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Regalo de bodas

Revista

Félix de Alzaga Unzué construyó La Mansión que hoy es parte del Hotel Four Seasons como regalo de casamiento para su mujer. Inaugurada en 1920, esta construcción todavía guarda secretos sobre las costumbres de una época en la que Buenos Aires era considerada la París de América del Sur. Un libro resume aquellos años dorados y muestra la reciente remodelación del edificio

El 8 de mayo de 1916, pasados apenas unos minutos de las cinco de la tarde, se abrieron las puertas de la iglesia San Agustín para dar ingreso a Elena Peña Unzué, entonces con 24 años. Después de subir los seis escalones de mármol que la separaban de la puerta principal, la novia avanzó en compañía de su padre, Alfredo Peña Lezica, hacia el resplandeciente altar mayor, lleno de velas, luces y flores. El novio, Félix de Alzaga Unzué, de 31 años, primo segundo de la novia, la esperaba junto al altar con la distinción y elegancia propias de su clase. Elena provocó comentarios de admiración al ingresar con su espléndido vestido a la moda, ajustado en la cintura y acompañado de un tul blanco alrededor de su cabeza. Caminó hacia el altar con un ramo de flores que casi llegaba hasta el suelo (.). La joven pareja vivió en la casa de los padres de Félix, ubicada en la avenida Alvear 1345, hasta la inauguración de La Mansión, en 1920. Allí gozaban de todos los lujos propios de la época. En el subsuelo de La Mansión se encontraban las cocinas, el lavadero, el comedor de los veinte empleados y la bodega, con vinos como el Château Rothschild. Dos lavanderas y dos planchadoras se encargaban de toda la ropa, toallas y ropa de cama de la casa. Además había dos choferes: uno manejaba el Mercedes Benz y el otro conducía el Cadillac. La Mansión contaba además con salas de esgrima y de armería, acondicionadas en las habitaciones de los hijos que nunca llegaron. En el Salón de Madame había un retrato de Elena, hecho por Philip de László, un pintor húngaro admirado por las damas de la alta sociedad. Félix y Elena viajaban todos los veranos a Mar del Plata y se alojaban en lo de María Unzué de Alvear, famosa por las deslumbrantes fiestas que ofrecía. Allí concurrían a los bailes de máscaras en el hotel Bristol, a comidas en el restaurante Lavorante y a las carreras que se desarrollaban en el hipódromo. También iban al Ocean, un club muy exclusivo, y paseaban por la rambla. Por lo general, el matrimonio solía pasar las mañanas en la playa, con recatados trajes de baño, al principio en la Bristol y años más tarde, en Playa Grande. En 1931, la pareja conoció al príncipe de Gales, Eduardo de Windsor. Había venido con su hermano Jorge, duque de Kent, y fueron presentados en una de las fiestas de agasajo que se les ofreció en el Golf Club de Playa Grande.

Se volverían a encontrar tiempo más tarde en la fiesta organizada por Concepción Unzué de Casares en su casa de la avenida Alvear. Entre los campos de la familia que Félix administraba, su predilecto era Los Polvorines. Además de las estadías en Mar del Plata, el matrimonio distribuía los días del verano entre las estancias San Simón, Santa Clara y San Jacinto, en Rojas. Fascinados por el encanto de París, Félix y Elena viajaban con frecuencia a esa ciudad, y se perdían en sus calles y bulevares. También iban al Derby de Chantilly, donde competían los caballos de Félix. Félix de Alzaga Unzué, un hombre de bien, aristocrático y a la vez sencillo, asumió la presidencia del Jockey Club en 1934. Debido a su excelente gestión, Félix fue reelegido por varios períodos, hasta el año 1950. Elena lo acompañó con su entusiasmo y distinción hasta el final de sus días. Félix murió en la madrugada del 29 de agosto de 1974, en tanto que Elena Peña Unzué falleció el 5 de noviembre de 1982. Los restos de ambos se encuentran en la bóveda de Mariano Unzué, en el cementerio de la Recoleta.

"Lo que más me llamaba la atención cuando era chico e iba de visita a lo de Félix y Elena, eran los papagayos y los perros pekineses y cairn terrier", cuenta Carlos Gómez Alzaga, uno de los sobrinos nietos de la pareja, quien fue su apoderado durante muchos años. Y agrega: "Eran unidos y viajaban mucho. Los recuerdo como dos personas sencillas, afables, francas y muy cariñosas". Félix de Alzaga Unzué construyó La Mansión como regalo de bodas a su esposa Elena Peña Unzué. El arquitecto inglés Robert Prentice estuvo a cargo del proyecto.

(...) Fiel testimonio de la cultura francesa en esta ciudad, La Mansión es reconocida como uno de los mejores ejemplos de la arquitectura del Buenos Aires de principios del siglo XX. El eclecticismo de la Belle Epoque, que mezcla estilos como el francés, el inglés y el italiano, se ve muy bien reflejado en La Mansión. La construcción comenzó en 1916, a mediados de la Primera Guerra Mundial, y se terminó poco después de que esta guerra finalizara. La importación de productos era un desafío, debido al riesgo del traslado marítimo. Aunque ya en esa época, los artesanos de origen italiano y español comenzaban a suplir con su habilidad muchos de los productos importados. La ventana del primer piso es un buen ejemplo de la inspiración francesa aplicada a la ornamentación: las guirnaldas, el ángel y la cartela -espacio liso para un emblema o leyenda-, realizados en argamasa, exhiben las características de un estilo inconfundible. En el balcón de hierro forjado se repite simétricamente una misma figura.

(...) A mediados del año 2007, al iniciarse la restauración de La Mansión, se decidió darle un nuevo aspecto a su interior. Las siete suites, ubicadas en el primero y segundo piso, y los amplios salones de la recepción de la planta baja fueron redecorados y restaurados por el arquitecto Francisco López Bustos, junto a Marcela Carvajal y su colaborador Lucas Grande. Los cambios buscaban reflejar la riqueza de una época de gran opulencia, que revivía a su vez el estilo del siglo XVIII. En palabras de López Bustos: "El lujo del siglo XVIII, visto a través de los ojos del siglo XX".

Para saber más:

Arquitectura y decoración

En Buenos Aires convergían todos los movimientos arquitectónicos y tendencias estéticas del mundo. Con el deseo de edificar una imagen magnífica de la ciudad, florecían las construcciones y se "importaban" arquitectos y decoradores extranjeros. Había tres tipos de hôtel particulier o residencia: el petit-hôtel, donde las dimensiones del terreno sólo permitían una escala menor en la construcción; el hotel, como es el caso de La Mansión Alzaga Unzué, una construcción imponente con grandes jardines tanto en el frente como alrededor de la casa; y el grand hôtel, como el Palacio Bosch, actual embajada de los Estados Unidos. Independientemente de su tamaño, el hôtel particulier siempre tenía el mismo diseño: un sótano, un piso principal donde se ubicaba la escalera de honor, un piso residencial con las habitaciones de los dueños de casa y, por último, mansardas o bohardillas. Muchos de los jardines estaban en manos de Carlos Thays, que embelleció casas, parques y estancias con sus excepcionales diseños. El mármol era importado de las canteras italianas de Carrara, de los Pirineos y del Macizo Central francés. Además, los argentinos compraban en París colecciones de arte oriental, especialmente de los siglos XVII y XVIII. .

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