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Pastoral americana

Por Mori Ponsowy Para LA NACION

Martes 21 de octubre de 2008
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Siempre me gustó bailar y siempre me gustó escribir. Me recuerdo con once años poniendo un disco de los Archies en la enorme radiola que teníamos en casa. Mientras Ron Dante cantaba "Sugar, you are my candy girl, and you’ve got me wanting you"; yo, descalza y de minifalda, bailaba de un lado a otro imaginando que estaba en una fiesta con chicos que se peleaban por sacarme a bailar. La escena se repetía todas las tardes cuando volvía del colegio. Con la escritura tenía delirios parecidos. Todavía conservo algunos de los cuentos que empecé a escribir por entonces. También tengo el diario íntimo en el que con enormes letras anaranjadas anoté: "¡Voy a ganar el Premio Nobel!".

La vida resultó distinta. Hoy me doy cuenta de que nada me había preparado para que el mundo no fuera como había imaginado. Ni el orden que había en casa ni las monjas del colegio ni la previsibilidad institucional de los países democráticos en los que transcurrió mi infancia me mostraron evidencias de que el futuro vendría repleto a veces de alegría, sí, pero también de desorden, violencia y anarquía. Tal como yo lo veía entonces, todo parecía bastante fácil: "Sólo tenías que cumplir tenaz e incesantemente con tus deberes para que el orden se convirtiera en una condición natural y la vida cotidiana, en una historia sencilla, [...] profundamente sosegada, en la que las oscilaciones serían predecibles; las luchas, refrenables; las sorpresas, satisfactorias".

La cita es de Philip Roth, y es algo que piensa su personaje Seymour Levov –el Sueco– hacia el final de Pastoral americana. Con una hija que se hace terrorista, una esposa que sólo atina a olvidar el dolor de la peor manera, y una nación a la que ama profundamente pero a la que ya no logra comprender, la novela de Roth es una obra descomunal que gira alrededor del tema de la inocencia perdida: la inocencia del Sueco, cuya juventud colmada de logros no lo preparó para lo inesperado; la del escritor que pensaba que podía llegar a conocer los motivos que guían las vidas de las personas, y, finalmente, la de una nación fundada en ideales intachables que constata con horror cómo el caos nace en su propio seno, nutrido, tal vez, por esos mismos ideales.

Hay novelas que nos llegan en la vida como llegan los grandes amores. Nos acercamos a ellas sin saber qué nos espera, y pronto estamos zambullidos en una relación que no deja tiempo para otros afectos, que nos atrapa completamente y de la que no queremos escapar. Cuando terminé de leer Pastoral americana, cerré el libro, me quedé conmocionada un momento y, minutos después, empecé a leerlo de nuevo. Como con un gran amor, acababa de dejarlo, pero ya quería sumergirme otra vez en él. Ninguna otra novela me ha marcado como esa. Más aún: a pesar de que fue publicada en 1997, creo que pocos libros tienen tanta vigencia a la hora de comprender los cambios y enfrentamientos que sacuden hoy no sólo a Estados Unidos, sino a Occidente.

La pérdida de la inocencia. La imposibilidad de controlarlo todo. La irrupción de lo inesperado. El derrumbe de los sueños. ¿Quién no ha sentido el dolor que nace al darnos de bruces contra la realidad? ¡Cuánto más agudo y desconcertante ha de ser ese dolor cuando no se trata de los sueños de una niña que desea bailar y escribir, sino los de toda una nación! Pastoral americana empieza en 1945 y termina casi 30 años después, en plena efervescencia del escándalo de Watergate, con Norteamérica fascinada ante las imágenes de Linda Lovelace en Garganta profunda. En el medio, ha ocurrido Vietnam. La descripción que hace Roth del optimismo de aquella época me hizo pensar en mis abuelos, esos humildes ucranianos que llegaron a la Argentina a principios del siglo pasado, convencidos de que, si ellos trabajaban duro, sus hijos tendrían un futuro mejor, luminoso, promisorio.

"Recordemos la energía […]. Los juicios por los crímenes de guerra estaban limpiando la tierra de sus demonios de una vez y para siempre [...]. El racionamiento llegaba a su fin, terminaban los controles de precios [...]. Empezamos la secundaria seis meses después de la rendición incondicional de los japoneses, durante el momento más grande de embriaguez colectiva en la historia norteamericana. A nuestro alrededor, nada carecía de vida. Los norteamericanos tenían que empezar de nuevo, en masa, todos juntos. Y por si eso no bastaba como inspiración, también estaba el barrio, la decisión de una comunidad de que nosotros, los niños, escaparíamos de la pobreza, de la ignorancia, de la enfermedad, del agravio social y la intimidación; escaparíamos, sobre todo, de la insignificancia. ¡No aspiren a poco! ¡Hagan algo con sus vidas!"

¡Cuánto ha cambiado el mundo en tan pocas décadas y de qué maneras tan contradictorias! Por una parte, nadie puede negar el optimismo que despiertan algunos avances: muchas enfermedades que hasta hace poco eran mortales hoy pueden ser tratadas o curadas; las mujeres hemos conquistado derechos que no tuvimos durante siglos; Internet está democratizando no sólo el acceso a la información, sino la misma producción de noticias; la democracia se ha extendido a regiones donde era desconocida. Por otra parte, ¿cuánta gente tiene la certeza de que sus hijos tendrán un futuro mejor que este presente, la seguridad de que –como dice Roth– escaparán de la pobreza, la ignorancia y la enfermedad? Hoy ya no basta con trabajar duro para confiar en un porvenir promisorio.

No se trata únicamente del reciente colapso en Wall Street. El sueño americano viene desdibujándose desde hace décadas. Con las tan reiteradas como disímiles crisis económicas, los jóvenes se preguntan si algún día podrán alcanzar el nivel de vida de sus padres y los padres cómo aliviar el futuro de sus hijos. No es sólo la economía: la violencia crece en las calles y las escuelas; los conflictos raciales no desaparecen; la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor; la situación de emergencia de los recursos naturales arroja sombras apocalípticas sobre el planeta. El optimismo de mediados del siglo XX ha sido reemplazado por la incertidumbre.

La idea del "sueño americano" empezó con la los primeros colonizadores que llegaron a Norteamérica buscando una tierra donde vivir según sus convicciones. A diferencia de otras naciones, Estados Unidos no define su identidad sobre la base de la sangre, la religión, el idioma o la historia, sino sobre un conjunto de ideales expresados inicialmente en la declaración de la independencia y luego, en la Constitución. Esos ideales han variado a lo largo de los siglos, pero siguen conservando la misma esencia: la convicción de que cada individuo puede alcanzar el éxito por medio del trabajo y el esfuerzo sostenido. La idea que mejor ejemplifica el sueño americano es la de la casa propia. Y es precisamente esa idea la que se convirtió recientemente en pesadilla, cuando millones de personas encontraron que sus deudas hipotecarias eran más grandes que el valor de sus viviendas.

También en América latina, especialmente en la Argentina, hubo una época de grandes sueños. "Fare l’America" decían los inmigrantes italianos que llegaron a nuestras tierras en el siglo pasado. Para ellos, "hacer la América" significaba lograr aquí lo que en la Europa devastada por la guerra parecía imposible.

Seymour Levov soñó desde adolescente con tener una casa con jardín. Imaginaba un gran roble del que colgaba un columpio. En otoño, regresaría de su trabajo por las tardes y vería a su hija hamacándose bajo las hojas doradas. "A pesar de que recién empezaba el secundario, imaginaba una hija suya que corría a besarlo; podía verla arrojándose en sus brazos; podía verse llevándola sobre los hombros hacia adentro de esa casa, directamente a la cocina donde, de pie junto al horno, preparando la cena con el delantal puesto, estaría la adorable madre de la niña..." Años después, Seymour se casa y tiene una hijita: Merry. Sólo que Merry no es tan perfecta ni tan dúctil como sus padres. Le contesta mal a sus maestras. No tiene amigas. Es tartamuda y no hay terapia ni psicólogo que logren aliviar su mal. Y a los dieciséis años, a modo de protesta contra la Guerra de Vietnam, pone su primera bomba.

Una gran novela es mucho más que una buena historia. Es muchas a la vez; es ideas en conflicto. Pastoral americana narra la historia de Seymour Levov, de sus padres inmigrantes y de Merry, pero sobre todo narra la caída del sueño americano. Una caída en la que también podemos ver retratado el dolor causado por el fin de nuestros propios sueños argentinos: tampoco nuestra nación es lo que soñaron nuestros antepasados y nosotros, sus descendientes, aún no terminamos de lamentarlo.

"¿Qué otra cosa en el mundo es menos reprochable que la vida de los Levov?", se pregunta Roth en las últimas dos líneas de la novela. "¿Cuál es el error en sus vidas?" La misma pregunta que venimos haciéndonos desde hace décadas en la Argentina, y que respondemos siempre con un índice acusador señalando al verdugo de moda. Si las respuestas a los grandes problemas fueran tan fáciles, la literatura sería innecesaria. Creo en la capacidad del arte para señalar caminos posibles, aunque esos caminos no sean como los que imaginamos de niños ni tan elementales como los que frecuentemente se nos quiere vender cual panaceas mesiánicas.

¿Cuál fue el error del Sueco? Quizá la respuesta de Roth sea el libro mismo. Nada es menos reprochable que un sueño. Y nada más utópico que la literatura pastoral, esa que ya en Grecia retrataba una comunidad ideal en relación armónica con la naturaleza. Sin embargo, la adultez consiste en despertar, en zambullirse en esta complejidad que es la vida, sabiendo que no hay garantías y que las fórmulas suelen fallar en proporción directa con su dogmatismo. El fin de un sueño no es la muerte; es el inicio de una vigilia más sabia.

A veces, todavía hoy, cuando estoy sola en casa de noche, apago las luces y me pongo a bailar. Disfruto del movimiento de mi cuerpo. Estoy viva. No hay colas de chicos en la puerta y sé que el amor que tengo ahora puede terminar en el momento menos pensado. Me prefiero así: adulta, cauta; sabiendo que no hay caminos sencillos; que lo inesperado también puede suceder.

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