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Reflexiones de siesta provinciana

Una costurera con mundos internos que brotan desde lo más profundo

Viernes 24 de octubre de 2008
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Nada del amor me produce envidia . Texto: Santiago Loza. Dirección: Diego Lerman. Intérprete: María Merlino. Escenografía: Silvana Lacarra. Iluminación: Fernanda Balcells. Vestidores: Guido Lapadula. Director musical: Sandra Baylac. Colaboración musical: Jape Ntaca. Sportivo Teatral, Thames 1426. Viernes y sábados, a las 21. Reservas, 4833-3585. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: muy buena

"Soy más bien oreja", dice la costurera de Nada del amor me produce envidia , y cuesta creer que esta mujer verborrágica y expresiva "aún con gestos pequeños", pueda contener esa avalancha de sensaciones, emociones, pensamientos, resquemores que se le amontonan en el pecho y que salen de su boca en forma de canciones, palabras o suspiros. O se le cree, y entonces se entiende tanta voracidad por expresarse cuando está con la sola compañía de su maniquí que se instala como un perfecto interlocutor: no habla, no discute y, sobre todo, no juzga.

El director de cine Diego Lerman ( Mientras tanto y Tan de repente ) "que debuta como director teatral con esta pieza de otro cineasta, Santiago Loza", pone el ojo en la dirección de actores y se dedica a sacarle punta al finísimo trabajo de María Merlino. Entre los dos, logran crear un clima de siesta provinciana en la pieza de trabajo de esta costurera que es "la oreja" de cuanta clienta pase por el lugar. El clima exacto en el que se supone nada pasa, pero donde, en realidad, todo arde.

Es allí donde la costurera de María Merlino deja de tener un rol pasivo, de boca cerrada a fuerza de sostener alfileres e hilos, para mostrar quién es y, sobre todo, quién le hubiese gustado ser. Ella canta tangos y se vuelve transparente en las letras que elige y en el modo de decir. Atrás de su voz y de sus maneras está Libertad Lamarque, el ángel que un día, así sin más, aparece por su taller para encargarle un vestido. Pieza de artista que la mujer se pone a coser con una dedicación casi enfermiza. Todos los vestidos de novia dejan de tener importancia en el mundo de esta mujer que sólo conoce el amor sin hombre ("así es el amor de las costureras"). Las noches y los días se vuelven la misma cosa hasta que, por la puerta de su habitación, aparece "la señora". De un auto lujoso ha bajado Evita, quien busca a la mágica costurera que le cosa un traje. Muda otra vez de sorpresa y arrobamiento, la costurera la deja pasar a la vez que recuerda la pública enemistad entre las dos mujeres que le han tomado la vida. Las dos desean el mismo vestido y sólo esta pequeña costurera puede decidir qué hacer.

El texto de Loza juega a las escondidas y lo hace de la mejor manera; de esos vericuetos echa mano Lerman para conducir a su actriz. Sin dudas, un trabajo -que bien podría decirse coral- en el que luce una buena historia. Merlino, con una carrera más que destacada, vuelve a elegir bien su personaje; a su costurera la lleva a pasear por tantos niveles de introspección y, a la vez, de locura, que verla se transforma en un verdadero placer.

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