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Bilardo, en el túnel del tiempo

Ezequiel Fernández Moores

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PARA LA NACION
Miércoles 12 de noviembre de 2008
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Michael Jackson abrió las puertas de su mansión, que era inexpugnable para la prensa, pero advirtió al periodista de la revista Rolling Stone que sólo hablaría si éste realizaba la entrevista con Muscles enrollada en su torso. Muscles era la serpiente de dos metros y medio del cantante pop.

"Ahora que estamos en igualdad de condiciones podemos hablar. Su terror -dijo Jackson al cronista- es el mismo que yo siento cuando estoy ante un periodista." Carlos Bilardo está lejos de temerle a la prensa. En su presentación con Diego Maradona, la semana pasada, en Ezeiza, la invitó a pelear: "Yo -desafió Bilardo- creo que tienen que pegar más, uno tiene que luchar, viene todo muy «flu», cuando vienen los palos uno tiene que defenderse y ahí se pone dura la selección".

Puede entenderse. Bilardo se crió en esa pelea. El 16 de octubre pasado se cumplieron 40 años de la hazaña de Old Trafford, cuando el mítico Estudiantes de Osvaldo Zubeldía igualó 1-1 ante Manchester United en la final de la Intercontinental y se convirtió en el único equipo argentino que dio una vuelta olímpica en Inglaterra. "¿Cómo aguantaron en esa caldera?", le preguntó una vez a Bilardo la revista Sport . "Ya teníamos como experiencia tres años de insultos en nuestro país", respondió "el Doctor". Estudiantes irrumpía con su fútbol de laboratorio, marcas asfixiantes y al límite del reglamento, el "antifútbol", según sus críticos. Pero, además, Estudiantes era el primero que rompía el cómodo y rentable monopolio de los clubes grandes del fútbol argentino, los eternos protegidos del poder. Bilardo, que era el DT de ese equipo dentro de la cancha, aprendió entonces bien rápido que el fútbol y la prensa se parecían: ambos son un negocio.

Vinieron luego los años de "Menotti vs. Bilardo", una guerra de estilos opuestos y vanidades que consumió durante años al fútbol argentino. Su selección jugaba realmente mal, las críticas eran cada vez más duras y Bilardo resistió un intento del poder político de echarlo apenas un mes antes del Mundial 86. ¿Cómo no comprender el desahogo posterior minutos después del gran triunfo en tierras mexicanas? "Se lo dedicamo a todos, la rep...", decía el hit del vestuario triunfante tras la final ante Alemania.

Cantando junto con los jugadores, como si nada, estaba el director de una poderosa editorial. El, en realidad, era uno de los principales destinatarios del insulto. Esa misma selección llegó desgastada al Mundial siguiente. Se precisaban esta vez recursos más dramáticos que el de la prensa "enemiga" para motivar a los jugadores. ¿O acaso aún hoy debemos creer que fue realmente un italiano quien tajeó la bandera argentina en la concentración de Trigoria, justo antes de la semifinal contra Italia? Bilardo llamó uno por uno a los jugadores para que vieran lo que "alguien" había hecho mientras ellos dormían. "Este es un ataque contra mi patria", clamó Maradona. "Nos volvimos todos locos, eso fue el condimento justo para motivarnos, nos queríamos comer crudos a todos", contó una vez Sergio Goycochea. El truco salió bien. La Argentina, que era un equipo discreto y tenía a Maradona en una pierna, eliminó con toda justicia al local en las semifinales y arruinó el negocio de la final europea Italia-Alemania.

La invención del enemigo externo como recurso para unir a un plantel no es patrimonio de Bilardo. ¿Cómo no recordar a la Italia campeona del Mundial de España 82? La selección de Enzo Bearzot jugaba mal y sólo se salvó de quedar eliminada en la primera rueda gracias a un sospechoso empate 1-1 con Camerún. La prensa repartía palos. Peor aún, un medio sugirió una relación homosexual entre los jugadores Antonio Cabrini y Paolo Rossi. La réplica del plantel fue fulminante: "Silenzio stampa". El único autorizado a hablar con los medios fue el capitán Dino Zoff.

Recuerdo cuando vencieron a la Argentina, el día en que Marco Gentile anuló del peor modo a Maradona. Tras la victoria, los jugadores saludaron desde el campo burlonamente hacia el sector de la prensa. A mi lado, dos periodistas italianos replicaban haciendo el corte de mangas. "¡Va fanculo!", gritaba uno de los colegas. Esa selección de Bearzot, igual que la de Bilardo en el 86, terminó ganando el torneo. Lo mismo le ocurrió en el último Mundial. Italia llegó a Alemania con técnico y jugadores implicados en calciopoli, el escándalo de partidos arreglados que derivó en el descenso de Juventus a la Serie B. Parecían la lacra del calcio . Contra todos, también esa selección, que dirigía Marcello Lippi, se quedó con la Copa.

"El fenómeno de una motivación externa puede funcionar si primero la motivación interna está bien construida", dice el psicólogo deportivo Marcelo Roffé. Pero el fútbol, admite Roffé, es muy complejo, y más de una vez obliga "a quemar los libros". Porque, hay que aceptarlo, el recurso primitivo y persecutorio de ganar "para vengarnos del mundo que nos odia" ha funcionado en más de una ocasión. La receta, claro, es demasiado simplista. No puede ofrecer garantías de éxito permanente. Lo sabe el Brasil que meses antes del Mundial 74 escribió el "Manifiesto de Glasgow", un texto que ponía fin al diálogo con los periodistas. Y la propia Argentina de Francia 98, que sólo hablaba con los medios en las conferencias de prensa oficiales. Hace unos años, el Milan prohibió el ingreso en sus instalaciones a periodistas del diario Corriere dello Sport . "Históricamente -replicó Xabier Jacobelli, director del medio- los silencios de prensa mejoran la calidad de los artículos." Andy Bull escribió este año en The Guardian que la prensa deportiva suele aferrarse a las declaraciones previsibles y aburridas de los protagonistas para así no hacer periodismo. Oscar Ruggeri, favorito de Maradona para su nuevo cuerpo técnico, descalificó una vez a los periodistas porque "nunca sintieron olor a vestuario". Y pidió a la prensa que dejara de "matar al fútbol", porque la pelota, afirmó, "le da de comer".

En parte tiene razón. El cruce de intereses y de negocios, hay que admitirlo, afectó tanto al deporte como a la información. Son fronteras cada vez más difíciles de vigilar ahora que el fútbol y el periodismo han ingresado en el mundo del espectáculo. El propio Ruggeri contaba chistes verdes en El e quipo de Primera, por Telefé, mientras Bilardo bailaba en su programa de Fox. Cuando podían, eso sí, criticaban al DT de turno porque la Argentina no ganaba más Copas del Mundo y reclamaban volver a la selección. La vuelta ahora es un hecho. Será en roles diversos. Y, además, con jugadores distintos. Messi y Agüero, por citar a los dos más representativos de la nueva generación, podrían inspirarse en la entrega de Maradona por la selección. Y, si siguen mirando hacia atrás, encontrarán también referencias de conducta de selecciones dirigidas por Marcelo Bielsa o José Pekerman. Desafiar de antemano a la prensa a que pegue palos suena demasiado antiguo e infantil. Igual que tajear una bandera argentina. La calidad de los Messi y Agüero no precisa ese recurso.

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