de los silencios y los tiempos de la acción, podría tener alguna similitud con ciertos montajes del francés Jerome Bell (aunque tampoco). Y en tren de imaginar un árbol genealógico, por la libertad interna que maneja su estructura, tiene algo de las obras de Gustavo Tarrío (sin embargo...).

"Supongo que esta obra tratará sobre...", dice él en el programa de mano. Tiene razón. Así es que la sucesión de puntos suspensivos, de ritmos cambiantes, de balbuceos que se agotan y potencian, de cuerpos y ritmos tan distintos entre sí y por cómo la experiencia va por fuera de toda narración literal se transforman en los ejes vectores de este montaje protagonizado por cuatro fantásticos (luego se sumará uno) performers . Son ellos los que interceden, capturan, copian, imprimen, reproducen y rapean cada escena. Son ellos los que tensan las situaciones dramáticas hasta que, cuando están a punto de revelar su contenido, se esfuman para pasar a otra.

El título habla de 4 fantásticos, pero en la foto hay 5;entre esas imprecisiones va la cosa
El título habla de 4 fantásticos, pero en la foto hay 5;entre esas imprecisiones va la cosa.

Uno de ellos viene de trabajar con Federico León, otro bailó con Hernán Piquín mientras hacía kung fu, el de más allá estudió teatro y canto, el de más acá es egresado de una escuela vocacional de arte, el que entra y sale es un iluminador estudiante de filosofía, otro que no recuerdo estudia dramaturgia con Eduardo Rovner y le da duro a la batería y un artista visual que viene de la beca Kuitca y de exponer en Belleza y Felicidad deja su impronta en medio de un lugar que supo ser una biblioteca. O sea, en cualquier orden: Florencia Vecino, Julián Larquier, Ignacio Martín, Eduardo Maggiolo, Eitan Abelson y Diego Bianchi. O sea, unos freaks totales.

En esa superposición de tonos y paletas tan heterogéneas, gestos que se evaporan, una camarita que se cae al piso, un bajo que suena a pocos centímetros del piso y un vasito de plástico que caprichosamente da vueltas durante todo el trabajo tiene lugar esta experiencia que se presenta como un work in progress . Coherente con esa premisa, todo se "cocina" ante la vista de los 26 espectadores que entran en la sala convirtiéndose en testigos de un balbuceo escénico de enorme potencia visual, sonora, coreográfica e interpretativa. Sólo es de esperar que la experiencia de Luis Garay (el mismo de Parto, Hay en mí formas extrañas y Mein Liebster ) encuentre una sala para que The Divine Comedy haga funciones más allá del festival y que no todo se agote en las representaciones de pasado mañana y del próximo sábado.

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