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La Argentina, ante una oportunidad

Martes 04 de noviembre de 2008
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La inminencia de un nuevo presidente norteamericano siempre despierta expectativas de cambio, pero para América latina las novedades serán pocas: si queremos cambios, los vamos a tener que introducir nosotros.

El candidato que gane deberá formular algunas precisiones. Hugo Chávez se ha empobrecido y ya no contará con un Bush que le facilite el mensaje antinorteamericano. La Cuba del castrismo residual probablemente pida pista para regresar al sistema interamericano, de la mano de líderes relevantes de la región, ninguno argentino, naturalmente. Y seguramente Washington confirmará a Brasil como el Estado confiable en el cual apoyarse y favorecer en el proceso. ¿La diplomacia argentina? Bien, gracias.

En los 90, la Argentina profundizó sus vínculos con Washington, pero, al mismo tiempo -y con igual intensidad- con Brasilia. Balanceábamos, así, nuestro provechoso acercamiento a dos socios mucho más poderosos y, encima, secularmente aliados entre sí.

Eso no existe más. Abandonamos aquel triángulo virtuoso para recalar en el socialismo jurásico del siglo XXI e intoxicarnos en un ejercicio autosatisfactorio de ensoñaciones adolescentes más propio de una asamblea universitaria que de la cancillería argentina.

Las permanentes convocatorias antiimperialistas -con su altisonante llamamiento a militancias infinitas- apenas encubren la impotencia de proponer a nuestros pueblos políticas capaces de atender, al mismo tiempo, su dignidad y sus intereses.

La Argentina ha sido una sociedad históricamente muy antinorteamericana y profesa extendidamente un sentimiento que -justificado o no- ha venido rindiendo a buena parte de la clase política los jugosos dividendos que produce el tener siempre a mano a alguien a quien responsabilizar de todos nuestros fracasos, incluso aquellos por culpa exclusivamente propia. Ya se sabe: el infierno son los otros.

Estados Unidos podría no ser nunca un estrecho amigo de la Argentina. No ocupamos un espacio estratégico, no tenemos nada que deseen ni temen nada que podamos hacerles. Pero no es nuestro enemigo. Tratemos, entonces, de que por lo menos no nos sea hostil. Y si fuera posible, ni siquiera indiferente, considerando que los países menores terminan pagando los errores propios y, además, los errores del más grande.

Por su parte, la política de Bush alimentó el muchas veces justificado fastidio antinorteamericano en el mundo y la región. Al nuevo presidente y a nosotros se nos abre una nueva oportunidad para generar sinergias que llevan años esperando sin ser aprovechadas.

El autor fue secretario de Relaciones Exteriores y Asuntos Latinoamericanos entre 1996 y 1999.

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