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Elogio de la duda

Por Mori Ponsowy Para LA NACION

Martes 30 de septiembre de 2008

No sé cuándo empecé a imaginarme que era una mujer prehistórica. Sé que no me ocurría en la adolescencia ni durante mis años de universidad, pero estoy segura de que ya hace más de quince años que vengo repitiendo esta especie de juego de verme a mí misma cubierta de pieles en una caverna con la hoguera encendida. O casi desnuda en medio de la sabana, de noche, bajo un cielo con miles de estrellas. O escondiéndome tras matorrales para huir de los rugidos de un gran felino que se acerca.

No lo hago todos los días, sino sólo de vez en cuando. Tampoco es que yo decida hacerlo: simplemente es algo que me ocurre en determinadas circunstancias. Con el tiempo, me he dado cuenta de que este juego de la imaginación me asalta cuando hay algo que me asombra sobremanera y que, además, escapa a mi comprensión. Un cielo lleno de estrellas resulta un catalizador inevitable. O una lluvia torrencial, de esas que parece que van a acabar con el mundo. Pero también hay fenómenos humanos que me inducen a pensarme en la Edad de Piedra. La violencia. La locura. Las sinfonías de Beethoven y los cuartetos de Schubert.

Dije que imaginaba que era una cavernícola, pero no es exactamente así ni sólo eso. El juego consiste, más específicamente, en ponerme en el lugar de uno de mis antepasados de la Edad de Piedra . Pienso: si este cielo colmado de estrellas me asombra en el siglo XXI, ¿cuánto debió asombrar a aquellos humanos? Si esta persona a la que quiero se enfurece de esta manera por algo que en el fondo no es tan grave, si alza la voz y jura venganza y agita los brazos como un molino enloquecido, ¿cómo debieron enojarse y violentarse mis tatarabuelos de hace doscientos mil años? Si hoy, con gobiernos, leyes, derechos humanos y educación, resulta tan difícil conducir una sociedad de manera armónica, ¿de qué manera habrán intentado mantener la paz en los albores de la humanidad?

Cada vez que juego a esto, me ocurre lo mismo: termino reconociendo que la única salida para volver a sentirme cómoda y tranquila, para calmar la interminable lista de preguntas que me asaltan, es buscar una explicación para aquello que me deja muda y boquiabierta. Y entonces me doy cuenta de que, además de un código genético, lo que me emparienta con esos hombres y mujeres de las cavernas es este asombro inagotable unido a mi imperiosa necesidad de respuestas.

La búsqueda de respuestas es uno de los rasgos que nos separan del resto del mundo animal. El hombre prehistórico quiso entender el Sol y la Luna, el rugir del trueno, el nacimiento y la muerte, y creó dioses que fueron un buen intento para explicar el fantástico mundo que lo rodeaba. Hoy las explicaciones se han sofisticado: ya no creemos que sean seres mitológicos quienes tejan el entramado de nuestras vidas, sino átomos, reacciones electroquímicas, leyes económicas o pujas por el poder. Sin embargo, aunque una diferencia enorme separa a aquellos dioses de nuestras fórmulas científicas, en muchísimos casos las explicaciones que nos brindaron unos y otras, con el tiempo, demostraron ser insuficientes o incluso equivocadas. A pesar de esto, en el siglo XXI, muchas veces creemos en nuestras teorías con el mismo fervor y la misma pasión con que nuestros tatarabuelos creyeron en Zeus, Poseidón, Acolnahuacatl, Nekhbet u Osiris.

En 1912, el alemán Alfred Wegener formuló la teoría de la deriva continental, la que sostiene que hace millones de años los continentes formaban una sola masa de tierra, que luego se separó en varias partes que fueron alejándose unas de otras, flotando por los mares del planeta. El trabajo de Wegener fue criticado duramente por la comunidad científica. Lo tildaron de loco. El rechazo fue tanto, que en 1924 la Asociación Norteamericana de Geólogos Petroleros organizó un simposio específicamente para refutar su hipótesis. Fue sólo en la década del 60 cuando la ciencia retomó las hipótesis de Wegener. Hoy la teoría de la tectónica de placas es considerada, junto con la de la relatividad, una de las principales revoluciones científicas del siglo XX.

Sobran ejemplos como éste. Casos en los que la comunidad de expertos se aferra a una teoría aun cuando pareciera haber evidencia en su contra. También la hipótesis de Einstein acerca de la desviación de la luz por la fuerza de la gravedad fue rechazada por los científicos de su tiempo. Se trata de una conducta profundamente humana: nuestra necesidad de certezas es tan grande que una vez que encontramos una explicación -sean dioses o ecuaciones- que nos libre de la incomodidad provocada por la ignorancia y el asombro, nos sentimos invencibles. Olvidamos que hasta ahora la mayoría de las respuestas que hemos dado han acabado siendo inadecuadas o, a lo sumo, incompletas.

La religión, la filosofía y la ciencia tienen ese origen común: el intento de poner orden en el caos que nos rodea y de entender el mundo en el que vivimos. Garabateamos teorías sobre el universo porque no nos gusta vivir inmersos en la incertidumbre.

La ignorancia y el desorden son incómodos. Dan miedo. De ahí nuestro afán de certezas inquebrantables. Afán contra el que deberíamos luchar con todas nuestras fuerzas, no sólo porque aferrarse a teorías erróneas retrasa el avance del conocimiento, sino, sobre todo, porque cuando un hombre cree tener la verdad entre sus manos, cuando una sociedad piensa que no hay razón para dudar, el fanatismo espera agazapado detrás de la puerta. No es el odio la causa de los genocidios, sino la intolerancia y el fundamentalismo.

Bertrand Russell, ferviente defensor del escepticismo, decía que cuando los expertos no coinciden acerca de un tema, ninguna opinión debe ser considerada verdadera por los aficionados. Me pregunto: ¿coinciden hoy los economistas, los sociólogos, los historiadores, los políticos, los psicólogos? La respuesta es obvia. ¿Son racionales, entonces, la pasión y los extremos a los que llegamos defendiendo algunos de nuestros puntos de vista?

No digo que no haya una verdad, sino que la verdad es siempre esquiva y que quizá lo mejor que podemos hacer es irnos aproximando a ella. Lo peor: creer que la tenemos atrapada por los pelos. La deificación de cualquier teoría, sea religiosa, científica, económica o política, es igualmente perjudicial. Tras la crisis económica de 1929, el laissez-faire fue criticado por los economistas, que se volcaron a defender la intervención estatal. Décadas después, con una nueva crisis en ciernes y con Reagan y Thatcher en el poder, la intervención del Estado fue demonizada... sólo para ser, en estos días, defendida nuevamente nada más y nada menos que por quien, hasta hace semanas, esgrimía a rajatabla las bondades del libre mercado. Conclusión: nunca deberíamos estar absolutamente seguros de nada y siempre deberíamos estar dispuestos a escuchar opiniones distintas a las nuestras con buena fe y ánimo de entender.

Dudar es incómodo. Es estar parado sobre terreno incierto y movedizo. Y aun a pesar de esa incomodidad, las grandes conquistas artísticas y científicas de la humanidad se deben a la duda. Cervantes cuestionó las novelas de caballerías e inauguró así el camino para la novela moderna. Copérnico, Newton, Darwin y Einstein también dudaron: pusieron en tela de juicio el sistema de creencias predominante en sus épocas. Más aún: el sistema democrático se basa en la idea de que nadie es dueño de la verdad absoluta, de que lo mejor que nos puede pasar es vivir en medio de la duda y la contradicción, porque los crímenes más horribles se cometieron a raíz de visiones fanáticas y totalitarias del mundo. La tolerancia es uno de los rostros de la duda. El respeto es otro.

Ya no somos cavernícolas. Vivimos en la era cibernética. Sin embargo, si pensamos en todo lo que aún nos falta por descubrir, en todo lo que no conocemos, nos daremos cuenta de que estamos más cerca de esas cavernas que del punto en el que ya no quede misterio sin revelar. Quizás esa idea podría hacernos más humildes. Lo que nos emparienta con nuestros antepasados de la Edad de Piedra es nuestra ignorancia: la enormidad de todo aquello que no sabemos. Nadie entiende todavía cómo pudo originarse la vida a partir de moléculas inorgánicas. ¿Cómo, de no haber nada, apareció en algún momento el universo? ¿Cuál es el origen del tiempo? La vida misma es un milagro. Dudar es aceptar que todo puede pasar. Incluso que estemos equivocados.

La autora es novelista, poeta, editora y traductora.

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