Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

Opinión

¿La etapa depredadora de los Kirchner?

Política

Por Sergio Berensztein
Para lanacion.com

Hasta hace pocos días, buena parte de la Argentina observaba la crisis internacional con algo de displicencia y bastante irresponsabilidad, como si en efecto un fenómeno global y visiblemente pernicioso pudiera no impactar en el país. El argumento tenía algo de cierto y hacía de la necesidad una virtud: el país ya estaba tan aislado de las corrientes de financiamiento internacionales que las consecuencias inmediatas serían relativamente acotadas.

Pues bien: con la insólita decisión de liquidar de un plumazo el incipiente mercado de capitales que se venía construyendo en el país desde hace apenas una década y media, el gobierno ha generado un daño similar o mayor al que sufre el planeta, que estamos sufriendo aquí y que exportamos a la región y a España.

Se trata de un golpe autoinfligido, una especie de amputación voluntaria de lo que en el mundo moderno ha probado ser el motor principal del progreso y la expansión de oportunidades de desarrollo para literalmente miles de millones de seres humanos. El hecho de que el sistema financiero internacional haya entrado en una etapa de fuertes turbulencias no debe desestimar los impresionantes logros alcanzados por el capitalismo en las últimas seis décadas en materia de desarrollo humano.

Fue precisamente la expansión del sistema financiero lo que permitió que hubiese tanta producción, consumo, investigación, innovación, creatividad y mejoras en la calidad de vida. A contramano de la historia y de sus promesas de campaña (¿en esto pensaba Cristina cuando soñaba que la Argentina se pareciera a Alemania?), los Kirchner han decidido aislarse todavía más del mundo.

¿Desesperación por hacerse de recursos para continuar con la dinámica de alto gasto público y acumulación de poder a cualquier costo? ¿Improvisación frente a la imposibilidad de seguir utilizando otras fuentes de financiamiento, como la inflación, el acuerdo con Hugo Chávez y el incremento adicional de la presión tributaria (la rebelión del campo ya había impuesto un límite en ese sentido)? ¿Ignorancia o desaprensión respecto de las múltiples consecuencias negativas y de largo plazo que tiene otra violación masiva de derechos adquiridos? Seguramente las motivaciones últimas de esta medida desmañada surgen de una tosca combinación de esos factores.

Otros interrogantes para nada menores apuntan también a las propuestas que la presidenta le hizo al país hace menos de un año durante la campaña electoral. Si en efecto pensaba que el sistema de capitalización era un fracaso tan rotundo, ¿por qué no lo hizo explícito? Dada la trascendencia de este asunto, el país se merecía un debate amplio en el que participaran todas las fuerzas políticas.

Un argumento similar podría hacerse respecto del caso Aerolíneas Argentinas. ¿Qué otros proyectos de la misma índole tiene el gobierno? ¿Cuáles son los límites a la creciente reestatización que habrá de experimentar la economía, la sociedad y la política?

Así, los Kirchner han hecho otra apuesta inexplicable a todo o nada: si el proyecto es aprobado en el Congreso, la sociedad argentina entrará en un tobogán de inseguridad jurídica y destrucción de riqueza parecido al de la gran crisis de comienzos de siglo. Sobrevuela el fantasma de un nuevo default. La pérdida de depósitos podría potenciarse, al igual que la compra de dólares por parte de individuos y empresas. Se trata de un escenario escalofriante, que ojalá pueda evitarse.

¿Qué ocurriría, sin embargo, si el proyecto fuese rechazado? El gobierno sufriría otro zarpazo en términos de poder y legitimidad de ejercicio. Y aunque su continuidad no corriese peligro, la desconfianza que habría irradiado sería muy difícil de revertir.

De este modo, es probable que los Kirchner hayan entrado en la etapa depredadora del sistema de poder que vienen desplegando desde hace más de cinco años.

Entre 2003 y 2005 se afianzaron en el ejercicio del gobierno y construyeron un conjunto de alianzas necesarias para ocupar el centro de la escena política y reconstruir la autoridad presidencial. A partir de la victoria de Cristina en la provincia de Buenos Aires y de la Cumbre en Mar del Plata, se inicia una etapa de consolidación del proyecto, con el desplazamiento de figuras moderadas (como Roberto Lavagna) y con la inestimable ayuda de Hugo Chávez.

Derrotado en Misiones en octubre del 2006 la posibilidad de forzar un cambio constitucional para conseguir una reelección indefinida, se afianzó la candidatura de Cristina y el abuso del gasto público como principal argumento electoral. Y contrariamente a lo que muchos esperaban, a partir del 10 de diciembre del 2007 predominó el lado menos moderado de los Kirchner, que blanquearon su verdadera concepción del poder: utilización del aparato del Estado y de los fondos públicos para afianzar un proyecto personalista, con amplísimos márgenes de discrecionalidad e imprevisibilidad en el manejo de la cosa pública.

Autores como Robert Fatton, Peter Evans y James Robinson han estudiado este fenómeno a partir de la evidencia de países en vías de desarrollo en los que el Estado es capturado por una elite que desarrolla políticas con discursos más o menos populistas, pero que en definitiva favorece la concentración de la riqueza eligiendo a dedo los ganadores, siempre amigos del poder. Se trata de regímenes políticos que sortean los límites jurídicos e institucionales formalmente existentes en nombre del "interés nacional", la "distribución de la riqueza" o las "amenazas externas".

Dicen defender el papel del Estado, pero necesitan burocracias incapaces, poco estructuradas y mal remuneradas: la debilidad del Estado es justamente un recurso político para conquistar agencias que son utilizadas como botines políticos y fuentes de empleo para clientelas y entenados. La ideología es desplazada por un pragmatismo extremo y la voluntad de aferrarse el poder a cualquier costo.

En los casos más extremos, terminan generando situaciones de "cleptopatrimonialismo", caracterizados por la generalización de la corrupción y el uso para fines privados de los recursos públicos.

Es difícil saber cuál será el piso de la decadencia argentina. En verdad, el desafío de mejorar la calidad de las instituciones era ya gigantesco antes de que los Kirchner cruzaran este Rubicón. La sociedad argentina debe prepararse para un esfuerzo aún mayor a partir de ahora.

El autor es director de Poliarquía Consultores .

TEMAS DE HOYLa amenaza de Estado IslámicoEl caso de Lázaro BáezInseguridad vialEE.UU. y Cuba retoman relaciones