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Viernes 31 de octubre de 2008 | Publicado en edición impresa

Cómo hizo el mundo

Mejorar el tránsito, una meta que es alcanzable

Por Javier Navia | LA NACION

Twitter: @javiernavia    |   Ver perfil
 
 
 

Con la edición de hoy, La Nacion concluye una serie de notas sobre cómo diferentes ciudades del mundo han resuelto los trastornos que el tránsito provoca en grandes metrópolis. Un padecimiento que se sufre a diario y de modo creciente en Buenos Aires.

De las recetas aplicadas por Curitiba, Londres, Hong Kong, Portland, Singapur y Toronto surgen conclusiones en las que las autoridades porteñas podrían encontrar soluciones.

Queda claro que no hay una sola fórmula para resolver el problema, pero también que no hay ninguna solución que excluya como factor decisivo un transporte público eficiente, integrado y capaz de trasladar a millones de personas en forma veloz y en condiciones decentes. Precisamente, de lo que hoy carece Buenos Aires, donde se trata de desalentar el uso del auto particular -otra medida efectivamente fundamental-, sin tener aquello en cuenta.

El uso de un boleto único para todo el transporte también es un común denominador en las ciudades que más han avanzado en materia de tránsito. Así es, por ejemplo, en Londres, Portland y Toronto, donde redes integradas -algo igualmente indispensable- permiten una transferencia veloz entre los diferentes medios.

Políticas de Estado

La segunda conclusión es que cualquier medida debe ser tomada como una duradera política de Estado. Ciudades como Singapur o Curitiba llevan décadas desarrollando sus respectivas soluciones para el tránsito. En el caso de la ultramoderna isla asiática, desde 1975 aplica un sistema de peaje urbano para desalentar el uso del automóvil en su zona céntrica. Mientras que en la ciudad brasileña también es desde la década del 70 que se comenzó a poner en práctica una receta que es tomada como modelo en todo el mundo: una red integrada de ómnibus biarticulados que circulan por carriles exclusivos de grandes avenidas y con alta frecuencia.

Pero tomar el tránsito como un tema de Estado implica la necesidad de consensos políticos, lo que es muy difícil de alcanzar en Buenos Aires, donde el transporte está bajo la órbita del gobierno nacional y donde la mayor parte de las líneas de colectivos atraviesan dos distritos: la Capital y el conurbano bonaerense.

Por otra parte, en el mundo (donde a diferencia de nuestra ciudad las infracciones de tránsito se pagan) unánimamente se entiende que es necesario desalentar el uso de los automóviles particulares, pero ofreciendo alternativas.

En Buenos Aires, el gobierno de Mauricio Macri está intentando lo primero aumentando la tarifa de los peajes en los accesos de la ciudad, eliminando la mitad de los parquímetros y avanzando en planes de peatonalización en el microcentro. Pero olvida que con la calidad del transporte público actual -en especial del inflamable servicio ferroviario- muy pocos están dispuestos a abandonar sus autos y simplemente se resignan a pagar más.

También faltan playas de estacionamiento en la periferia para que el auto al menos sea abandonado a las puertas de la ciudad y reemplazado en el tramo final por el transporte público.

Una alternativa saludable en varias ciudades, principalmente de Europa, aunque también en la estadounidense Portland, es el creciente uso de la bicicleta, un medio de locomoción cada vez más utilizado para ir y volver del trabajo. En Buenos Aires, el bicing (la creación de terminales para alquilar y devolver bicicletas) ya fue aprobado por ley. Pero en una ciudad donde el auto es más visto como un símbolo de estatus que como mero medio de transporte, es poco realista confiar en que esta medida provocará un vuelco masivo al uso de bicicletas. Por el contrario, la falta de bicisendas, indispensables para incorporar de modo ordenado y seguro estos rodados, podría causar más caos al tránsito si comenzaran a convivir por los mismos carriles colectivos, taxis, motos, autos particulares y también bicicletas.

Otras recetas

Esto demuestra que no todas las recetas son aplicables del mismo modo en Buenos Aires. Hong Kong diseñó un curiosísimo sistema de cintas transportadoras y escaleras mecánicas para peatones, muy útiles en el montañoso terreno de la ex colonia británica, pero que no tendría sentido en otro tipo de ciudad. Toronto, donde en invierno las temperaturas pueden ser de varias decenas de grados bajo cero, tiene desarrollada prácticamente una ciudad subterránea, lo que tampoco sería trasladable a cualquier metrópoli.

Incluso los ómnibus biarticulados de Curitiba difícilmente podrían ser una solución óptima para toda la ciudad de Buenos Aires, donde el año próximo comenzarán a ser utilizados a modo de prueba a lo largo de la avenida Juan B. Justo, ya que en otras avenidas podrían aportar más trastornos que alivio. De hecho, en Santiago, Chile, su aplicación resultó en un fracaso que le hizo perder varios puntos de imagen a la presidenta Bachelet.

Buenos Aires tampoco debe ignorar que uno de los principales motivos de sus trastornos cotidianos son los habituales cortes de calle, algo impensando en los países con apego a la ley.

En definitiva, el tránsito tiene solución. Pero ésta no se alcanza en dos días. Ni copiando modelos ni ignorándolos. Requiere de inventiva y de profesionalismo y no de medidas espasmódicas y aisladas. .

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