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El país, frente a un tsunami internacional

Por Aldo Abram Para LA NACION

Domingo 21 de septiembre de 2008
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Lo que pasó en la semana es conocido: caída de bancos en Estados Unidos, nacionalización de una buena parte de los créditos basura y, finalmente, optimismo. Pero nadie se preocupó mucho por pensar de dónde van a salir los recursos para pagar el rescate.

El gobierno tiene un enorme déficit fiscal y deberá endeudarse para seguir cubriéndolo y, ahora, también para costear este "salvataje". Esto presionará sobre el mercado de crédito y, en la medida que la Reserva Federal pretenda mantener bajas las tasas de interés de mercado, deberá salir a comprar Bonos del Tesoro de los Estados Unidos para cubrir el exceso de demanda de fondos. En una palabra, con emisión de dólares, estará financiando al Estado. Esta historia es muy conocida por los argentinos, termina con la depreciación de la moneda y con sus tenedores pagando el famoso impuesto inflacionario.

Todo comenzó en 2001, cuando el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, inundó de dólares el mundo para evitar que la economía estadounidense empezara un período de contracción. Desde entonces, la Fed, aún con su actual titular Ben Bernanke, se dedicó a tratar de salvar al nivel de actividad y a los inversores del necesario ajuste.

Los argentinos debemos prepararnos para enfrentar mayores tempestades. Hay que agradecer que aún no se hayan usado las reservas internacionales para pagarle al Club de París. Aunque promovemos que se cumpla con los compromisos asumidos, no deben usarse los recursos del Banco Central, que no son del Gobierno, sino el "arsenal" con que cuenta para defender el valor del peso y de nuestros ahorros ante una corrida cambiaria y bancaria. Conviene ser prudentes. Hace pocos meses, y en un marco externo tranquilo, tuvimos una minicrisis interna y ahora nos vemos amenazados por un tsunami internacional.

La incertidumbre mundial ha vuelto riesgosos hasta los activos que se suponía no lo eran; por lo tanto, los inversores tratarán de "tirar por la borda" lo más pesado de su cartera. Entre estas inversiones estarán las de Argentina. Además, los residentes locales empezarán a ser más cautos con sus ahorros y tenderán a transformarlos en monedas extranjeras y colocarlos en el exterior, en una caja de seguridad o en el fondo del armario. De esta forma, se le quitará financiamiento al consumo y la inversión; lo cual, en el mejor de los casos, desacelerará el crecimiento de la demanda interna y obligará a los productores a disminuir el ritmo de incremento de su producción. Si no estalla una gran crisis internacional, el Banco Central podrá pilotear la nave en la tormenta.

Recuperar la imagen

Lamentablemente, el Gobierno nunca se ocupó de reconstruir la credibilidad del Estado, es decir su crédito. El internacional terminó de desaparecer con la intervención del Indec y la estafa generalizada que implicó dibujar a la baja la inflación.

La confianza interna se diluyó con el mal manejo del conflicto con el campo. Ahora, sólo queda "exprimir" a los inversores institucionales (AFJP, por ejemplo) y al exiguo mercado de crédito local. Si la incertidumbre externa se mantiene por demasiado tiempo, la siguiente fuente de recursos serán las reservas internacionales, corriendo el riesgo de desatar una corrida cambiaria y bancaria que será difícil enfrentar exitosamente.

El Gobierno debería mejorar su imagen externa renegociando la deuda con el Club del París y reabriendo el canje. Podía reducir la suba del gasto público y bajar los subsidios; o liberar los precios y establecer una actualización de costos y condiciones de prestación de servicios públicos de largo plazo, que incentiven la inversión en dichos sectores. O normalizar el Indec o establecer metas de inflación descendentes que deba cumplir la autoridad monetaria o disminuir el exacerbado intervencionismo y estatismo que ahuyenta a los inversores. Aunque no lo parezca, nunca es tarde para empezar a hacer las cosas bien.

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