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La fidelidad de los espejos

Domingo 26 de octubre de 2008

Señor Sinay: Trabajo como psicóloga en un hogar con adolescentes, en mi consultorio particular, en un centro de rehabilitación y en atención primaria de Luján, área en la que me desempeño desde hace 12 años. No me canso de agradecerle a Dios el que me paguen por cumplir mi vocación y que mi trabajo me permita crecer cada día como persona, y como cocreadora y responsable de nuestra infancia y adolescencia. Me encantaría que usted pueda escribir acerca de los adolescentes, de fomentar la escucha a sus inquietudes, a sus planteos, a sus soluciones. Vale la pena animarlos a ser, y no jugar con ellos como un engranaje más del circuito consumista y degradante al que los exponemos como adultos. Yanina Quaquaro

Ante los episodios que en tiempos recientes los tienen como protagonistas (violencia callejera y escolar, adicciones, accidentes, deserción, ruptura comunicacional cozn los padres) se dice que hay en la sociedad un problema con los adolescentes. El problema real no es con los adolescentes sino con los adultos. Los jóvenes no son quienes crean modelos y referencias sociales. Son espejos que reflejan la imagen del mundo en el que viven y crecen. Sus modelos son consecuencia de la adultez con la que conviven. Si a los adultos nos preocupa lo que ocurre con y entre ellos, debemos preguntarnos qué pasa con nosotros, con nuestros modos de vincularnos, con los valores que exhibimos a través de nuestras conductas, con nuestras propias adicciones (muchas menos evidentes y más glamorosas que las de ellos), con nuestra violencia, evidenciada en nuestra manera de conducir en calles y rutas, en la forma de dirimir desacuerdos personales, sociales, deportivos, económicos y políticos. También podríamos preguntarnos por nuestra propia incomunicación, por la forma utilitaria en la que nos relacionamos (tendemos a usarnos, a ligarnos por conveniencia antes que a construir vínculos de sujeto a sujeto, consistentes, responsables, trascendentes).

Nuestra amiga Yanina advierte sobre el riesgo de jugar con los jóvenes, con sus sueños, llama a no usarlos como engranajes del circuito consumista. A no dejarlos, en fin, inermes ante la voracidad populista, proselitista o mercantilista de adultos que, desde diferentes roles y funciones, buscan valerse de ellos. Lo más grave ante ese panorama es la abdicación o deserción de los padres. Este es el fenómeno más riesgoso y hoy estamos ante él. Una inquietante mayoría de padres parecen haber olvidado que son ellos quienes educan a sus hijos (la escuela enseña, instruye, socializa). Educar es transmitir valores a través de la conducta, es mostrarles, como referencia, una vida con sentido, que va más allá de lo material y lo vegetativo. Es tener presencia emocional, escucha. Es ejercer una espiritualidad activa (no necesariamente religiosa). Demasiados padres ven eso como una carga, no quieren que los hijos les impidan tener una vida propia, como si la vida propia no incluyera la maternidad o la paternidad. Demasiados padres inmaduros le piden a la "mamá escuela", al "papá Estado", a los "tíos terapeutas", a las "niñeras TV, hamburguesería, computadora", al "padrino shopping" o a los abuelos que se hagan cargo de sus hijos para que ellos puedan seguir comportándose como niños. Pero son adultos y tienen una responsabilidad indelegable ante la vida que crearon. Pueden pedir colaboración, pero no ser sustituidos.

En su pequeño y bellísimo libro Carta a un adolescente, el médico y educador italiano, Vittorino Andreoli, recuerda que no todo engendrador es un padre, que la paternidad y maternidad se definen no por la biología sino por el vínculo real. "Qué lata oír que los adolescentes son un problema, un peligro, una losa que impide que el adulto, padre o madre, viva como quiera. Con ese clima no se educa."

El especialista español José Manuel Aguilar, autor de Tenemos que hablar, cómo evitar los daños del divorcio, habla de los padres de hoy como la generación obediente: "La que se educó en obedecer a sus padres y ahora obedece a sus hijos. Han considerado que dar lo mejor a sus hijos es dárselo todo, y eso no es educar, es malcriar". Hay, pues, un déficit educativo. Y empieza, a menudo, en el hogar.

El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.

sergiosinay@gmail.com

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