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Esplendor sinfónico, en Derecho

Con la sala prácticamente colmada, la Sinfónica Nacional fue protagonista de un concierto inolvidable

Miércoles 05 de noviembre de 2008
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Concierto decimonoveno del Ciclo de Grandes Conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Pedro Ignacio Calderón, con la participación de la soprano Mónica Philibert. Programa: Sinfonía N° 6 en Fa mayor (Pastoral) op. 68, de Beethoven; Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, y "Danza de los siete velos" (de la ópera Salomé) de Richard Strauss. En el salón de actos de la Facultad de Derecho. Nuestra opinión: muy bueno

Una sensación de reconfortante esplendor sinfónico, tal como acontecía hace algunas décadas, precisamente en el salón de actos de la Facultad de Derecho de la UBA, habrá podido experimentar el oyente que concurrió a este concierto. Y ello no solamente por la elección del programa elegido, con una de las más bellas sinfonías de Beethoven al comienzo y páginas memorables de Richard Strauss, para soprano y orquesta. Hubo algo más que se conjugó para que se produjera uno de los mejores conciertos de la temporada, teniendo en cuenta las diversas vicisitudes que ha debido superar la agrupación durante bastante tiempo, y la escasa -o, aun, errónea- difusión que mereció este concierto en los medios.

Todo terreno

Pero, como acotó sagazmente un miembro de la orquesta nacional, la Sinfónica "es apta para todo terreno", cualesquiera sean las circunstancias en que desarrolle su labor. Donde toque, allí va el público. Con gente de todas las edades, y gracias a la perseverante y tenaz acción de Juan Carlos Figueiras, el coordinador de las actividades musicales, la sala estuvo casi totalmente colmada.

La conjunción de los factores apuntado, a lo que debe añadirse la dirección de Pedro Ignacio Calderón -en la cúspide de su maestría directorial- permitió escuchar una Pastoral de Beethoven digna del público melómano de nuestra ciudad. La "expresión de un sentimiento, antes que pintura", tal como reza la indicación de carácter beethoveniana, obró como mandato que inspiró a cada atril de la Sinfónica y a su director Calderón, logrando así una versión digna, con adecuado balance sonoro, y significativa expresividad.

De excepcional debe calificarse la intervención una de las mejores sopranos argentinas, como lo es Mónica Philibert, interpretando las Cuatro últimas canciones op. 88 de Richard Strauss, cuyo lirismo melódico no fue sólo patrimonio de sus óperas; también afloró aquí en estas cuatro joyas colmadas de su vena introspectiva. Con depurada línea de canto y correcta dicción alemana, Philibert exaltó este rasgo en sus versiones. Poemas de Hermann Hesse sustentan las tres primeras; en Frühling (Primavera), su emisión y proyección vocal convalidó su presencia escénica ante la orquesta; en September , frente a un Strauss sinfónico tuvo vuelo, soltura y buena fusión sonora especialmente en sus arduas tesituras altas; en Beimschlafen gehen (Antes de dormir), el lirismo nostálgico encontró eco expresivo en su voz, y en Im Abendrot (En el crepúsculo), con letra del poeta Eichendorff, su interpretación tuvo un singular vuelo poético por su refinamiento.

La Danza de los siete velos , reservada para el final fue un despliegue de color oriental y sensualidad sonora, que los distintos sectores instrumentales de la Sinfónica se encargaron de animar con suma eficacia, magníficos solos instrumentales y una diversificada percusión.

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