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La política de la crisis mundial

Opinión

Por Daniel Larriqueta
Para LA NACION

Algunos colegas pretenden que la economía es una ciencia. Así lo dice el nombre de nuestras facultades de ?ciencias económicas? y, lo que es más importante, así lo sostienen quienes enseñan que una buena formación matemática y el manejo de los ?modelos? econométricos permiten organizar con precisión el funcionamiento de la vida económica de los países y del mundo.

Ahora tenemos a la vista lo incierto de tales pretensiones y, más aún, los enormes daños que pueden sufrir la gente y la civilización capitalista como resultado de haber imaginado que la economía es ajena a la política. Tal aberración la ha ilustrado de manera cabal, en estos días, el brillante intelectual francés Jacques Attali, al explicar la crisis presente con esta definición: ?Tenemos unas finanzas mundiales sin un Estado de Derecho mundial?.

La definición de Attali sugiere que los hechos económicos se suelen adelantar a los cambios políticos, pero al mismo tiempo muestra que, si se deja la economía librada a sus propias ?leyes?, los resultados pueden ser monstruosos. En esa desproporción nos encontramos ahora, sumergidos por la situación mundial.

La economía es una parte de la política, que se ocupa esencialmente de un aspecto principal de la vida de las personas y de la ?polis?: el trabajo, los frutos del trabajo y las posibilidades que el trabajo da para resolver las necesidades del consumo y del progreso material. Claro que hay trabajo que hacen las máquinas, pero no hay máquinas salidas de la nada ni tampoco que puedan organizar las relaciones humanas de la vida económica.

En el poder mundial de nuestro tiempo, la economía es un factor clave. Y al habernos metido todos en una cultura del consumo, hemos dado a las cuestiones materiales un poder de liderazgo que transforma a los temas económicos en prioridad, por lo menos aparente, de la vida. Pero incluso en el análisis de la cuestión del poder mundial misma, esas verdades no se sostienen. Quien mira desapasionadamente y con un espectro amplio la historia mundial de los últimos tiempos, puede ver de qué manera curiosa los episodios económicos siguen o acompañan a los políticos.

Nuestro mundo moderno se completó hace cinco siglos con el descubrimiento de América. Fue un hecho político que, unido a la decisión política portuguesa de llegar a la India por el Oriente, crearon una revolución económica: los nuevos mercados consumidores abiertos por los descubridores generaron un gran aumento de la demanda mundial y empujaron a Europa a la prosperidad y a la inflación.

Ya sé: se suele decir entre los historiadores monetarios que es la abundancia de metales preciosos lo que desató la inflación de la época. Es una explicación renga, porque tales metales fluyeron principalmente en pago de bienes y servicios europeos, cuya demanda explotó hasta niveles desconocidos, éste es mi punto de vista.

La derrota de Napoleón en Waterloo y la primacía lograda allí por Gran Bretaña es la base de la transformación de Londres en el gran centro financiero mundial, a partir de 1815, que daría origen no sólo al protagonismo inglés en el mundo, sino también a esa abundancia de créditos que envolvió a los países periféricos, como sabemos los argentinos por el famoso préstamo de cinco millones que contrató Rivadavia, y los brasileños, cuyo gobierno imperial tomó dieciséis millones en la misma época y condiciones.

Londres dominó el mundo financiero durante un siglo, casualmente, hasta la Primera Guerra Mundial (1914-18). Aprendemos y enseñamos en nuestras universidades que fue como resultado de esa guerra que el centro del poder financiero mundial se trasladó de Londres a Nueva York. Y el mundo quedó flotando en una suerte de multipolaridad hasta el fatídico 1939.

La Segunda Guerra Mundial empezada ese año desangró definitivamente a Europa, le quitó el cetro casi milenario de ser el centro del mundo y dejó todo el poder económico en manos de los Estados Unidos. Al terminar la guerra, con todas las monedas descalzadas por los daños y los desórdenes, Estados Unidos poseía el único poder monetario confiable: el 80 por ciento de las reservas totales de oro.

Fuerte en su nuevo poder militar y político, el gobierno norteamericano propició la conferencia de Bretton Woods ?no en vano en su propio territorio? que diseñaría el nuevo modelo económico mundial. En aquellas negociaciones de 1944 fueron derrotados el eminente Keynes, el imperio inglés y sus satélites, entre ellos nosotros, que permanecimos neutrales durante el conflicto, por lo que contribuimos a abastecer a la acosada Gran Bretaña.

En sus aspectos más ligados al poder, los acuerdos de Bretton Woods establecieron un sistema internacional de poca liquidez ?contra la propuesta de Keynes? apoyado en el dólar que se declaró moneda internacional de reserva, y que a su vez se respaldaba en las grandes reservas de oro de Fort Knox. Un sistema a la medida del nuevo poder norteamericano. En los años siguientes, Estados Unidos dominaría todo el panorama occidental y podría emitir cuantos dólares fueran necesarios, sin más control que su propia disciplina.

Los compromisos políticos de Washington debilitaron esa ecuación. Los gastos militares de la Guerra Fría, la carrera atómica y la espacial y sobre todo la guerra de Vietnam obligaron a emitir dólares masivamente hasta que, como resultado de esas decisiones políticas, el presidente republicano Richard Nixon se vio obligado a romper un compromiso principal de Bretton Woods: en agosto de 1971 suspendió la relación oficial del dólar con el oro, que era de 35 dólares por onza, desatando una carrera inflacionaria y quitándole certidumbre al sistema financiero internacional.

Treinta años después, el republicano George W. Bush sucedió a Bill Clinton en la presidencia de los Estados Unidos y recibió un país medianamente endeudado, con superávit fiscal y una casi invisible inflación. Pero por razones políticas o ideológicas ?da igual?, el gobierno de Bush embarcó a su país en una nueva carrera armamentista y en campañas militares extremadamente costosas en Afganistán y en Irak. Paso a paso, el superávit se convirtió en déficit y la deuda externa de Estados Unidos subió hasta niveles desconocidos. Las decisiones políticas y el estéril curso de las guerras provocó un debilitamiento creciente de esa economía rectora de los asuntos mundiales.

Nixon suprimió la convertibilidad del dólar en oro para afrontar los resultados del fracaso político y militar. Bush amparó, a lo mejor conscientemente, una enorme fuga hacia adelante, con la maraña de inventos financieros que debían maquillar el creciente desequilibrio de la economía norteamericana como consecuencia del debilitamiento político internacional. Durante sus ocho años de presidencia, el poderío de Estados Unidos ha basculado en lo político, en lo militar y, finalmente, en lo económico.

La crisis financiera mundial que ahora padecemos y que se está convirtiendo en una crisis económica es objeto de muchísimos y sesudos análisis de especialistas. Es una materia apasionante y en la que se vuelcan sólidos conocimientos y la mejor voluntad de esclarecimiento y búsqueda de soluciones.

Los caminos de salida se van perfilando en lo estrictamente económico. Y sabemos que nada será fácil.

Pero lo que confirma la definición de Jacques Attali es que la crisis económica es hija de una insuficiencia política. Y las maniobras que rápidamente se suceden en el mundo de los países protagonistas sugieren que cualquier solución económica estable empezará por un nuevo cambio político.

La primacía que Estados Unidos adelantó en 1918 y consolidó en 1944 está ahora en cuestión. No debe haber duda de que la economía norteamericana es poderosa y que ese país tiene una admirable capacidad de recuperación y de creatividad. Pero la política ya ha creado un mundo nuevo.

Política ha sido la innovación que está transformando a China en una potencia económica, desde las reformas de Deng Tsiao Ping, iniciadas en 1978. Político ha sido el cambio que mudó a la Unión Soviética en la Rusia petrolera de hoy. Político es el proceso trabajoso de unificación de las voluntades europeas. Político es el progreso de India y otros países asiáticos. Y política también, digámoslo, es la renovación democrática de América latina, que permite alentar cierta protección regional contra el descalabro económico general.

Es indudable que habrá y debe haber mucho debate de temas económicos y financieros calificados, para ordenar los mercados internacionales. Pero nada de eso será inocente en términos políticos, porque está formándose un nuevo mapa del poder económico a continuación del nuevo mapa de poder político, que de modo más o menos silencioso se ha ido definiendo en las últimas tres décadas.

Estos mapas convergentes deberán tomar nota de los cambios objetivos que se han producido hasta aquí, porque los avances y retrocesos de unos y otros forman ahora un nuevo piso económico y político.

Pero no podremos seguir pensando en una ?ciencia? económica independiente de la política.

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